¿Esconderá usted sus talentos o los hará fructificar?
Por Mar Muñoz-Visoso
Todos estamos familiarizados con aquella parábola de Jesús en la que el dueño de una hacienda reparte una serie de talentos a tres de sus empleados y les encarga que cuiden de su negocio y lo hagan prosperar durante su ausencia. A su regreso les pide cuentas de su labor. El primero y el segundo, aunque con diferente responsabilidad, ambos multiplicaron sus talentos. Y el dueño, contento de su afán, los recompensa por su buen trabajo. El tercero, con pocas ganas de trabajar y menos afecto todavía hacia su patrón, esconde el talento para devolvérselo a su regreso. El dueño, enojado, le quita lo poco que le había encomendado a ese empleado perezoso, pues no sólo no cumplió con su trabajo sino que además ni siquiera se molestó en depositarlo en el banco para que al menos le produjera interés a su patrón. No sólo eso. El patrón, se lo da, o mejor se lo encomienda, al que más tiene.
Hoy le invito a reflexionar sobre cuál de esos empleados se considera usted con respecto a los talentos que Dios le ha dado. Y conociendo el final de la historia, ¿qué podemos hacer para que en el día del juicio final el dueño no nos encuentre como al tercero de sus empleados?
En primer lugar uno ha de conocer, y aprender a reconocer, sus talentos. A veces los tenemos tan escondidos que ni siquiera nosotros sabemos verlos. A veces hace falta que las circunstancias nos obliguen a sacarlos o que alguien nos descubra lo que ve en nosotros. Otras veces, la mayoría, implica un simple sí con confianza en el Señor, un fiat como el de la Virgen María, para aceptar los retos que se nos presentan, aunque uno no entienda del todo los detalles todavía ni las implicaciones profundas de ese sí. Aquel viejo dicho de la sabiduría popular nos dice que “Dios aprieta pero no ahoga”, y por tanto no nos va a pedir nada que no nos haya proporcionado. Al mismo tiempo, el Evangelio nos dice que a quién mucho se le ha dado mucho se le pedirá. Y concluye esta parábola con una advertencia: al que no produce fruto, hasta lo poco que se le ha encomendado se le quitará, porque quien no es fiel en lo poco tampoco lo será en lo mucho.
Al principio esta parábola sorprende, ¿cómo puede un Dios justo quitarle al que no tiene para darle al que más tiene? Pero inmediatamente con sólo examinar la historia con un poco de detalle, uno se da cuenta que Jesús no está hablando de cosas materiales. En realidad ésta es una parábola acerca de la responsabilidad. Uno no puede dejar de pensar en la ironía de que la recompensa para el que mayor responsabilidad se le encomendó sea mayor responsabilidad todavía. Pero tiene mucho sentido cuando uno ve en ello la confianza que el dueño de la mies le tiene, y la promesa de un lugar entre los benditos de su Padre.
Así pues aceptemos con alegría y confianza las tareas que nos han sido encomendadas, sabiendo que no son nuestras, ni para nosotros. Si se nos ha encomendado mucho o poco no es decisión nuestra. Uno no elige los dones o talentos que Dios le da, precisamente por eso, porque son un don al servicio de un plan que nos transciende a cada uno como personas. Es tarea nuestra aceptar las responsabilidades e identificar las herramientas que Dios me ha dado para realizarlas.
Comience por su familia, la iglesia doméstica. ¿Cómo puedo ser un mejor padre o madre de familia? ¿Cómo puedo involucrarme más en la educación de los hijos? ¿Cómo puedo proveer por el bien de los míos sin despilfarrar en vicios o satisfacciones egoístas? De nuevo, hágalo sin envidiar al vecino, sino mirando las cualidades que usted tiene para realizar esto.
Siga por su parroquia. Que hacen falta catequistas, ¿a qué está esperando? Que hay una posición abierta en el consejo parroquial, preséntese. Que no sirve para eso, pues sea el rostro amable que acomoda a las gentes, o el humilde barrendero que limpia el templo o el ayudante de cocinero en los retiros. Queremos que nuestras parroquias sean participativas, pero nos ofrecen la oportunidad y no estamos para más responsabilidades... Eso sí, estamos muy al tanto de todo lo que pasa y somos prontos para criticar todo lo que no se hace y cómo se hace lo que se hace. Le recuerdo que nuestra tarea es hacer fructificar nuestros talentos personales no criticar desde la ventana los del vecino.
Y ya que estamos, pues barreré un poco para casa. Que todavía tiene tiempo y talentos, o que es tiempo de dar paso a otros en las responsabilidades parroquiales: ¡El Centro San Juan Diego lo necesita! La mies es mucha y los obreros pocos.
Feliz Año Nuevo a toda la gente talentosa y generosa. ¿Y a los que no tienen talentos? Que se miren por dentro otra vez con un poco más de detalle. Yo todavía no he conocido a ninguna persona sin talentos. ¿Será porque todos estamos hechos a imagen y semejanza del Creador? .
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