Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver • Enero 2004

Año nuevo… también en los corazones

Exmo. Monseñor José H. Gomez, S.T.D.

Con ocasión del año que acabamos de comenzar, el 2004, hemos dado y recibido saludos de “un feliz año” o hemos escuchado más de una vez la expresión “año nuevo, vida nueva”.

La verdad es que la mayoría de buenos augurios no suelen hacerse realidad, y las cosas en el mundo, a pesar de los deseos de un “nuevo año de paz y prosperidad”, no cambian por sí mismas.

La esperanza, sin embargo, no se pierde. Y nosotros, los cristianos, debemos ser los primeros en promover esta virtud.

Aunque para los católicos el año litúrgico comenzó a principios de diciembre, con el tiempo de Adviento, celebrar el año nuevo debe ser también una conmemoración cristiana.

Recordemos que los años que transcurren los contamos a partir del nacimiento del Señor Jesús; y el año cuyo comienzo hemos celebrado hace poco es el 2004 después de Cristo. Cristo pues, ha marcado para siempre la historia de la humanidad, y es bueno recordarlo al comienzo de cada año.

El fin de una etapa y el comienzo de otra es siempre para el cristiano una ocasión para evaluarse y para mejorar. Y si bien no está a nuestro alcance lograr que este año sea uno de paz y prosperidad para todo el mundo; sí está a nuestro alcance que sea un año en el que aumente nuestra oración por la paz del mundo y para buscar la paz para cada uno de nosotros y los que nos rodean, así como un año de crecimiento espiritual y humano.

Muchas organizaciones, en efecto, aprovechan el principio del año para animar a sus trabajadores a considerar sus virtudes y limitaciones, para ver en qué pueden mejorar al comenzar el año.

También el mundo de la estética piensa de la misma manera: el número de personas que a principio de año ingresan a un local de entrenamiento físico o inician un programa para adelgazar sólo es superado por quienes lo hacen al principio del verano, cuando el exceso de peso se hace más evidente.

Si el deseo de hacer dinero y el deseo de verse bien -a veces hasta la vanidad- son capaces de despertar en las personas resoluciones concretas y cambios en su forma de vida, ¿no debería la vida cristiana, el deseo de seguir a Jesucristo, despertar resoluciones todavía más concretas y firmes?

San Francisco Javier, ese gran evangelizador de la India y el Japón, se lamentaba cómo los mercaderes habían logrado dominar algo de la lengua de hindúes y japoneses, motivados por el deseo de hacer negocio; mientras casi no habían misioneros capaces de hablar esas lenguas para predicar a Jesucristo.

San Francisco Javier se preguntaba: ¿Es que acaso el deseo de ganar bienes perecederos es capaz de mover los corazones humanos más que el deseo de anunciar al Señor?

Todos, de una forma u otra, hacemos propósitos y nos proponemos metas al comenzar el año. Tendríamos que preguntarnos si entre esas metas no sólo se incluyen, sino que tienen un lugar preferente, aquellas que tiene que ver con nuestro mejoramiento espiritual y moral.

Son muchas las cosas que podemos mejorar en nuestra vida: ser más pacientes y bondadosos con nuestros familiares y amigos, ser más exigentes con nuestros deberes cotidianos, más cumplidos y esmerados con la participación en la Misa y la recepción de los sacramentos, más atentos y amables con las personas que nos rodean, más conciente y cuidadoso con los gastos, más cooperador con mi comunidad parroquial, etc.

El año nuevo, en síntesis, nos recuerda que Dios nos ha dado un don muy valioso: el tiempo de vida, y que éste es un don que no podemos dejar que transcurra sin fruto. Que Dios Nuestro Señor y la Virgen Santísima nos concedan un 2004 lleno de bendiciones y de propósitos hechos realidad en nuestra vida.



 
 

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