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La vida floreciente de Hermosillo

por Patricio Reidy, Seminarista

Con temperaturas que alcanzan algunos días hasta los cincuenta grados, lo primero que uno nota al llegar a Hermosillo, Sonora es el calor. Incluso te cuentan con una sonrisa que este desierto sufre de un sol aún más fuerte en agosto. Y por supuesto les preguntan a los extranjeros si están acostumbrados a un calor así, y todo el mundo te dice, "¿Cómo te ha ido con el calor?" Calor, calor. Pues, no obstante el inevitable tema, desde que llegué aquí a la misión arquidiocesana el primero de junio, no ha sido el calor del sol sino el del pueblo de Dios lo que más me ha llamado la atención.

El clima que ha hecho secarse hasta los arroyos más turbulentos, no ha podido marchitar la fe ni la ternura de los hermosillenses. La belleza de la gente mexicana que yo había ya conocido hace años fue lo que me conmovió a pedirle a la diócesis que me mandaran aquí por el verano para que conociera más auténticamente la humildad y el heroísmo brotantes de esta cultura.

Otro seminarista, José Sáenz, y yo venimos a pasar dos meses con la Misión Sin Fronteras, establecida por las dioceses de Denver, Colorado Springs y Pueblo, como nuestro trabajo veranil. Ha sido para nosotros más una enseñanza que un trabajo. Reconociendo lo tanto que la comundiad hermosillense tiene que ofrecer a la más amplia Iglesia, el Padre Tomás McCormick -sacerdote encargado de la misión-, nos dijo cuando llegamos: "No estamos aquí para enseñar sino para aprender de la gente de Hermosillo. Ellos nos van a mostrar qué quiere decir vivir la fe". Esto es precisamente lo que están haciendo. Aquí el equipo misionero, el Padre Tomás más tres misioneras laicas, trabaja para la parroquia llamada Santa Zita situada en los marginales de la ciudad, y pasan la mayoría de su tiempo en ocho de los casi veinticinco centros.

Los centros son en realidad pequeños campos llanos, algunos que poseen una choza hecha de cartón y estaño, ubicados en las calles no pavimentadas que corren por los vecindarios pobres rodeando dicha parroquia. Es aquí donde los hermanos y hermanas mexicanos se congregan para "oír la misa", asistir a cursos catequéticos o celebrar el sacramento de la reconciliación. Es aquí donde yo he podido observar a través de la gente una expresión rica e incomporable del Cuerpo de Cristo. Pues para la Iglesia de Hermosillo el enfoque no se pone en la apariencia física del templo, sino en la sinceridad con que las personas se ayudan, se apoyan y se aman.

"Fíjate que en este país", dijo Miguel Angel, un Evangelizador a tiempo completo, "la gente por muchos años no ha tenido sacerdotes. Así que han tenido que mantener su fe dependiendo de ellos mismos". Resulta que los fieles de estos centros demuestran una unidad humana y cristiana que es expresión cumbre del Evangelio. Es una unidad que, quizás instigada por la necesidad humana de sobrevivir, se ha fluído, no obstatne, del vinculo íntimo que tienen ellos con el Espíritu Santo. Por medio de la unánime dependencia del Señor y la mutua dependencia de unos a otros, la Iglesia de Hermosillo ha crecido como familia verdadera.

"¿Cómo sabemos nosotros la Buena Nueva de Jesucristo?", comenta Francisco, catequista para la parroquia Santa Zita. "Por conocer a más gente y desarrollar más relaciones humanas. Nosotros la vamos sabiendo mientras nos ponemos en posición de ampliar dentro del Cuerpo de Cristo más relaciones con nuestros hermanos". En medio de una cultura ya tan basada en el amor familiar, la Iglesia mexicana se encuentra en y se expresa por esta íntima interacción y mutuo intercambio diario de la gente. Tanto es así que el mandato de "amar al prójimo" para este pueblo parece ser una extensión natural del instinto inherente de amar a los hermanos biológicos. El Padre Tomás repite a menudo que el objetivo de Misión Sin Fronteras no es tanto ayudar a los mexicanos, más bien es aprender de ellos otra manera de vivir la fe católica, para los visitantes de la misión puedan educarse a ellos mismos, y después llevar el aprendizaje a Colorado.

Para mí, el mensaje que más destaca y más penetra ofrecido por la gente católica de Hermosillo, ha sido el de la fuerte realidad de la humanidad de Cristo. Sin echar a un lado su reverencia genuina por un Dios divino y majestuoso -que se muestra en su piedad sobre todo-, nuestros hermanos sonorenses me han demostrado que el punto de verdadero contacto con Cristo en esta vida se encuentra en el toque de su humanidad con la nuestra. Es decir que vivir la fe significa dirigir con cariño nuestra atención al ser humano, nuestro cuidado al prójimo. "Parece que no importa con qué esté preocupado alguien, al momento de que te le acercas para hablar, te atiende como si fueras tú la persona más importante del mundo", comenta Sue Gomez, misionera de Brighton, CO.

Tal hospitalidad es para el mexicano, sólo una forma de expresar su afecto por el vecino. Una de las experiences más conmovedoras para mí durante el verano tomó lugar después de una misa en Santa Zita. Diego, un hombre de unos 40 años, que está en silla de ruedas, empezó a irse para su casa cuando otro compañero se acercó hacia él en bicicleta. Sin que Diego lo esperara, su compañero agarró la silla y la empezó a jalar, una mano en la silla y otra en los cuernos. Tal acción no es nada extraordinario para los que viven aquí. Es parte del ambiente natural que han fabricado durante siglos de poner en práctica humana el amor divino que encuentran en Cristo. "Acérquense, pues, al Señor, la piedra viva. Dios hará de Uds., como de piedras vivas, un templo espiritual" (1Pro. 2,4-5). En un vecindario sin basílicas maravillosas, ni reuniones teólogicas sofísticadas, la gente mexicana ha construido un edificio humano, y de hecho, santo, en el cual los fieles aman a Jesús en el ser de cada uno. Y en un terreno donde el calor oprime el crecimiento de la naturaleza, hay una Iglesia que florece de vida resplandeciente.


Publicación en español de la
Arquidiócesis de Denver

E-mail: elpueblo@archden.org
Editora:
Rosanna Goñi
Director General: Gregorio Kail