Santa María, mediadora de todas las gracias
La Virgen María está presente en Pentecostés, atrayendo todos los dones del Espíritu sobre la Iglesia Naciente
Por Jorge Luna
En su reciente visita a nuestro país el Papa Benedicto XVI quiso recordarnos entre otras muchas cosas que alguien como María, sierva humilde y fiel del Señor, haya tenido bastante contacto durante su vida con el Espíritu Santo, es más, podríamos decir que toda su vida transcurre en presencia del Espíritu.
Desde el momento de la Anunciación-Encarnación cuando el Arcángel la llama “llena de gracia” (ver Lc 1,28) vemos como María ya tiene una relación con el Espíritu que es el que nos trae la gracia. Ciertamente no sabemos detalladamente como se da esta relación de María con el Espíritu, pero sabemos que Él ya descendió sobre Ella en el momento de la concepción del Salvador (Lc 1,35-37). Y también en el momento del nacimiento milagroso de Jesús. Aún más, el Espíritu está presente cuando María visita a su prima Isabel y también cuando en el templo se encuentra con el anciano Simeón. Todos estos detalles nos indican que María estaba abierta siempre al Espíritu y que aprendió a colaborar con Él dócilmente durante su vida. El Papa Pablo VI se refería a María como socia del Espíritu Santo en la obra de la salvación. Y es por eso que María es llamada nuestra Madre en el orden de la gracia, Ella por designio divino al concebir a Cristo, concibió al Cristo Total, a la cabeza y al cuerpo que es la Iglesia. En el Calvario, Ella nos da a luz y ahora desde el cielo Ella sigue velando por nuestro cuidado. Quien mejor que Ella para estar presente en el momento de Pentecostés. Al ver este ejemplo de nuestra Madre nos toca a nosotros preguntarnos cuán abiertos estamos a la vida de la gracia, y cuán abiertos estamos a dejar que el Espíritu Santo habite y actúe en nosotros. Y esa apertura implica el frecuentar los sacramentos, la oración constante y la puesta en práctica de nuestra fe.
María, centro de la
comunidad cristiana
Después del Calvario, María asume un rol protagónico en la comunidad cristiana. Su mismo Hijo el Señor Jesús le encarga que sea la Madre de los discípulos: “Mujer, he ahí a tu Hijo”. Ella que acompañó a su Hijo con fortaleza, ahora tiene que transmitir esa fortaleza a los que salieron asustados, corriendo, y por lo tanto no acompañaron a su Señor en los momentos más difíciles. Ella es la que ahora los alienta y los educa hacia la fidelidad plena, como la suya, esa fidelidad a prueba de todo. María es ahora el centro de la comunidad cristiana, en el sentido que todo en Ella apunta hacia su Hijo. Y el Señor nos pide que miremos a su Madre: “Hijo, he allí a tu Madre”. María está ansiosa de ayudarnos, de cuidarnos y acogernos, pero nosotros, obedeciendo a las palabras de Jesús tenemos que ir a buscarla y aceptarla como nuestra Madre, y dejar que nos eduque con docilidad.
Una de las características que más resalta en el episodio de Pentecostés es la Madre enseñando a los hijos a rezar. “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la Madre de Jesús, y sus hermanos” (Hechos 1,14). Ella que le enseñó a Jesús y que aprendió de Él. Ella, que toda su vida estuvo en sintonía con el Espíritu y con el Plan de Dios, ahora está con sus hijos enseñándoles a pedir al Padre el cumplimiento de las promesas del Señor de enviarles un Paráclito.
María pide por sus hijos y con sus hijos. Ella intercede por nosotros. Ella sabe lo que necesitamos y aboga por nosotros ante su Hijo. Porque por Ella, por su dócil cooperación nos vino la mayor gracia, Dios con nosotros. Así Dios ha querido que por su intercesión también nos vengan todas la gracias, por eso es que la llamamos mediadora. Y el pueblo cristiano ha entendido esta función de María desde muy temprano y lo ha expresado en la oración: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores”. Otro ejemplo muy claro es el de la oración de la “Salve” o del “Acuérdate”.
Santa María, guía de la Nueva Evangelización
Otro de los rasgos que descubrimos en el episodio de Pentecostés es la inseparable unión que existe entre la Madre del Señor y sus hermanos. María es Madre de la Iglesia y como Madre siempre está unida a Ella. Ella nos enseña a adoptar las correctas disposiciones para recibir al Espíritu de Dios, tal y como Ella lo hizo. Y Ella colabora con el Espíritu para llevarnos hacia su Hijo el Señor Jesús. S. Idelfonso en una impresionante oración, sorprendente por su doctrina y por su vigor suplicante dirá: “Te pido, te pido, oh Virgen Santa, obtener a Jesús por mediación del mismo Espíritu, por el que tú has engendrado a Jesús. Reciba mi alma a Jesús por obra del Espíritu, por el cual tu carne ha concebido al mismo Jesús (...). Que yo ame a Jesús en el mismo Espíritu, en el cual tú lo adoras como Señor y lo contemplas como Hijo”[1]. Es necesario saber discernir adecuadamente la acción del Espíritu en nuestras vidas, siempre teniendo como punto de referencia la Iglesia, porque la acción del Espíritu siempre se da dentro la Iglesia, nunca fuera. Por eso pidámosle a nuestra Madre que nos eduque a ser siempre fieles a nuestros pastores, obispos y sacerdotes que tienen la función de ayudarnos en ese discernimiento.
María, al igual que lo hizo en el Cenáculo continúa guiando a todos sus hijos, intercediendo y mediando por nosotros para que recibamos al Espíritu Santo y nos acerquemos a su Hijo en el aquí y ahora de nuestras vidas.
Prueba de ello son las innumerables iniciativas que vemos surgiendo en la Iglesia de grupos y movimientos inspirados por el Espíritu y con una profunda devoción a la Madre de Dios. Seamos pues dóciles al Espíritu y bajo la guía de María colaboremos para hacer de la Iglesia un verdadero fermento de la masa que es el mundo y con ardor y alegría seamos protagonistas de la Nueva Evangelización.
[1] De virginitate perpetua sanctae Mariae, cap. XII; PL 96, 106.
|