Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver • Noviembre 2003

Cuando la muerte habla claro sobre nuestra vida

Exmo. Monseñor José H. Gomez, S.T.D.

El día de los fieles difuntos, que la Iglesia conmemora el 2 de Noviembre, es una fecha que tiene diversos significados según los diversos grupos humanos y las distintas culturas.
En la cultura hispana tenemos muchas tradiciones, que aun se conservan relacionadas con el día de los muertos, como las calaveras de azúcar, el pan de muertos y sobre todo la costumbre de visitar los cementerios para rezar por los fieles difuntos.
Creo que el día de los muertos es una excelente ocasión para recordar por qué y para qué estamos vivos, y si nuestra vida tiene un significado importante; tan importante, que no temeríamos morir al día siguiente, sabiendo que hemos cumplido el plan que Dios tiene para nosotros en esta tierra.
Se cuenta que un famoso pecador se acercó a San Agustín a comentarle que estaba desesperado, pues había pecado mucho. "No temas hermano, Dios misericordioso nos ha prometido el perdón y la redención", contestó el gran santo.
Animado, el pecador contestó "¡Qué alivio! Entonces cambiaré a partir de mañana".
Pero San Agustín le corrigió inmediatamente diciendo: "¡Cuidado! Dios te ha prometido el perdón…¡pero no te ha prometido el mañana!".
En efecto hermanos, la celebración de los fieles difuntos nos debe no sólo llevar a rezar por quienes ya nos han precedido en el camino de la muerte. También nos debe llevar a reflexionar en que tarde o temprano, esa muerte es nuestro destino inevitable, y como advierte el Señor Jesús: "¡Estén en vela! Porque no saben ni el día ni la hora".
Con ocasión de la fiesta de los fieles difuntos, y del recuerdo de los muertos, especialmente de nuestros familiares y amigos difuntos no puedo dejar de pensar en el modo como la muerte arroja luz sobre nuestra vida.

Un pensador católico francés contó alguna vez que su conversión se vio reforzada inesperadamente cuando, paseando por el cementerio de París, donde se encuentran las tumbas de tantos hombres famosos, se topó con un sepulcro con un sorprendente epitafio. La lápida decía: "este hombre nació hace 83 años, pero vivió sólo tres".

Después de una breve búsqueda en la vida del difunto, nuestro pensador dio con la historia que dio orígen a la frase. El hombre, un ateo enemigo de la Iglesia católica, se abrió inesperadamente a la gracia y se convirtió al catolicismo a la edad de 80 años, apenas tres años antes de su muerte.

Al descubrir que esos breves años de fe, de esperanza y de caridad, marcados por un profundo anhelo de Dios y un deseo de la vida eterna, el anciano, en su lecho de muerte, dictó él mismo la frase de su epitafio, con el deseo de dejar una lección: una vida gastada en cualquier cosa que no sea cumplir el Plan de Dios y caminar hacia el encuentro definitivo con Dios, es un desperdicio.

"Los años pasan de prisa y vuelan", dice uno de los salmos. Su intención es recordarnos que las preocupaciones de la vida que hoy nos parecen tan importantes y determinantes, son en realidad insignificantes si consideramos que, frente a ellas, está la vida eterna.

No le faltaba razón a ese gran poeta y maestro espiritual español Fray Luis de León cuando reflexionaba sobre lo inevitable de la muerte diciendo: "¿En qué me ocupo? ¿De qué me encanto? Loco debo ser… ¡pues no soy santo!"

La reciente beatificación de la Madre Teresa de Calcuta y los 25 años de nuestro Santo Padre dedicados plenamente a la Iglesia nos ponen delante modelos de cómo enfrentar la vida. En la vocación de cada uno tenemos suficientes motivos y ocasiones para vivir a plenitud frente al horizonte de la muerte.
Por eso, en estos días, en que hemos celebrado a los fieles difuntos, no dejemos de preguntarnos: si el Señor me pidiera el alma mañana ¿Estaría listo para enfrentar su juicio? ¿Merecería el premio eterno? ¿Podríamos repetir con San Pablo: "he corrido bien mi carrera, he mantenido la fe, ahora sólo aguardo el premio que me concede el justo juez"?

Son preguntas muy importantes para poner nuestras vidas en su verdadera perspectiva.
Que la Virgen Santísima interceda por nosotros para que podamos vivir a plenitud esta vida, sabiendo que, tarde o temprano deberemos enfrentar la muerte, y que Dios Nuestro Señor, en su infinita misericordia, nos conceda el premio de la felicidad eterna en el Cielo.
Que el Señor los bendiga.


 
 

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