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Columnas de opinión: La columna del arzobispo

La revolución del amor tiene que comenzar por la Eucaristía

Estos son algunos extractos de la homilía ofrecida por Mons. Charles Chaput durante el Congreso Eucarístico realizado en setiembre pasado en el Coliseo Magness de la Universidad de Denver.

"El Señor me abrió el oído para que escuchara, y yo no me he rebelado ni he vuelto la espalda. . ." . Esas son las primeras palabras de nuestra primera lectura tomada del Profeta Isaías, y al momento de preparar mis reflexiones para este día, me condujeron a una historia.

En 1936, un joven judío llamado Aaron encontró un escondite en su casa, donde sus padres guardaban una llave. Era la llave de un librero cerrado que quedaba junto al piano en la sala de la casa. Él era un ávido lector, y como dormía todas las noches en la sala, empezó a leer los libros en secreto. Sus padres eran judíos de nacimiento, y muy orgullosos de su herencia. Pero no tenían ninguna creencia religiosa en particular. Sin embargo, por alguna razón, tenían una copia de una Biblia Cristiana en el librero -- y Aaron empezó a leerla.

Muchos años después, Aaron escribiría:

"Lo que me impresionó de manera particular fue la continuidad entre lo que llaman ‘Antiguo Testamento’ y el Nuevo. A partir de entonces, la lectura del Nuevo Testamento tuvo un lugar en mi consciencia de judío. Para mí, trataba del mismo asunto espiritual, la misma bendición, los mismos asuntos -- la salvación de los hombres, el amor de Dios, el conocimiento de Dios..."

En 1940, en contra de la voluntad de sus padres y sin ninguna coerción -- ni siquiera una invitación -- de sus amigos cristianos, Aaron solicitó el Bautismo. Y como Isaías, él nunca se rebeló ni volvió la espalda. Mantuvo su amor por Cristo a pesar del Holocausto; a pesar del anti- semitismo de personas que se llamaban a sí mismas "cristianas" pero no conocían el Evangelio; e incluso a pesar del asesinato de su propia madre en Auschwitz.

El hambre de Dios que encontró encerrado en un librero, lo llevó de la palabra escrita a la Palabra hecha Carne; al bautismo, el seminario y el sacerdocio, y al milagro de sostener el cuerpo y la sangre del Dios vivo en sus manos en la Eucaristía – el cuerpo de Jesucristo, que redime al mundo y alimenta al Pueblo de Dios.

Hoy, más de 60 años después de la primera vez que abrió la Biblia y escuchó la Palabra de Dios, y más de 50 años después de encontrar la Palabra de Dios encarnada en la Eucaristía, aquel joven judío, es Jean-Marie Aaron Lustiger . . . el Cardenal Arzobispo de París, y uno de los más grandes testigos de la fe católica de nuestro tiempo.

Ahora, podemos sacar dos lecciones de esta historia.

La primera, la Palabra de Dios es poderosa. Ella "abre nuestros oídos para que podamos escuchar". No sólo cambió la vida de Aaron, sino que a través de él, cambió la de decenas de miles de personas. Y hay una razón para eso: la fe cristiana no es un conjunto de ideas o principios morales. Es el encuentro con una persona viva, Jesucristo, a quien encontramos tanto en la Escritura como en la Eucaristía.

Jesucristo está vivo. Aquí, hoy, ahora. Él vive tangiblemente -- carne y sangre -- en la Comunión que recibimos. Por eso llamamos a Jesús "Emmanuel" -- la palabra hebrea que significa "Dios con nosotros." La Eucaristía es más que un símbolo, más que una comida comunitaria, más que simplemente una señal de nuestra unidad. Es todo eso junto, pero mucho más que eso. No es "como" la carne y la sangre de Dios, o un "recuerdo" de la carne y sangre de Dios. La Eucaristía es la carne y la sangre de Dios.

Y lo mismo con las Escrituras. San Jerónimo escribió que "ignorar a las Escrituras es ignorar a Cristo". El Concilio Vaticano II dijo que: "la Iglesia ha siempre venerado las divinas Escrituras, así como ha venerado el Cuerpo de Señor" (DV, 21). Entonces la liturgia que celebramos hoy no son dos actos separados -- uno cuando leemos la Biblia, y el otro cuando distribuimos la Comunión. Es una sola liturgia, un acto de alabanza y acción de gracias, "una mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo" (DV, 21) en el cual Cristo se ofrece a sí mismo, el pan de vida, para nuestra fuerza y salvación.

Jesucristo -- la Palabra de Dios hecha carne -- dijo: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" ¿Puede ser esto verdad? Efectivamente, lo es. Es verdad en la Eucaristía y en la Escritura. Y ello nos lleva a la segunda y última lección en la historia del joven Aaron, que es la siguiente: la Fe tiene consecuencias.

Jesús nos pregunta hoy: "¿Quién dicen ustedes que soy yo?" Si nuestra respuesta es: "Tú eres el Cristo", entonces la voluntad de Dios para nosotros es clara: "Vayan y evangelicen a todas las naciones". Y la fuente de nuestra confianza y gozo es también clara: "Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo". Jesucristo está con nosotros siempre -- en el amor que compartimos entre nosotros, en el poder de las Escrituras, y sobre todo, en la Eucaristía.

Que Dios nos conceda que nuestras vidas testimonien eso al mundo.


Publicación en español de la
Arquidiócesis de Denver

E-mail: elpueblo@archden.org
Editora:
Rosanna Goñi
Director General: Gregorio Kail