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El otro día me llamó
por teléfono un amigo muy querido al que hace tiempo que no veo.
No hemos perdido el contacto. Nos escribimos de vez en cuando, antes
por carta, ahora hemos decidido pasarnos al e-mail. También nos
telefoneamos de vez en cuando, brevemente, sólo para dejar saber
al otro que todo sigue bien o para compartir alguna novedad importante
o urgente. A veces pasa bastante tiempo, meses o incluso años, sin
saber nada del otro. Pero la amistad que nos une es tan fuerte que,
aun sin habernos hablado en mucho tiempo, sabemos que si necesitamos
cualquier cosa el otro estará ahí para ayudarnos. En fín, mi amigo
me dio una noticia buenísima. Como hace mucho que no nos vemos ha
decidido venir a verme y a pasar la Navidad con mi familia.
¡Qué alegría! En seguida
que colgué el teléfono, mi mente se disparó en mil pensamientos:
en qué cuarto lo voy a acomodar, qué cosas vamos a hacer juntos
mientras él esté aquí, que comidas caseras le voy a preparar. Mi
corazón ardía de felicidad; mi cara tenía de pronto más luminosidad
y cualquier cosa me hacía sonreír. La cuenta atrás había comenzado.
A mi esposo le encanta
que tengamos invitados. Sabe que una de mis aficiones preferidas
es la cocina. Así que siempre acoge de buen gusto la noticia de
que tenemos invitados, pues sabe que el trato especial no sólo va
a beneficiar al visitante sino a toda la familia. Sabe que los preparativos
a menudo incluyen a varios miembros de la familia (limpiar la casa,
arreglar desperfectos, comprar despensa...), pero piensa en los
beneficios culinarios que se avecinan, y se relame esperando el
día en que llegue el visitante. En cierta forma así debe ser el
Adviento, una espera gozosa, y una preparación activa que involucra
a cada uno de los miembros de la familia. ¿Y cómo podemos prepararnos
vivir el Adviento, individualmente y como familia? Pues utilice
su propia imaginación. Pero, por si acaso, ahí les van algunas pistas
que a mí me han servido.
Las lecturas de las liturgias
de Adviento nos proponen algunos personajes clave de los que podemos
aprender mucho: el profeta Isaías, Juan el Bautista, Zacarías e
Isabel, su esposa, y cómo no, María y José, protagonistas del misterio
y testigos silenciosos del cumplimiento de las profecías.
Es, pues, buena idea
comenzar meditando las lecturas bíblicas propias del tiempo. Lo
podemos hacer en privado, dedicando tan siquiera quince minutos
al día a orar. Lo podemos hacer con nuestra pareja o con algún hijo
adulto, separando unos minutos al día para compartir lo que a cada
uno le sugiere la lectura. O lo podemos hacer con un pequeño grupo
de amigos que quieran esforzarse con nosotros en vivir mejor su
fe. Ah, y cuando hay dudas o alguna lectura les resulte difícil
(y créanme, a veces lo son), déjenla estar y vayan a preguntarle
al sacerdote, o la monjita, o la encargada de la catequesis, o la
directora del ministerio hispano, que para eso están, para que les
den lata... Una figura constante y clave del Adviento es María,
la Virgen, que acoge, espera con gozo y prepara. De ella podemos
aprender tantas cosas.
El silencio, ¿Qué tengo
que cambiar en mí para poder escuchar lo que el Señor quiere de
mí, como María pudo escuchar el saludo del ángel? Quizá menos horas
de alboroto, de ruido, de radio, de televisión, de bailes, durante
este tiempo ayuden al corazón a escuchar mejor.
El gozo: cambie la música
de su estéreo mientras conduce su auto por un canto alegre que hable
de gozo y de esperanza. Y cántelo una y otra vez hasta que el canto
cambie su actitud.
El servicio, María sale
corriendo a visitar a su prima Isabel para ayudarla. ¿En qué puedo
ser más servicial? Mire a su alrededor y fíjese quién necesita ayuda.
Comenzando por los de casa y siguiendo por otros familiares y amigos.
La religiosidad popular nos ofrece también numerosas oportunidades.
Haga que la puesta del nacimiento o la decoración del árbol en las
semanas previas a la Navidad sea algo que involucre a toda la familia.
No deje que la escena
de la Natividad falte en su hogar como recuerdo del verdadero sentido
de esta fiesta. Si hace tiempo que no asiste a las posadas o nunca
ha ido a una, vaya este año y lleve a alguien con usted. Recupere
la tradición de cantar villancicos en familia. Algunas iglesias
ofrecen novenarios para la Inmaculada Concepción, para la Virgen
de Guadalupe.
Aunque no son propiamente
celebraciones de Adviento, son una buena oportunidad para meditar
y celebrar la figura de María. Aproveche y vaya. Organice un Rosario
en su casa y ofrezca luego un rato de convivencia. Anímese a ir
al sacramento de la Reconciliación, para limpiar lo que haga falta
por dentro antes de que llegue el Niño... Los temas principales
que la Iglesia nos propone y que el misal nos sugiere son, consecutivamente:
esperanza, gozo, conversión, renovación y la llegada del Señor,
su venida al mundo en carne, la cual revivimos en Navidad, y el
juicio del Señor, su última venida en gloria y majestad. Conviene
pues buscar actividades y adoptar actitudes donde podamos trabajar
en algunos de esos aspectos.
El tiempo de Adviento,
y cada día, nos ofrecen muchas oportunidades. Sólo hay que estar
atentos. Ojalá que este Adviento nos sirva, individualmente y como
familia para trabajar en tres cualidades básicas del cristiano.
La conversión, la esperanza y el gozo. Mi amigo llegará pronto.
Voy a seguir haciendo mi lista de la compra...
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