¿Una
Navidad más?
Exmo. Monseñor
José H. Gomez, S.T.D.
Hemos entrado
en la época del año que muchos llaman de las
fiestas porque incluye varias festividades sucesivas, que
comenzaron con el feriado de Acción de Gracias (Thanksgiving)
y que para nosotros los hispanos incluye la Inmaculada Concepción
el 8 de Diciembre, San Juan Diego el 9, Nuestra Señora de
Guadalupe el 12, la Navidad el 24-25 y finalmente el Año
Nuevo, que coincide con la fiesta de Santa María Madre de
Dios el 1 de enero.
Para muchos
de nosotros esta es una época de más trabajo: los
sacerdotes tenemos misas y tareas pastorales que se multiplican,
y la mayoría de los hispanos ven que el trabajo aumenta por
la necesidad de atender a una mayor cantidad de clientes o para
cubrir los gastos que estas fiestas implican.
Además
están las expectativas de reunirse con familiares que no
solemos ver, o hacer visitas a personas queridas que esperan nuestra
presencia.
Si a ello le
sumamos la presión consumista, que busca convertir esta fiesta
en una ocasión
para llegar
a nuestros bolsillos, es fácil suponer lo difícil
que es conservar el verdadero sentido de este tiempo, especialmente
de la Navidad que se aproxima.
Un cómico
decía alguna vez que la Navidad es esa fiesta familiar
que se espera con ansiedad, se pasa con incomodidad y se recuerda
con nostalgia. No sé porqué lo diría
un cómico, porque la frase tiene mucho de cierto y muy poco
de chistoso.
Si nuestra
Navidad es así, entonces, como católicos, tenemos
que reconocer que algo importante tiene que cambiar en nuestras
vidas.
La Navidad
es, junto con la Pascua de Resurrección, la fiesta más
importante del calendario cristiano. Con ella celebramos el amor
de Dios, que quiso hacerse no sólo hombre, sino frágil
niño, para salvarnos y mostrarnos el camino de la vida eterna.
En la Navidad, por tanto, celebramos el evento más importante
de la historia, tan importante, que los años de buena parte
de la humanidad se cuentan a partir del nacimiento del Señor
Jesús.
Lamentablemente,
en la cultura en la que nos encontramos, muchas cosas contribuyen
a olvidar el sentido de la fiesta que nos preparamos a celebrar.
Hemos mencionado la prisa y el consumismo. A ellas hay que sumar
la desaparición de los símbolos religiosos del ámbito
público: ¿Dónde están los nacimientos?
¿Dónde están las imágenes de la Virgen
en espera? ¿Dónde están los pesebres y los
reyes magos siguiendo la estrella?
La Navidad
ha perdido casi completamente su sentido, y cada vez más
se ha convertido en un feriado donde se come mucho,
se hacen regalos, se celebra una fiesta y nada más.
Los católicos
no podemos dejar que esto nos suceda. Si nos llamamos cristianos
es gracias a que Cristo se hizo hombre, nació y vivió
entre nosotros. No podemos pues permitir que se nos arrebate el
sentido de la Navidad.
Nuestra respuesta
debe ser, ante todo, la oración. Recemos y mucho, para pedirle
a Dios, a través de Santa María de Guadalupe, que
nos dé paciencia, calma, armonía interior, y así
no nos dejemos arrastrar por las actividades, el consumismo y las
ansiedades propias de estas fiestas.
Pero también
actuemos: hagamos que esta Navidad sea una ocasión para que
nuestros familiares y amigos vuelvan a Dios por medio de nuestras
palabras y nuestro buen ejemplo. Que nuestro hogar sea sereno y
amable como un pesebre donde Jesús, María y José
encuentren refugio. Que sea también una ocasión para
ayudar y hacer caridad con aquellos más pobres y necesitados
que nosotros.
Ruego mucho
a nuestra Madre María de Guadalupe que nos permita comprender
que la Navidad ES Jesús. Que Dios los bendiga. ¡Feliz
Navidad en Jesús!
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