Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver • Enero 2004

2004: otra vez un nuevo inicio y una conclusión

En el ajetreado siglo XX han habido grandes pensadores que han querido advertir el peligro de no perder lo esencial, aquello que es permanente en medio del agitarse del tiempo, el cual parece correr cada vez con mayor velocidad. En 1954 Romano Guardini escribía un pequeño tratado intitulado: “Navidad y Año Nuevo, pensamientos para clarificar”.

A propósito del mes de enero, del inicio de un nuevo año resulta necesario “hacer un alto en el camino” para que no sea el tiempo el que nos lleve sino más bien, ser nosotros quienes lo “tomamos por las riendas”. Decía Guardini: “Yo no sé dónde tú, mi lector desconocido, encuentras el sentido último de tu vida. Si tú, y en verdad es lo decisivo, crees en Dios o no. En el Dios de quien se dice que es el Principio y el Fin, de quien todo viene y al cual todo va y que domina sobre todo. No sé qué es lo que tú piensas acerca de esto, y ni siquiera te quiero ofrecer una convicción. Sin embargo, en cada uno sí se puede ciertamente presuponer una cosa: que se es capaz, más allá del momento en el que un año termina y otro inicia, no sólo de arrastrarse fuera del ruido y el desorden, sino también de detenerse a reflexionar (...)”

Nos parecía que la llegada del 2000 se hacía esperar y ahora, mirando retrospectivamente sólo nos resta decir: “¡Cuánta agua ha pasado debajo del puente!”. El mundo no deja de girar y mientras tanto el tiempo pasa inexorablemente. Otra vez la fiesta Natalicia y el Año Nuevo se han presentado. Extrañamente –aunque quizás no tanto-, suele suceder que en muchos, al lado de la alegría que festeja en ambiente de familia y de amistad se filtra un sentimiento de nostalgia.

Guardini, advirtiendo que a veces las verdades más simples son las más olvidadas, habla que estas fiestas nos recuerdan en el fondo que todo tiene un inicio y un final. Y tanto uno como otro, nos devuelve a la responsabilidad sobre nuestra vida. El inicio supone una fuerza renovada y una conciencia de dirección, el final nos recuerda que no sólo pedirá que nos presentemos con “las manos limpias, sino también llenas”.

No obstante, el apuro por vivir nos hace olvidar la profundidad de cada instante. Es inevitable ver como el joven de hoy prefiere un fast food a uno de aquellos almuerzos italianos en donde los argumentos van y vienen al ritmo de los infinitos platos que se van sirviendo. Más allá del ejemplo, el momento vive el desafío de cómo pasarlo lo más rápido posible para seguir con la siguiente experiencia, en vez de saborearlo en toda su dimensión.

Se vive equivocadamente si se piensa al estilo griego: la historia es un como círculo contínuo donde todo se vuelve a repetir. ¿Quién podría dar vueltas sobre el eje del carro cuándo sale de casa? ¡Sería una locura! Es un hecho muy humano decir que necesitamos una direccionalidad para cada una de nuestras acciones y decisiones. Sin embargo, es común caer en la tentación griega: “hoy es un día como todos”, “otro nuevo año: lo mismo de siempre, la rutina”. Es cierto que, por un lado, en el día a día, hay una continuidad que sería mejor llamarla progresividad: las amistades continúan, el trabajo, las propias facultades personales, los intereses que se desarrollan. Pero en medio de la progresividad de las cosas que ya nos son familiares, Guardini invita a saber descubrir la novedad de cada día. Pero, atención con pensar que novedad es cambio radical, lo inusual, lo que causa emociones diversas. La novedad inicia cuando se descubre, en medio del cotidiano, la inagotable riqueza de la realidad que nos rodea y aquella interna que llevamos en nuestro espíritu. No es el estímulo externo el que nos va dando forma, somos nosotros que desde un estímulo interno, co-creador, damos forma al universo que Dios, desde su Plan de Amor, nos ha otorgado a cada uno. Sólo así, la vida que se inicia cada año, cada día es un nuevo inicio que da lugar a la vida; y siguiendo esta lógica, el sueño sería el encargado de reponernos del esfuerzo y darnos, luego del descanso, una nueva oportunidad.

Pero, si recordamos el inicio, tenemos que detenernos en el recuerdo del final. Quizás por eso, pueda ser una tentación evadirlo. La inconsciencia del inicio no es sólo no querer comprometerse con lo que viene sino también con su propia conclusión que pide un cumplimiento. El arte de morir incluye no defenderse, ni siquiera resignarse. Significa comprenderla como aquello que da plenitud: cosa que no es posible sin la fe en el Dios Vivo.

“Los días, los meses, los años se suceden según un ritmo cósmico, en el que la mente humana reconoce la impronta de la divina Sabiduría creadora", observa el Papa y afirma: “Cristo es el centro de la historia y del cosmos; es el nuevo Sol aparecido en el mundo surgiendo de lo alto, un sol que orienta todo al fin último de la histori”.

Decía hace poco el Arzobispo de Ciudad de México, Cardenal Norberto Rivera, que no es nada difícil, ante la situación en la que vivimos, caer en el pesimismo. Pero ante esta tentación, el Año Nuevo debe ser una oportunidad para renovar nuestras esperanzas. El temor del porvenir sólo porta la inacción, hay que saber esperar. “Esta energía del nuevo iniciar es aquello que sólo puede abrir paso a la vida”.

 
 

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