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Una de las historias
más fascinantes de mi infancia es aquella fábula que relata la apuesta
que un día hicieron el sol y el viento. El viento, que se consideraba
más poderoso que el sol y se encontraba ansioso por demostrarlo,
retó a éste a una contienda: cuál de los dos podía lograr en el
menor tiempo posible, quitarle el abrigo a un caminante que pasaba
por allí.
El sol aceptó el desafío,
pero el viento reclamó ser el primero en intentar. Comenzó entonces
el viento a soplar con toda su fuerza, pero mientras más soplaba,
más el viajero cerraba el abrigo y lo sujetaba contra su cuerpo.
Cansado y derrotado, el viento cedió su turno al sol. Éste no hizo
más que lanzar sus cálidos rayos sobre la tierra y rodear de un
alegre y grato calor al viajero, el cual, ante el repentino clima
veraniego, decidió quitarseél solo el abrigo.El sol, con una serena
calidez, había vencido. San Pablo nos dice que la vida del cristiano
es un "despojarse" y un "revestirse".
Despojarse del hombre
viejo -es decir, de todos los hábitos que son consecuencia del pecado-
y revestirse de la nueva naturaleza, aquella que encuentra su pleno
modelo en el Señor Jesús. El Papa Juan Pablo II nos ha invitado
a todos los católicos no sólo a vivir este proceso de conversión
de manera personal, sino también a anunciarlo en todo momento y
en todo lugar, "a tiempo y a destiempo", en un nuevo impulso evangelizador
que lleve al mundo a comprender que sólo el cambio del ser humano
puede traer un orden social de justicia, prosperidad y reconciliación.
Pero el Santo Padre ha
señalado también que este anuncio del Evangelio requiere de nosotros
los católicos, un esfuerzo especial de "imaginación misionera".
Tenemos que llegar a quienes están a nuestro alrededor, pero tenemos
que hacerlo con creatividad y con eficacia. Y allí es donde creo
que el ejemplo del sol es de utilidad e inspiración. El sol recurre
a la calidez y la alegría de sus rayos para que el caminante se
despoje de su abrigo y se revista de su calor. De manera similar,
nosotros católicos hispanos del Norte de Colorado, estamos llamados
a actuar con eficaz caridad.
No todos tenemos cualidades
para predicar con elocuencia o el tiempo necesario para dedicarnos
de manera estable a la catequesis. Pero todos podemos ser como el
sol: testimoniar con nuestra vida y nuestra acción cotidiana - hecha
oración - la calidez y la luz que brotan de Aquel a quien el Evangelio
llama "el Sol que nace de lo alto", el Señor Jesús.
Los hispanos de la arquidiócesis
de Denver estamos pues llamados a ser protagonistas, no importa
dónde nos encontremos en la vida, de esta nueva evangelización convocada
por el Papa Juan Pablo II para el nuevo milenio. No se trata sólo
de un desafío o de una "tarea": es también una maravillosa aventura.
Parte de esta aventura
y de este impulso evangelizador es esta edición completamente renovada
de El Pueblo Católico que tienes en tus manos. Con su crecimiento
en páginas y en contenido, nuestro Arzobispo Charles Chaput y yo,
como Obispo auxiliar, hemos querido hacer elocuente no sólo el cariño
especial, sino la gran esperanza que tenemos puestos en los católicos
hispanos del Norte de Colorado.
Y por eso, el sol naciente
que ilustra esta portada, quiere ser el augurio de un nuevo amanecer
del Evangelio en estas tierras. Un nuevo amanecer que llegue gracias
al compromiso de cada uno de nosotros, católicos hispanos, de anunciar
el Evangelio con nuestra palabra, pero sobre todo, con nuestra vida.
Que Dios los bendiga a todos y bienvenidos a esta nueva etapa de
"El Pueblo Católico".
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