Los desafíos y aventuras de una buena mujer y madre (Parte I)
“La mejor herencia que un padre puede darle a sus hijos es la fe y la educación”, Silvia Curiel
Silvia Curiel-Torres es profesora de Ciencias en español en el North High School. Ella nació en México y hace ocho años se mudó a Denver con sus tres hijos: Josué, Ana Silvia y Dinorah. Su energía, su fe en Dios y el amor de madre le han permitido alcanzar grandes logros, no sólo para ella sino también para sus hijos. Hace unas semanas, Silvia fue reconocida por la ciudad de Denver por sus estrategias educativas y recibió un diploma, la Estrella de la Ciudad y un premio en donde es nombrada como “The Mile High Teacher”.
En esta edición, Silvia comparte su historia y las diferentes aventuras por las que pasó al venir a este país.
Por Silvia Curiel- Torres
Mi vida dio un giro de 360 grados cuando llegué a este país y ha sido una de las más desafiantes, estresantes pero maravillosas experiencias que mi familia y yo hemos compartido al haber tenido la oportunidad de venir a vivir a Colorado.
Mi aventura empezó más o menos en 1990, mi esposo era alcohólico y la situación familiar se ponía cada vez más difícil e inmanejable. Años más tarde por el bien de todos, me dediqué y entregué yo sola a mis hijos. A pesar de que conté con el apoyo de mi familia tuve que trabajar mucho para sacar adelante a mis pequeños. Tenía tres trabajos: 2 turnos como maestra y por las tardes como dentista, y a pesar de que era muy desgastante, era la única manera de poder mantener a mi familia. Con este ritmo de vida estuve por 7 años, hasta que me di cuenta que ya casi no pasaba tiempo en mi casa y que me había convertido en un proveedor. Decidí que esa situación no podía seguir así, fue entonces que busqué la posibilidad de un intercambio cultural.
Mi primer paso fue entrar a estudiar inglés y prepararme bien, sin embargo no fueron sólo mis esfuerzos los que me abrieron las puertas. Fue Dios quien me abrió el camino y me facilitó las cosas para que ese intercambio se pudiera dar y lo hizo poniéndome una estrella en mi camino: Lorenzo Trujillo. Él era el abogado y Director de Recursos Humanos del distrito escolar de Adams County y fue quien me entrevistó- al llegar a Denver, él y su esposa me ayudaron muchísimo y hasta hoy somos muy amigos.
Fui muy afortunada al ser una de las tres personas seleccionadas de una lista muy grande de profesores (aproximadamente 300 de diferentes estados de la Republica Mexicana). El 27 de Julio del 2000 llegué a Colorado con dos maletas, en una traía libros de Ciencias en español y en la otra mi ropa de trabajo. No sabía lo que el destino me tenía preparado, no conocía a nadie, no tenía familiares ni amigos aquí, pero sabía que tenía un trabajo y eso era suficiente para mí, lo demás llegaría con el tiempo. Semanas más tarde mi mamá traería a mis tres hijos. Cuando ellos llegaron yo tenía menos de lo indispensable que una familia puede tener para empezar, pero me sentía enormemente entusiasmada por empezar una nueva vida al lado de mis hijos en este país. Cuando llegamos aquí, mis hijos tenían 17, 13 y 9 años. Yo supe desde un principio que las cosas no serían fáciles pues dejábamos atrás a nuestra familia con la que habíamos estado toda la vida, amigos, casa, tradiciones y la cultura en donde crecimos. Sin embargo, siempre mantuve una actitud muy positiva ante cualquier circunstancia que se me presentaba, sabía que yo era el único soporte de mis hijos, y quería sacarlos adelante y lograr que fueran hombres y mujeres de bien con una carrera en sus manos para enfrentar el mundo tan competitivo que les está tocando vivir.
Siempre he pensado que los padres deben dejar a sus hijos su mejor herencia de la vida. Para mí la mejor herencia, es la fe y el estudio, por eso he hecho todo lo posible y hasta lo imposible por darles una buena educación en la medida de mis posibilidades.
La primera barrera que enfrentamos fue el idioma, la segunda fue el choque cultural, ver cosas que nunca habíamos visto, encontrar que lo que en mi país es prohibido aquí es permitido, y hasta protegido por la ley. Tomar conciencia que como familia inmigrante nuestros derechos estaban sumamente reducidos y que no teníamos las mismas libertades y garantías que teníamos en nuestro país natal. Aun así, decidí quedarme porque sabía que si mis hijos aprovechaban las cosas positivas y valiosas de la cultura Americana, ellos crecerían y se fortalecerían mucho para lograr sus objetivos.
Inscribí a mis hijos en la escuela, cada uno tenía que ir a una diferente. Al principio, ellos no fueron bien recibidos por los profesores americanos. Para mis dos hijos mayores las palabras con las que les dio la bienvenida un profesor fueron estas: “another Mexican” “otro mexicano, ya no tengo sitio en mi clase para ti”. Mis hijos y yo tocamos muchas puertas, algunas se abrieron, otras no. Cada vez que mis hijos me contaban las situaciones humillantes y difíciles por las que pasaban, sentía una puñalada en mi corazón y hubiese querido ir a hablar con las personas directamente y decirles cuan valiosos y diferentes eran mis hijos, que ellos tenían derecho a una oportunidad. Sin embargo, no era la forma de resolver la situación, cuando ellos llegaban a casa deprimidos por un mal día, siempre les daba confianza y seguridad y diciéndoles que la única manera de ganarse un lugar en un país ajeno, cualquiera que éste sea, era con trabajo, responsabilidad y buen comportamiento. Les hice ver que ellos tenían esas cualidades y que lo único que necesitaban hacer era demostrarlas. También siempre les hice hincapié en sus virtudes y sus valores. A cada momento les resaltaba sus habilidades, les decía que ellos llegarían a ser hombres muy importantes y que tenían que ir a la Universidad, estudiar.
La historia de Silvia continuará en nuestra siguiente edición. |