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Con temperaturas
que alcanzan algunos días hasta los cincuenta grados, lo
primero que uno nota al llegar a Hermosillo, Sonora es el calor.
Incluso te cuentan con una sonrisa que este desierto sufre de un
sol aún más fuerte en agosto. Y por supuesto les preguntan
a los extranjeros si están acostumbrados a un calor así,
y todo el mundo te dice, "¿Cómo te ha ido con el
calor?" Calor, calor. Pues, no obstante el inevitable tema,
desde que llegué aquí a la misión arquidiocesana
el primero de junio, no ha sido el calor del sol sino el del pueblo
de Dios lo que más me ha llamado la atención.
El clima que
ha hecho secarse hasta los arroyos más turbulentos, no ha
podido marchitar la fe ni la ternura de los hermosillenses. La belleza
de la gente mexicana que yo había ya conocido hace años
fue lo que me conmovió a pedirle a la diócesis que
me mandaran aquí por el verano para que conociera más
auténticamente la humildad y el heroísmo brotantes
de esta cultura.
Otro seminarista,
José Sáenz, y yo venimos a pasar dos meses con la
Misión Sin Fronteras, establecida por las dioceses
de Denver, Colorado Springs y Pueblo, como nuestro trabajo veranil.
Ha sido para nosotros más una enseñanza que un trabajo.
Reconociendo lo tanto que la comundiad hermosillense tiene que ofrecer
a la más amplia Iglesia, el Padre Tomás McCormick
-sacerdote encargado de la misión-, nos dijo cuando llegamos:
"No estamos aquí para enseñar sino para aprender
de la gente de Hermosillo. Ellos nos van a mostrar qué quiere
decir vivir la fe". Esto es precisamente lo que están
haciendo. Aquí el equipo misionero, el Padre Tomás
más tres misioneras laicas, trabaja para la parroquia llamada
Santa Zita situada en los marginales de la ciudad, y pasan la mayoría
de su tiempo en ocho de los casi veinticinco centros.
Los centros
son en realidad pequeños campos llanos, algunos que poseen
una choza hecha de cartón y estaño, ubicados en las
calles no pavimentadas que corren por los vecindarios pobres rodeando
dicha parroquia. Es aquí donde los hermanos y hermanas mexicanos
se congregan para "oír la misa", asistir
a cursos catequéticos o celebrar el sacramento de la reconciliación.
Es aquí donde yo he podido observar a través de la
gente una expresión rica e incomporable del Cuerpo de Cristo.
Pues para la Iglesia de Hermosillo el enfoque no se pone en la apariencia
física del templo, sino en la sinceridad con que las personas
se ayudan, se apoyan y se aman.
"Fíjate
que en este país", dijo Miguel Angel, un Evangelizador
a tiempo completo, "la gente por muchos años no ha
tenido sacerdotes. Así que han tenido que mantener su fe
dependiendo de ellos mismos". Resulta que los fieles de
estos centros demuestran una unidad humana y cristiana que es expresión
cumbre del Evangelio. Es una unidad que, quizás instigada
por la necesidad humana de sobrevivir, se ha fluído, no obstatne,
del vinculo íntimo que tienen ellos con el Espíritu
Santo. Por medio de la unánime dependencia del Señor
y la mutua dependencia de unos a otros, la Iglesia de Hermosillo
ha crecido como familia verdadera.
"¿Cómo
sabemos nosotros la Buena Nueva de Jesucristo?", comenta
Francisco, catequista para la parroquia Santa Zita. "Por
conocer a más gente y desarrollar más relaciones humanas.
Nosotros la vamos sabiendo mientras nos ponemos en posición
de ampliar dentro del Cuerpo de Cristo más relaciones con
nuestros hermanos". En medio de una cultura ya tan basada
en el amor familiar, la Iglesia mexicana se encuentra en y se expresa
por esta íntima interacción y mutuo intercambio diario
de la gente. Tanto es así que el mandato de "amar
al prójimo" para este pueblo parece ser una extensión
natural del instinto inherente de amar a los hermanos biológicos.
El Padre Tomás repite a menudo que el objetivo de Misión
Sin Fronteras no es tanto ayudar a los mexicanos, más bien
es aprender de ellos otra manera de vivir la fe católica,
para los visitantes de la misión puedan educarse a ellos
mismos, y después llevar el aprendizaje a Colorado.
Para mí,
el mensaje que más destaca y más penetra ofrecido
por la gente católica de Hermosillo, ha sido el de la fuerte
realidad de la humanidad de Cristo. Sin echar a un lado su reverencia
genuina por un Dios divino y majestuoso -que se muestra en su piedad
sobre todo-, nuestros hermanos sonorenses me han demostrado que
el punto de verdadero contacto con Cristo en esta vida se encuentra
en el toque de su humanidad con la nuestra. Es decir que vivir la
fe significa dirigir con cariño nuestra atención al
ser humano, nuestro cuidado al prójimo. "Parece que
no importa con qué esté preocupado alguien, al momento
de que te le acercas para hablar, te atiende como si fueras tú
la persona más importante del mundo", comenta Sue
Gomez, misionera de Brighton, CO.
Tal hospitalidad
es para el mexicano, sólo una forma de expresar su afecto
por el vecino. Una de las experiences más conmovedoras para
mí durante el verano tomó lugar después de
una misa en Santa Zita. Diego, un hombre de unos 40 años,
que está en silla de ruedas, empezó a irse para su
casa cuando otro compañero se acercó hacia él
en bicicleta. Sin que Diego lo esperara, su compañero agarró
la silla y la empezó a jalar, una mano en la silla y otra
en los cuernos. Tal acción no es nada extraordinario para
los que viven aquí. Es parte del ambiente natural que han
fabricado durante siglos de poner en práctica humana el amor
divino que encuentran en Cristo. "Acérquense, pues,
al Señor, la piedra viva. Dios hará de Uds., como
de piedras vivas, un templo espiritual" (1Pro. 2,4-5).
En un vecindario sin basílicas maravillosas, ni reuniones
teólogicas sofísticadas, la gente mexicana ha construido
un edificio humano, y de hecho, santo, en el cual los fieles aman
a Jesús en el ser de cada uno. Y en un terreno donde el calor
oprime el crecimiento de la naturaleza, hay una Iglesia que florece
de vida resplandeciente.
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