Cuando la
muerte habla claro sobre nuestra vida
Exmo. Monseñor
José H. Gomez, S.T.D.
El día
de los fieles difuntos, que la Iglesia conmemora el 2 de Noviembre,
es una fecha que tiene diversos significados según los diversos
grupos humanos y las distintas culturas.
En la cultura hispana tenemos muchas tradiciones, que aun se conservan
relacionadas con el día de los muertos, como las calaveras
de azúcar, el pan de muertos y sobre todo la costumbre de
visitar los cementerios para rezar por los fieles difuntos.
Creo que el día de los muertos es una excelente ocasión
para recordar por qué y para qué estamos vivos, y
si nuestra vida tiene un significado importante; tan importante,
que no temeríamos morir al día siguiente, sabiendo
que hemos cumplido el plan que Dios tiene para nosotros en esta
tierra.
Se cuenta que un famoso pecador se acercó a San Agustín
a comentarle que estaba desesperado, pues había pecado mucho.
"No temas hermano, Dios misericordioso nos ha prometido el
perdón y la redención", contestó el gran
santo.
Animado, el pecador contestó "¡Qué alivio!
Entonces cambiaré a partir de mañana".
Pero San Agustín le corrigió inmediatamente diciendo:
"¡Cuidado! Dios te ha prometido el perdón
¡pero
no te ha prometido el mañana!".
En efecto hermanos, la celebración de los fieles difuntos
nos debe no sólo llevar a rezar por quienes ya nos han precedido
en el camino de la muerte. También nos debe llevar a reflexionar
en que tarde o temprano, esa muerte es nuestro destino inevitable,
y como advierte el Señor Jesús: "¡Estén
en vela! Porque no saben ni el día ni la hora".
Con ocasión de la fiesta de los fieles difuntos, y del recuerdo
de los muertos, especialmente de nuestros familiares y amigos difuntos
no puedo dejar de pensar en el modo como la muerte arroja luz sobre
nuestra vida.
Un pensador
católico francés contó alguna vez que su conversión
se vio reforzada inesperadamente cuando, paseando por el cementerio
de París, donde se encuentran las tumbas de tantos hombres
famosos, se topó con un sepulcro con un sorprendente epitafio.
La lápida decía: "este hombre nació hace
83 años, pero vivió sólo tres".
Después
de una breve búsqueda en la vida del difunto, nuestro pensador
dio con la historia que dio orígen a la frase. El hombre,
un ateo enemigo de la Iglesia católica, se abrió inesperadamente
a la gracia y se convirtió al catolicismo a la edad de 80
años, apenas tres años antes de su muerte.
Al descubrir
que esos breves años de fe, de esperanza y de caridad, marcados
por un profundo anhelo de Dios y un deseo de la vida eterna, el
anciano, en su lecho de muerte, dictó él mismo la
frase de su epitafio, con el deseo de dejar una lección:
una vida gastada en cualquier cosa que no sea cumplir el Plan de
Dios y caminar hacia el encuentro definitivo con Dios, es un desperdicio.
"Los años
pasan de prisa y vuelan", dice uno de los salmos. Su intención
es recordarnos que las preocupaciones de la vida que hoy nos parecen
tan importantes y determinantes, son en realidad insignificantes
si consideramos que, frente a ellas, está la vida eterna.
No le faltaba
razón a ese gran poeta y maestro espiritual español
Fray Luis de León cuando reflexionaba sobre lo inevitable
de la muerte diciendo: "¿En qué me ocupo? ¿De
qué me encanto? Loco debo ser
¡pues no soy santo!"
La reciente
beatificación de la Madre Teresa de Calcuta y los 25 años
de nuestro Santo Padre dedicados plenamente a la Iglesia nos ponen
delante modelos de cómo enfrentar la vida. En la vocación
de cada uno tenemos suficientes motivos y ocasiones para vivir a
plenitud frente al horizonte de la muerte.
Por eso, en estos días, en que hemos celebrado a los fieles
difuntos, no dejemos de preguntarnos: si el Señor me pidiera
el alma mañana ¿Estaría listo para enfrentar
su juicio? ¿Merecería el premio eterno? ¿Podríamos
repetir con San Pablo: "he corrido bien mi carrera, he mantenido
la fe, ahora sólo aguardo el premio que me concede el justo
juez"?
Son preguntas
muy importantes para poner nuestras vidas en su verdadera perspectiva.
Que la Virgen Santísima interceda por nosotros para que podamos
vivir a plenitud esta vida, sabiendo que, tarde o temprano deberemos
enfrentar la muerte, y que Dios Nuestro Señor, en su infinita
misericordia, nos conceda el premio de la felicidad eterna en el
Cielo.
Que el Señor los bendiga.
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