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Cuando la economía
flaquea, comercios y gobierno al unísono buscan crear incentivos
para
revitalizarla.
Y así nos hablan de bajos intereses que no se pueden dejar
escapar, de oportunidades especiales de financiación, etc.
Todos los días recibo un bombardeo de cartas que me ofrecen
fantásticas condiciones para refinanciar mi casa.
Meditando sobre
el significado de la Cuaresma en la que apenas nos adentramos, se
me ocurrió que la Iglesia nos ofrece también una oportunidad
excepcional de reconciliación con Dios y con los hermanos
que no podemos, no debemos, dejar escapar. Entramos en un periodo
importantísimo en la vida de la Iglesia. Pero, como todo,
se convierte en puro ritualismo si no se vive el significado profundo
de este tiempo tanto en su dimensión personal como comunitaria.
Para descubrir
este siginificado debemos volver primero que todo a los orígenes,
a las raíces. Según algunos autores, ya desde finales
del siglo II exite en la Iglesia un periodo de preparación
para la Pascua, o al menos discusiones sobre un tiempo de ayuno
en preparación para esta fiesta. Pero a partir del siglo
IV ya se encuentran escritos en Oriente que hablan específicamente
de un tiempo prepascual destinado a una preparación espiritual
al gran misterio Pascual.
De estos escritos
se deducen tres directrices espirituales en tiempo de cuaresma:
primero, una preparación para la fiesta de la Pascua, que
con el tiempo fue adquiriendo, cada vez más un sentido penitencial;
segundo, era una preparación al bautismo, en la que los adultos
que querían ser admitidos en la Iglesia se preparaban mediante
ayunos y oraciones para el día en que por el bautismo renunciarían
voluntaria y conscientemente a Satanás, al pecado y al mundo;
finalmente, este tiempo también servía como penitencia
para los pecadores públicos, quienes eran excluídos
de la Eucaristía y mediante oraciones instrucciones y ayunos,
se preparaban para la reconciliación que recibían
el jueves santo. Era a ellos a quienes se les recordaba, con la
imposición de la ceniza, al comienzo de la cuaresma, que
el fruto del pecado es la muerte y que sólo Cristo nos puede
salvar. En el año 1001, en el Sínodo de Benevento,
el Papa Urbano II, extiende la costumbre de la imposición
de la ceniza a todos los fieles de la Iglesia, incluídos
los clérigos. Desde entonces Cuaresma comienza para todos
con este gesto austero que nos invita a la conversión.
Conversión,
esta es la palabra clave del tiempo cuaresmal. Conversion espiritual
y conversión moral. Conversión personal y conversión
comunitaria. Profundicemos un poco más en el significado
de la conversión. García Ibarra en su libro APara
vivir la liturgia@ habla de la metanoia, Aconversión
propia del tiempo de cuaresma como una forma de asociarse y vivir
en plenitud la obra de la redención que reconcilia a los
hombres entre sí y con Dios@.
El mensaje
fundamental de las liturgias de cuaresma es que la existencia cristiana
es una vida de relación interpersonal entre Dios y el hombre,
que se desarrolla en el contexto de la alianza consagrada por Cristo.
Esta alianza supone la superación constante del pecado, y
por eso, continua el mismo autor Ala conversión como actitud
personal y comunitaria hacia Dios y a los hermanos es la auténtica
vocación del cristiano@ El itinerario penitencial de cuaresma,
pues, conduce a una transformación radical del hombre. Convertirse
significa reconocer sobre todo el reinado de Dios. Y para ello hace
falta un encuentro personal con El. Enfrentados al misterio de la
persona de Cristo y el reinado que el anuncia, no cabe la indiferencia.
Es necesario decidirse y sólo dos opciones son posibles:
la aceptación incondicional y entusiasta para el que camina
en la fe, o el rechazo radical por el que se deje guiar por la lógica
mundana.
Pero esa transformación
del corazón y del espíritu no puede ser fruto del
simple esfuerzo humano, sino la consecuencia de una intervención
creadora del Espíritu divino. La conversión es, pues,
un don de Dios. Don que exige una respuesta generosa y pronta del
hombre, un esfuerzo por liberarse de la mentalidad del mundo para
actuar según el espíritu del evangelio.
Y todo esto
exige un largo y trabajoso esfuerzo de purificación interior.
Por eso los temas más recurrentes de la liturgia, que nos
ayudan a recorrer ese itinerario a través del cual somos
conducidos de la muerte a la vida, son: ayuno, mortificación,
abstinencia, moderación de los deseos desordenados, oración,obras
de caridad. Un recorrido que supone la superación del egoísmo
y la búsqueda de la justicia.
La conversión
tiene una dimensión también comunitaria. Con su muerte
y resurrección, Cristo no sólo restablece la relación
del hombre con el Padre, sino que reconcilia a los hombres entre
sí. La comunidad cristiana es a la vez signo e instrumento
de la reconciliación del pecador con Dios. Convertirse es
decidirse en favor de la comunidad en cuanto que en ella se nos
da la salvación, mediante la escucha de la Palabra y la acción
sacramental. Pero la condición fundamantal es la del perdón
de los hermanos. Citando de nuevo a García Ibarra ALa reconciliación
con el Padre pasa a través de la reconciliación de
nuestro prójimo, porque este es el verdadero sacrificio grato
a Dios.@
Por otro lado
la conversión cristiana está siempre centrada en Cristo.
Él es el punto de referencia de la reconciliación
con Dios. Jesús Castellano, en su compendio AEl Año
Litúrgico@ nos dice que la Cuaresma celebra el misterio de
Cristo en la vida de la Iglesia. Por tanto, en una prespectiva cristológica
y cristocéntrica, la Cuaresma nos presenta a Cristo como
el protagonista, el modelo y el maestro.
Jesús
es el protagonista de los evangelios dominicales de Cuaresma. El
se retira al desierto a orar, se transfigura en la montaña,
encuentra a la samaritana y la salva, le presentan al ciego de nacimiento
y lo cura, llora la muerte de su amigo Lázaro y lo resucita.
Es el dueño de la historia y avanza hacia el sacrificio de
la Pascua sembrando la salvación.
Jesús
es el modelo. El tiempo de Cuaresma y su duración simbólica
de cuarenta días tienen su modelo en Cristo, que se retira
al desierto para orar y ayunar, que combate y vence al diablo con
la palabra de Dios. Es emblemático que el evangelio del primer
domingo de Cuaresma en los tres ciclos ponga de relieve esta ejemplaridad.
Y Jesús
es el maestro. En la distribución de todas las lecturas de
Cuaresma durante la semana, la Iglesia busca orientar a toda la
comunidad a la escucha de Cristo como maestro en los temas fundamentales
de la vida cristiana, especialmente en las exigencias del seguimiento
y del discipulado.
La Cuaresma
invita a todos los cristianos a revivir con intensidad su dimensión
de bautizados, a recorrer un camino de fe más consciente,
mediante una escucha más asidua de la palabra y una oración
más intensa.
El evangelio
del miércoles de ceniza ACuando hagáis limosna ...
Cuando oréis... Cuando ayunéis...@ (Mt 6, 2.5.16)
pone de relieve las tres prácticas que los Padres de la Iglesia
han ensalzado a lo largo de los siglos como expresión característica
de la conversión cristiana. En palabras de san Pedro Crisólogo:
ATres son hermanos , los resortes que hacen que la fe se mantenga
firme, la devoción sea constante y la virtud permanente.
Estos tres son la oración el ayuno y la misericordia. Porque
la oración llama, el ayuno intercede y la misericodia recibe.@
Así pues , la oración nos devuelve la comunión
con Dios; la limosna y la caridad nos reconcilian con los hermanos;
y el ayuno, en cuanto dominio de sí lucha contra las pasiones
y, por la adquisición de una libertad espiritual, nos reconcilia
con nosotros mismos.
En definitiva,
afirma Castellano, Aconvertirse es dejarse mirar y salvar por Cristo@.
Las condiciones
del contrato cuaresmal no son fáciles. Pero la ganancia de
entrar en él es mayor que cualquier tesoro, mansión,
o carro lujoso. Es vivir en la libertad del que se sabe amado por
Dios, del que se siente libre de las ataduras de este mundo, es
el Cielo.
Siguiendo la
frase de moda actual, no deje pasar esta Acreible@ oportunidad.
Nota del
autor: las ideas e información para este artículo
han sido sacadas principalmente de dos fuentes: El Año
Litúrgico, de Jesús Castellano y Para Vivir
la Liturgia de José de Jesús García Ibarra.
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