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Columnas de opinión: Padre Mendoza

El domingo: Día del Señor
Para Vivir la Liturgia

El domingo no es en modo alguno el séptimo día de nuestro tiempo, ea porción de tiempo que regularmente se nos permitía pasar en la ociosidad vacía, es una distracción profana e impía. El domingo pertenece exclusivamente al cristiano; es esencialmente el día de la semana que los fieles de Cristo dedican para vivir en toda su santidad. Es el día de quienes están muertos al pecado y viven para Dios. Es el día regio del pueblo de Dios, el día en que el pecado es vencido de nuevo y el sol de justicia nos envía sus rayos de resurrección y de paz.

La verdadera santificación del Domingo es, pues, un asunto de vida interior, y no se parece en nada a la observancia formalista del sábado judío. Los católicos santificamos nuestro sábado cristiano en nuestro corazón. Lo celebramos poniendo en armonía todo nuestro ser espiritual con la gracia Pascual.

El domingo nos recuerda, pues primero nuestra iniciación cristiana, nuestra iluminación bautismal. Nos invita a renovar en nosotros la conversión del corazón y la gracia del sacramento. La Iglesia Católica nos pide todos los domingos que caigamos en la cuenta celebremos con pureza de corazón el recuerdo de nuestro sagrado compromiso. Para el cristiano fiel a la gracia, la celebración del Domingo se convierte, cada semana, en una verdadera fiesta de Pascua. Espontáneamente renueva nuestra adhesión a Cristo, reaviva su contacto con la luz del octavo día y aspira con toda su alma el advenimiento escatológico del Señor glorioso. Consideramos todos los elementos que comprende, el día del Cristo es llamado el octavo porque es precisamente el último, el de la consumación de todas las cosas. “Yo estoy con Uds. hasta la consumación del mundo” (Mt. 28, 20), es decir, hasta que este mundo se acabe con la parusía eterna. El domingo es el símbolo de ese octavo día que no terminará más, recuerda la aurora del Cristo-sol y también anuncia su culmen. El pensamiento del último juicio entra, pues por una parte, en nuestra santificación del domingo. El domingo que nosotros celebramos en el tiempo no es todavía la revelación de la pura e indefectible luz del día del Señor. No es más que un misterio temporal, un preludio simbólico. Nos inicia ya en la vida y en las costumbres celestes, pero sin darnos todavía la posesión y el goce plenos y definitivos del cielo. La noche que cae no debe turbar nuestra alma que no se duerme, sino que contiúa esperando al Señor, manteniéndose en presencia de la muerte y frente al juicio. Puede esperar la contemplación del día sin ocaso, “tender a lo más profundo de los cielos y alcanar la corona de la vida”.

La santificación del domingo significa una conversión más y más profunda, más y más total. La vida profunda a cuyo contacto hemos vivido durante toda al semana laborable, deja caer sobre nuestra alma una infinidad de motas malsanas de polvo, de las cuales debemos purificarnos con ocasión del domingo, pues para vivir el domingo del corazón, debemos necesariamente tener una conciencia sin reproche y gozar de la vida interior. Es la Iglesia entera la que debe purificarse para celebrar el domingo, pues éste nos santifica en la medida en que nosotros le santificamos por la inocencia bautismal y pureza de corazón. Y en la medida en que participemos de la gracia pascual y dominical, que es nuestra resurrección espiritual, anticipamos el úlitmo día y el juicio.

El domingo realiza una discrimación entre los hombres. Los hay que serán tomados y los hay que serán dejados, porque los unos observan religiosamente el domingo y los otros profanan el santo día del Señor. El buen grano se separa ya del malo, y los ángeles de Dios empiezan su obra de segadores. Hay que estar presto el domingo para salir al encuentro del Señor, llevar la túnica blaca del testimonio, tener la lámpara encendida y bien provista de aceite, del aceite de la caridad. Esa actitud espiritual está en la base de toda verdadera santificación del domingo. Sin ella es imposible observar el espíritu del precepto dominical. Se podrá seguir la letra; un conformismo, mezclado de respeto humano, salvará las apariencias y evitará también la violación de una ley eclesiástica, pero no habrá domingo para el alma. Santificar el día del Señor es, algo que no se improvisa. No en vano preceden siempre al domingo el viernes y el sábado. Estos dos días deberán ser una preparación remota para el domingo, lo mismo que en el transcurso de la semana santa conducen de una manera orgánica al Domingo de Resurrección. Porque es evidente que el itinerario de la Pascua del Señor es siempre y en todas partes el prototipo de nuestra vida Pascual. La resurrección y la vida están siempre condicionadas por la muerte y por la victoria sobre el pecado. El sacramento de la penitencia nos ayuda a aplastar al hombre viejo, con todas sus inclinaciones al mal, a fin de liberar el hombre nuevo según Cristo.

“El verdadero sábado, es el día de la remisión de los pecados, el día en que uno se abstiene de pecar. Y el verdadero reposo sabático no es vivir en la ociosidad, sino renunciar a todo mal y tratar con Dios en la oración”.


Publicación en español de la
Arquidiócesis de Denver

E-mail: elpueblo@archden.org
Editora:
Rosanna Goñi
Director General: Gregorio Kail