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(VIS)
El Papa Juan Pablo II celebró el domingo 21 de mayo la Eucaristía
en la Plaza de San Pedro y canonizó a los beatos Cristobal
Magallares (1869-1927), presbítero, y 24 compañeros
(1915-1937), presbíteros y laicos, mártires; José
Mará de Yermo Parres (1851-1904), presbítero y fundador
de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los
Pobres; María de Jesús Sacramentado Venegas de la
Torre (1868-1959), virgen fundadora de la Congregación de
las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús.
El
Papa afirmó que los nuevos santos "entregaron su vida
a Dios y a los hermanos por la vía del martirio o por el
camino de la ofrenda generosa al servicio de los necesitados".
San Cristóbal Magallanes y sus 24 compañeros mártires,
todos ellos sacerdotes, excepto tres laicos "no abandonaron
el valiente ejercicio de su ministerio cuando la persecución
religiosa arreció en la amada tierra mexicana, desatando
un odio a la religión católica. Todos aceptaron libre
y serenamente el martirio como testimonio de su fe, perdonando explícitamente
a sus seguidores. Fieles a Dios y a la fe católica tan arraigada
en sus comunidades eclesiales a las cuales sirvieron promoviendo
también su bienestar material, son hoy ejemplo para toda
la Iglesia y para la sociedad mexicana en particular".
"Los
27 nuevos santos mexicanos anuncian con elocuente testimonio la
fuerza transformadora del amor a Dios y al prójimo, esencia
de la vida cristiana" dijo el Papa a los peregrinos venidos
a Roma para participar en la canonización de Cristóbal
Magallanes y compañeros mártires, José Mará
de Yermo Parres y María de Jesús Sacramentado Venegas.
Ellos,
continuó hablando de los santos, "nos animan a vivir
con renovada fidelidad nuestra condición de hijos suyos llamados
a dar testimonio de la fe, a mantener viva la esperanza y a practicar
la caridad en todos los momentos de la vida".
Juan
Pablo II puso de relieve que el pueblo mexicano "se ha distinguido
siempre por su gran amor a Dios, a la Virgen, a la Iglesia y al
Papa, con un fuerte arraigo de la fe católica, la cual, a
pesar de las vicisitudes de la historia, forma parte integrante
y fundamental del alma de Vuestra Nación".
"Volved
a México –dijo a los presentes- con el compromiso de renovar
vuestra fidelidad a Dios y a la Iglesia, de dar siempre y en todas
partes un testimonio valiente de vida cristiana, de colaborar en
la nueva evangelización para que Cristo sea conocido y amado
por todos los mexicanos. Terminada la misa, el Papa pidió
a los peregrinos presentes que la intercesión de los 27 santos
"haga que México siga siendo siempre fiel y en su suelo
se multipliquen cristianos de la talla de los santos canonizados
y de otros grandes hijos de la Iglesia en esa tierra".
Hay
que destacar que con la canonización de los 27 nuevos santos,
México es el país con más santos en Latinoamerica,
al contar con 28. El único santo que tenía anteriormente
México, era San Felipe de Jesús.
Ante
esto, el Padre Mendoza escribe…
Los
católicos mexicanos nos alegramos y damos gracias a Dios,
por vivir este histórico y transcendental acontecimiento
en la fe. Y esto nos debe motivar a todos los cristianos, a buscar
la santidad, como meta en esta vida; donde debemos ser "luz
del mundo y sal de la tierra" (Mt. 5, 13-14).
Veneración
es la expresión de respeto, admiración y otros sentimientos
que experimentamos ante una persona que percibimos como superior.
Esto se da incluso en la esfera natural, no religiosa. La visita
de una eminencia de orden artístico, científico, filantrópico,
etc., nos produce admiración, una especie de veneración,
como por ejemplo la visita del Papa a Estados Unidos. Pero suele
reservarse el culto para los casos en que esos sentimientos están
en la esfera de lo trascendente, es decir, de lo religioso.
Los
actos de culto pueden ser individuales (hechos en privado), comunitarios
(en grupo) y litúrgicos (en la forma establecida por la Iglesia).
No
hay valor que no proceda de Dios como causa original. Esa procedencia
es más evidente cuando se trata de valores religiosos. Lo
que admiramos en los santos es la acción de Dios en ellos.
Por lo tanto, en definitiva es a Dios a quien ha de dirigirse la
admiración, la veneración, la alabanza que suscitan
en nosotros. Por eso el Concilio Vaticano II nos dice:
"Al
celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo,
la Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron
y fueron glorificados por Cristo" (SC 104).
Los
santos son aquellos que, respondiendo con generosidad a la acción
de Dios en ellos, entran o han entrado brillantemente en la nueva
vida dada por Cristo. De ahí que lo que en ellos admiramos
y ensalsamos, es la acción de Cristo, el Misterio Pascual
de Cristo cumplido en ellos. Los protestantes suelen confundir estos
dos conceptos muy diferentes: la Redención e intercesión.
Jesucristo
es nuestro único Mediador (Hech 4,12; 16,30-31; 1Tim 2, 5)
como Redentor, porque con el precio de su sangre nos reconcilió
con la Justicia Divina, pagando las deudas que habíamos contraído
ante Dios por el pecado original y por nuestros pecados personales.
Pero además las personas justas que viven en la tierra y
los santos que reinan con Dios en el cielo, pueden ser nuestros
abogados intercediendo por nosotros, es decir, pidiendo a Dios que
nos perdone nuestras deudas. Igualmente Jesucristo es nuestro Mediador
pidiendo a su padre celestial nos conceda las gracias que necesitamos
en virtud de sus méritos infinitos.
Los
santos son nuestros intercesores en cuanto ruegan por nosotros,
no apoyados en sus propios méritos, sino en los de Jesucristo;
no piden en nombre propio, sino en nombre de Jesucristo y por Él
esperan ser escuchados.
Vemos
en el libro de los Hechos como los enfermos acudían a los
Apóstoles para lograr la salud (Hch 2, 43; 3,6; 9,34; 14,
10), no se dirigían directamente a Dios. No obstante recibían
las gracias deseadas.
La
intercesión de los santos, dice el Concilio de Trento, es
"buena y provechosa". Es la expresión en la práctica
del dogma de la "comunión de los santos", por la
cual es posible que todos los fieles nos comuniquemos los bienes
espirituales que hemos recibido de Jesucristo.
La
Iglesia es una familia. Como pedimos a nuestros amigos que recen
por nosotros, con mayor razón lo podemos pedir a nuestros
hermanos los santos.
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