Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver • Diciembre 2003

¿Una Navidad más?

Exmo. Monseñor José H. Gomez, S.T.D.

Hemos entrado en la época del año que muchos llaman “de las fiestas” porque incluye varias festividades sucesivas, que comenzaron con el feriado de Acción de Gracias (“Thanksgiving”) y que para nosotros los hispanos incluye la Inmaculada Concepción el 8 de Diciembre, San Juan Diego el 9, Nuestra Señora de Guadalupe el 12, la Navidad el 24-25 y finalmente el Año Nuevo, que coincide con la fiesta de Santa María Madre de Dios el 1 de enero.

Para muchos de nosotros esta es una época de más trabajo: los sacerdotes tenemos misas y tareas pastorales que se multiplican, y la mayoría de los hispanos ven que el trabajo aumenta por la necesidad de atender a una mayor cantidad de clientes o para cubrir los gastos que estas fiestas implican.

Además están las expectativas de reunirse con familiares que no solemos ver, o hacer visitas a personas queridas que esperan nuestra presencia.

Si a ello le sumamos la presión consumista, que busca convertir esta fiesta en una ocasión

para llegar a nuestros bolsillos, es fácil suponer lo difícil que es conservar el verdadero sentido de este tiempo, especialmente de la Navidad que se aproxima.

Un cómico decía alguna vez que la Navidad “es esa fiesta familiar que se espera con ansiedad, se pasa con incomodidad y se recuerda con nostalgia”. No sé porqué lo diría un cómico, porque la frase tiene mucho de cierto y muy poco de chistoso.

Si nuestra Navidad es así, entonces, como católicos, tenemos que reconocer que algo importante tiene que cambiar en nuestras vidas.

La Navidad es, junto con la Pascua de Resurrección, la fiesta más importante del calendario cristiano. Con ella celebramos el amor de Dios, que quiso hacerse no sólo hombre, sino frágil niño, para salvarnos y mostrarnos el camino de la vida eterna. En la Navidad, por tanto, celebramos el evento más importante de la historia, tan importante, que los años de buena parte de la humanidad se cuentan a partir del nacimiento del Señor Jesús.

Lamentablemente, en la cultura en la que nos encontramos, muchas cosas contribuyen a olvidar el sentido de la fiesta que nos preparamos a celebrar. Hemos mencionado la prisa y el consumismo. A ellas hay que sumar la desaparición de los símbolos religiosos del ámbito público: ¿Dónde están los nacimientos? ¿Dónde están las imágenes de la Virgen en espera? ¿Dónde están los pesebres y los reyes magos siguiendo la estrella?

La Navidad ha perdido casi completamente su sentido, y cada vez más se ha convertido en un “feriado” donde se come mucho, se hacen regalos, se celebra una fiesta y nada más.

Los católicos no podemos dejar que esto nos suceda. Si nos llamamos “cristianos” es gracias a que Cristo se hizo hombre, nació y vivió entre nosotros. No podemos pues permitir que se nos arrebate el sentido de la Navidad.

Nuestra respuesta debe ser, ante todo, la oración. Recemos y mucho, para pedirle a Dios, a través de Santa María de Guadalupe, que nos dé paciencia, calma, armonía interior, y así no nos dejemos arrastrar por las actividades, el consumismo y las ansiedades propias de estas fiestas.

Pero también actuemos: hagamos que esta Navidad sea una ocasión para que nuestros familiares y amigos vuelvan a Dios por medio de nuestras palabras y nuestro buen ejemplo. Que nuestro hogar sea sereno y amable como un pesebre donde Jesús, María y José encuentren refugio. Que sea también una ocasión para ayudar y hacer caridad con aquellos más pobres y necesitados que nosotros.

Ruego mucho a nuestra Madre María de Guadalupe que nos permita comprender que la Navidad ES Jesús. Que Dios los bendiga. ¡Feliz Navidad en Jesús!


 
 

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