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Un amigo mío sugirió
recientemente que la tragedia del 11 de Septiembre necesita ser
juzgada desde la óptica de una muy seria desigualdad social y económica
en el mundo. En otras palabras, parecía implicar que las personas
desesperadas hacen cosas desesperadas, por lo que la culpa de los
asesinos podría estar mitigada - o al menos ser comprensible.
Es una idea tentadora:
Si tenemos una frustración legítima, o pensamos que la tenemos,
tal vez las normas morales nos conceden una fisura particular para
cobrar venganza. Sin embargo, aunque estoy de acuerdo que recordar
las desigualdades del mundo sirven a un propósito muy importante,
las injusticias en el mundo nunca pueden ser usadas para "contextualizar"
o excusar un asesinato en masa.
Y los Estados Unidos
no son de ninguna manera la única fuente de la desigualdad social
y económica en el mundo. Estados Unidos lleva sobre sí pesadas responsabilidades
morales por sus actos debido a su prosperidad y poder, pero en los
países musulmanes y a lo largo del tercer mundo, los poderosos han
explotado constantemente a su propia gente, con o sin la involucración
de Occidente.
El pecado no es un monopolio
de los países desarrollados. Desde el principio de nuestra vida
como católicos, aprendemos que cada uno de nosotros debería examinar
su conciencia todos los días. Vivir el Evangelio significa revisar
y corregir nuestras acciones personales a la luz de Cristo Jesús
como parte de nuestra rutina diaria.
Si este es un buen consejo
para los individuos, lo es también para las naciones. Ninguna solución
puramente militar contra el terrorismo funcionará sin abordar al
mismo tiempo el tema de las injusticias más profundas del mundo
y del papel de nuestra nación en ellas. Los católicos norteamericanos
necesitan volver a leer la "Gaudium et Spes" del Concilio Vaticano
II ("Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual")
y aplicarla en la manera como viven su ser ciudadanos. No hay mejor
manera de vivir el Evangelio en el ámbito público.
En realidad, la "Gaudium
et Spes" es un valioso examen de conciencia para toda nuestra cultura.
La Iglesia ha venido suplicando a las personas de los países desarrollados
que se alejen de la avaricia, del egocentrismo y la idolatría a
la comodidad material durante décadas. El 11 de Septiembre puede
servir como un despertador. Dios le ha dado a Occidente ventajas
enormes.
Demasiado a menudo, no
hemos usado esas ventajas para ayudar a los pobres del mundo. La
lógica interna de la avaricia es que se destruye a sí misma. Los
norteamericanos necesitamos reflexionar en ello con renovada humildad.
Al mismo tiempo, no se puede permitir que un propio examen de conciencia
impida a los Estados Unidos el defender a su propio pueblo.
La primera y contundente
desigualdad que los norteamericanos enfrentan actualmente es ésta:
Los verdaderos asesinos del 11 de Septiembre -los arquitectos de
los asesinatos- están vivos y resueltos a matar otra vez, mientras
que a las víctimas les han robado la vida, el futuro, las esperanzas,
los sueños y las familias. Más de 5,000 personas inocentes murieron
en manos de asesinos extremistas en un solo día de Septiembre, y
otros continúan muriendo mediante lo que parece ser terrorismo-biológico.
Ningún gobierno puede
conservar su legitimidad si fracasa en proteger enérgicamente a
su pueblo y buscar eficazmente la justicia por los crímenes cometidos
contra éste. Por supuesto, los católicos norteamericanos siguen
teniendo recuerdos de la discriminación y el odio que ellos mismos
experimentaron en un pasado reciente como extranjeros inmigrantes
en un país predominantemente protestante. Así que nosotros también
tenemos la responsabilidad de sensibilizar a la gente respecto de
los derechos de los árabes y los musulmanes en los Estados Unidos.
Cristianos, judíos, musulmanes
y todo ser humano son igualmente hijos de Dios, tienen la misma
dignidad y el mismo derecho a vivir sin temor. Los prejuicios contra
los árabes y musulmanes en los Estados Unidos no sólo violan su
dignidad como personas; también corrompen los principios que nuestra
nación encarna. Yo creo que a pesar de sus fallas y pecados, los
norteamericanos son un buen pueblo e incluso un gran pueblo.
Tenemos una oportunidad
en los Estados Unidos de mostrar al mundo que cristianos, judíos,
musulmanes y personas de otras creencias y no creyentes, pueden
vivir juntos en respeto mutuo y en paz. Si los norteamericanos de
hoy tienen la fortaleza para lograrlo, está aún por verse. Esto
tiene que ser probado cada vez por cada nueva generación.
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