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Columnas de opinión: Padre Mendoza

Los Sacramentos: siete signos del amor de Dios

Para Vivir la Liturgia

Los Sacramentos de la iglesia son, en efecto, una parte importantísima de la vida del católico. En ellos la asistencia y la gracia que Cristo ha prometido a los suyos – "yo estoy con vosotros, todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20) – llega hasta nosotros, por el ministerio de la Iglesia, y toca nuestras vidas para comunicarnos la vida divina, esa vida que es nuestra vocación, para la que hemos nacido. Importa, por eso, mucho comprenderlos bien, para poder penetrar en su riqueza, y apropiarnos de ella, de modo que produzcan en nosotros todo el fruto que pueden y deben producir.

El mundo en que vivimos no ayuda a esa comprensión. La civilización tecnicista que valora sólo o de un modo exagerado el valor instrumental, y que ve en la naturaleza casi solamente un objeto de explotación y manipulación, tiene dificultades en comprender unos gestos, unos símbolos, unas acciones, cuyo significado y cuyo poder va más allá de lo que aparece a la percepción de los sentidos. Esa civilización ha perdido, en buena medida, la capacidad de percibir la dimensión religiosa de los seres, de las cosas y de las personas. Ha olvidado que todo lo que existe remite a algo – mejor a alguien – que está más allá de ellas, de cuyo amor son manifestación y regalo. Y lo primero de todo, nuestras propias vidas, que miran y esperan más allá de lo inmediato, que están siempre remitidas a Dios, aún cuando muchos hombres no sean conscientes de ello. Pero en la civilización técnica, los Sacramentos tienden a aparecer como un cuerpo extraño, como unos ritos misteriosos e incomprensibles, resto de un pasado ya desvanecido. Si de verdad nos acercáramos a los Sacramentos con un corazón limpio, abiertos para acoger toda la sabiduría acerca de la vida que se encierra en ellos, cambiaría no poco nuestra mirada sobre el mundo, y sobre nosotros mismos.

Hay otra razón que hace a veces difícil al hombre de hoy percibir el significado de los Sacramentos, y recibirlos adecuadamente. Y es que los Sacramentos, en su simbolismo, en mil detalles de su celebración, están vinculados a la experiencia de la Iglesia – a la que se ha llamado, con razón, el "sacramento originario" -, que son incomprensibles cuando se les desvincula de esa experiencia. Es como el lenguaje de una familia, de un pueblo. Sólo quien está adentro lo comprende bien. Sólo quien se adhiere de corazón a la Iglesia – en la que está presente Cristo, Redentor y Vida de los hombres -, sólo quien se deja enseñar por ella, y crece en ella, podrá apropiarse plenamente de la riqueza de gracia que hay en los Sacramentos. Cuanto más verdaderamente sea nuestra adhesión a la Iglesia, cuanto más sencilla nuestra fe, más capaz será de comprender su lenguaje, de aprender sus gestos, de celebrarlos con gozo y verdad, de recibir su gracia.

¿QUÉ SON LOS SACRAMENTOS?

Los Sacramentos son unos signos exteriores y sensibles, instituídos por N.S. Jesucristo para producir la gracia en nuestras almas y santificarnos.

Decimos que son signos "exteriores" y "sensibles" porque los captamos con nuestros sentidos. Y Dios ha querido que por estas cosas sensibles los Sacramentos causen y den gracia a los que dignamente los reciben.

Los Sacramentos santifican dando la gracia a los que no la tienen, o aumentándola a los que ya la tienen.

El tema de los Sacramentos, hermanos, es de una importancia capital para el cristiano porque los Sacramentos son Dios mismo que "se adelanta" a nosotros para realizar la salvación, a través de signos sensibles y eficaces. El hombre, por sí mismo, nunca podría haber imaginado nada semejante. Es Dios el que los ha inventado uniendo la salvación al rito. El rito, en efecto, actualiza la salvación por expresa voluntad de Dios. Sin esa voluntad divina no habría Sacramento. Los Sacramentos son el mayor regalo que Dios ha podido hacer al hombre. Don absolutamente gratuito, porque ningún mérito humano puede exigir la gracia sacramental.

Sin una correcta interpretación los Sacramentos no pueden generar una práctica cristiana auténtica. El cristiano tiene que captar en toda su grandeza lo que Dios le ofrece a través de todos esos signos sensibles que operan eficazmente la salvación.

Siendo la fe cristiana una actitud relacional con la Palabra hecha hombre, se necesita también un esfuerzo de entendimiento. Dios se ha expresado en categorías humanas, ha puesto a nuestro alcance lo que quiere comunicar. Su mensaje interpela nuestra inteligencia y nos convida a vivir los signos sacramentales que nacen de su cariñosa presencia entre nosotros. Entender mejor estos signos capacita el creyente a entrar más conscientemente en comunión con Él por medio de las celebraciones de estos ritos. Una fe sana y adulta tiene sed de comprender.

Concluiremos este artículo con una cita del Vaticano II:

"Los Sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo, y en definitiva, a dar culto a Dios; pero en cuanto signos, también tienen un fin pedagógico. No sólo suponen la fe, sino que a la vez la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y cosas; por esto se llaman Sacramentos de la Fe. Confieren ciertamente la Gracia, pero también su celebración prepara perfectamente a los fieles para recibir con fruto la misma Gracia, rendir el culto a Dios y practicar la caridad" (Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, n.59).


Publicación en español de la
Arquidiócesis de Denver

E-mail: elpueblo@archden.org
Editora:
Rosanna Goñi
Director General: Gregorio Kail