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Llamados a una Nueva Evangelización: nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión

Por Rocío Figueroa

El Papa Juan Pablo II lanzó el llamado a la Nueva Evangelización en su discurso en Haití en 1983, en el marco de la celebración del V centenario de la llegada del Evangelio al continente americano. Consideró que este gran evento no podía tratarse tan sólo de una conmemoración histórica sino de un impulso a una renovada y Nueva Evangelización.

Después de casi 20 años y en los inicios de un nuevo milenio este llamado a la Nueva Evangelización resuena en la conciencia cristiana como una tarea cada vez más apremiante. El porqué de su urgencia es a todas luces evidente. Nos encontramos en una época de profundos cambios, donde el proceso de globalización y el desarrollo tecnológico vienen transformando la configuración cultural y mundial. Si bien en esta nueva realidad se perciben valores y avances para el bien de la humanidad, no se pueden negar los signos de una profunda crisis.

La vida del ser humano se caracteriza cada vez más por una prescindencia e indiferencia frente a Dios. El agnosticismo hecho cultura afecta profundamente al hombre, quien abandonando la dimensión trascendente de su ser vive en muchos casos una profunda desorientación y frustración. La caída y el fracaso de ideologías totalitaristas le hizo palpable la ilusión a la cual se había aferrado y la vana esperanza en el poder ilimitado de la razón humana mostró su derrota. Ante tal desconfianza, se ha dado paso nuevos reduccionismos de la dignidad humana, donde la persona es muchas veces cosificada y considerada de modo utilitarista.

Hoy se hace necesario volver a despertar las preguntas fundamentales de la vida. Sólo el hombre que se pregunta y responde a la verdad sobre sí mismo podrá vivir según los dinamismos profundos de su propia humanidad. Si se contenta sólo con aquello que puede calcular y busca aferrarse a vivir del momento presente y del consumismo inmediato, el ser humano creado para ser feliz y desplegarse en el amor, se hundirá en la soledad y la desesperanza. Ante esta situación, vivir la fe y anunciarla al hombre contemporáneo no es tarea fácil. Sin embargo, los desafíos que encontramos no pueden ser leídos sino desde la óptica del Señor Jesús.

Cristo es la Luz de los pueblos y Él ha querido que su luz brille en la oscuridad por medio del Espíritu Santo en su Iglesia. Por lo tanto, las dificultades que una cultura de muerte presenta al cristiano lejos de desanimarlo, lo debe llevar a tomar conciencia de la urgencia de la misión apostólica y de la necesidad de reflejar la luz de Cristo a todos los hombres.

Todo cristiano desde su bautismo se ha hecho partícipe de la misión apostólica de la Iglesia y en esta Nueva Evangelización todos, y de manera especial el laico tiene un rol protagónico. ¿Qué características debe tener esta Nueva Evangelización? El Santo Padre nos invita a que la evangelización sea nueva en su ardor.

Frente a la indiferencia de tantos será el ardor del cristiano que facilitará que la persona descubra la fascinante aventura de ir tras los pasos del Señor Jesús. El ardor nace del encuentro personal con Cristo, de quien esforzándose por conformarse con Él es capaz de comunicar a los demás la alegría de la fe, con el corazón encendido con el fuego del Espíritu que lo impulsa al anuncio. La santidad del apóstol enciende ese ardor y atrae a los demás a la fe con la fuerza de las palabras respaldadas por un auténtico testimonio. El Santo Padre señalaba: «Porqué nuestro testimonio resulta a veces vano? Porque presentamos a un Jesús sin toda la fuerza seductora que su persona ofrece, sin hacer patentes las riquezas del ideal sublime que su seguimiento comporta; porque no siempre llegamos a mostrar una convicción hecha vida acerca del valor estupendo de nuestra entrega a la gran causa eclesial que servimos» .

El ardor en la Nueva Evangelización debe ir acompañada de nuevos métodos. Los nuevos paradigmas culturales exigen nuevos caminos para la evangelización. En ese sentido, la presencia del cristiano y concretamente del laico en los distintos ámbitos de la cultura se torna fundamental. La sociedad actual con su multiplicidad de funciones y especializaciones debe ser iluminada con la presencia de Cristo.

En esta pluralidad de espacios el fiel cristiano tiene la misión de vivir una espiritualidad que integre la fe y la vida buscando plasmar el compromiso cristiano en la acción cotidiana. Desde una profunda formación en la fe ha de comprometerse con creatividad para que la Buena Nueva alcance a todos los hombres. Como ejemplo de esta presencia laical tenemos a María y Luis Beltrami Quattrocchi, pareja italiana que próximamente será beatificada por Juan Pablo II. Ambos son un signo que habla fuerte y claro del valor del matrimonio como camino de santidad y presencia testimonial en el mundo. Finalmente, la Nueva Evangelización deberá también ser nueva en su expresión.

El Documento de Santo Domingo lo expresa de esta manera: «Jesucristo nos pide proclamar la Buena Nueva con un lenguaje que haga más cercano el mismo Evangelio de siempre a las nuevas realidades culturales de hoy» . El cristiano, como «experto en humanidad», con profunda reverencia ha de comprender los distintos «lenguajes» de las personas y con connaturalidad evangélica deberá acompañar al ser humano a encontrar la respuesta a su sed más profunda para que con la sencillez de los niños pueda comprender el lenguaje de Dios. En esta misión hemos de volver los ojos a María, Estrella de la Nueva Evangelización quien supo reflejar cual brillante luna al Sol de Justicia. Ella es el modelo de todo apostolado fecundo en la Iglesia.


Publicación en español de la
Arquidiócesis de Denver

E-mail: elpueblo@archden.org
Editora:
Rosanna Goñi
Director General: Gregorio Kail