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"El Señor
me abrió el oído para que escuchara, y yo no me he
rebelado ni he vuelto la espalda. . ." . Esas son las primeras
palabras de nuestra primera lectura tomada del Profeta Isaías,
y al momento de preparar mis reflexiones para este día, me
condujeron a una historia.
En 1936, un joven judío
llamado Aaron encontró un escondite en su casa, donde sus
padres guardaban una llave. Era la llave de un librero cerrado que
quedaba junto al piano en la sala de la casa. Él era un ávido
lector, y como dormía todas las noches en la sala, empezó
a leer los libros en secreto. Sus padres eran judíos de nacimiento,
y muy orgullosos de su herencia. Pero no tenían ninguna creencia
religiosa en particular. Sin embargo, por alguna razón, tenían
una copia de una Biblia Cristiana en el librero -- y Aaron empezó
a leerla.
Muchos años después,
Aaron escribiría:
"Lo que me impresionó
de manera particular fue la continuidad entre lo que llaman ‘Antiguo
Testamento’ y el Nuevo. A partir de entonces, la lectura del Nuevo
Testamento tuvo un lugar en mi consciencia de judío. Para
mí, trataba del mismo asunto espiritual, la misma bendición,
los mismos asuntos -- la salvación de los hombres, el amor
de Dios, el conocimiento de Dios..."
En 1940, en contra de
la voluntad de sus padres y sin ninguna coerción -- ni siquiera
una invitación -- de sus amigos cristianos, Aaron solicitó
el Bautismo. Y como Isaías, él nunca se rebeló
ni volvió la espalda. Mantuvo su amor por Cristo a pesar
del Holocausto; a pesar del anti- semitismo de personas que se llamaban
a sí mismas "cristianas" pero no conocían
el Evangelio; e incluso a pesar del asesinato de su propia madre
en Auschwitz.
El hambre de Dios que
encontró encerrado en un librero, lo llevó de la palabra
escrita a la Palabra hecha Carne; al bautismo, el seminario y el
sacerdocio, y al milagro de sostener el cuerpo y la sangre del Dios
vivo en sus manos en la Eucaristía – el cuerpo de Jesucristo,
que redime al mundo y alimenta al Pueblo de Dios.
Hoy, más de 60
años después de la primera vez que abrió la
Biblia y escuchó la Palabra de Dios, y más de 50 años
después de encontrar la Palabra de Dios encarnada en la Eucaristía,
aquel joven judío, es Jean-Marie Aaron Lustiger . . . el
Cardenal Arzobispo de París, y uno de los más grandes
testigos de la fe católica de nuestro tiempo.
Ahora, podemos sacar
dos lecciones de esta historia.
La primera, la Palabra
de Dios es poderosa. Ella "abre nuestros oídos para
que podamos escuchar". No sólo cambió la vida
de Aaron, sino que a través de él, cambió la
de decenas de miles de personas. Y hay una razón para eso:
la fe cristiana no es un conjunto de ideas o principios morales.
Es el encuentro con una persona viva, Jesucristo, a quien encontramos
tanto en la Escritura como en la Eucaristía.
Jesucristo está
vivo. Aquí, hoy, ahora. Él vive tangiblemente -- carne
y sangre -- en la Comunión que recibimos. Por eso llamamos
a Jesús "Emmanuel" -- la palabra hebrea que significa
"Dios con nosotros." La Eucaristía es más
que un símbolo, más que una comida comunitaria, más
que simplemente una señal de nuestra unidad. Es todo eso
junto, pero mucho más que eso. No es "como" la
carne y la sangre de Dios, o un "recuerdo" de la carne
y sangre de Dios. La Eucaristía es la carne y la sangre de
Dios.
Y lo mismo con las Escrituras.
San Jerónimo escribió que "ignorar a las Escrituras
es ignorar a Cristo". El Concilio Vaticano II dijo que: "la
Iglesia ha siempre venerado las divinas Escrituras, así como
ha venerado el Cuerpo de Señor" (DV, 21). Entonces la
liturgia que celebramos hoy no son dos actos separados -- uno cuando
leemos la Biblia, y el otro cuando distribuimos la Comunión.
Es una sola liturgia, un acto de alabanza y acción de gracias,
"una mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo"
(DV, 21) en el cual Cristo se ofrece a sí mismo, el pan de
vida, para nuestra fuerza y salvación.
Jesucristo -- la Palabra
de Dios hecha carne -- dijo: "Yo estoy con vosotros todos los
días hasta el fin del mundo" ¿Puede ser esto verdad?
Efectivamente, lo es. Es verdad en la Eucaristía y en la
Escritura. Y ello nos lleva a la segunda y última lección
en la historia del joven Aaron, que es la siguiente: la Fe tiene
consecuencias.
Jesús nos pregunta
hoy: "¿Quién dicen ustedes que soy yo?" Si nuestra
respuesta es: "Tú eres el Cristo", entonces la
voluntad de Dios para nosotros es clara: "Vayan y evangelicen
a todas las naciones". Y la fuente de nuestra confianza y gozo
es también clara: "Yo estaré con ustedes todos
los días hasta el fin del mundo". Jesucristo está
con nosotros siempre -- en el amor que compartimos entre nosotros,
en el poder de las Escrituras, y sobre todo, en la Eucaristía.
Que Dios nos conceda
que nuestras vidas testimonien eso al mundo.
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