Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Marzo 2008

Nuestra Iglesia

¿Quiénes son los mártires y por qué son importantes?
Hoy en el siglo XXI seguimos teniendo mártires que dan la vida en defensa del Señor Jesús, la Iglesia, la fe

Por Alejandro Bermúdez

Desde que Jesús anunció que sus discípulos, como Él mismo, serían perseguidos por su fe, la vida de la Iglesia ha estado marcada por la inevitable experiencia de aquellos que por seguir al Señor, han entregado la propia vida.

Desde el comienzo mismo de la Iglesia, al poco tiempo de la Resurrección del Señor, Esteban, un joven diácono llamado al servicio por los Apóstoles por su bondad y virtud, murió apedreado por su fe, mientras perdonaba a sus asesinos y veía el cielo abrirse ante él.

Desde ese momento, la Iglesia no ha dejado nunca de tener mártires.

En efecto, todos los Apóstoles, con la excepción de San Juan, el discípulo que se llevó consigo a la Virgen María, murieron martirizados de distinta manera, algunos de ellos, como San Pedro y su hermano San Andrés, crucificados como Jesús.

Luego, a lo largo de la historia y sin parar, los mártires han marcado la vida de la Iglesia hasta nuestros días. Sí: aunque la prensa informe poco o nada, hoy mismo, en pleno siglo XXI, existen hermanas y hermanos nuestros que son torturados y hasta asesinados por su fe en países de mayoría musulmana como Pakistán, Afganistán y Arabia Saudita, o en países de mayoría budista, como Myanmar, o en países de impronta comunista, como Corea del Norte o Vietnam.

Desde las primeras persecuciones desatadas por emperadores romanos, la Iglesia acuñó una frase que sigue siendo verdadera aún hoy: "la sangre de los mártires es semilla de cristianos".

En efecto, el testimonio de los mártires que entregan la vida de manera generosa y sin temor por el amor invencible a Jesucristo, siempre ha conmovido a otros no creyentes, o a reforzado la fe de los tibios, de tal manera que, quienes quisieron destruir la Iglesia mediante la persecución, no hicieron más que fortalecerla, aún sin saberlo.

Mártires en nuestras tierras
Los mártires, como se ha señalado, han marcado toda la historia de la Iglesia. Pero también toda la geografía de la Iglesia. También en nuestras tierras de América, los mártires han abundado, a pesar de ser poco conocidos.

Pocos saben por ejemplo, de las decenas de frailes franciscanos que murieron mártires en la Amazonía en América del Sur, de los más de 30 jesuitas misioneros que murieron asesinados por los nativos apenas llegaron para evangelizar el Brasil y el Paraguay; o aquellos que dejaron sus vidas en el sur de Canadá –martirizados por los nativos Iroqueses- o los que murieron en lo que hoy es el suroeste de los Estados Unidos.

Pero América no sólo tiene mártires que murieron heroicamente por el odio a la fe o por la ignorancia de las poblaciones que los mataban en los siglos 16, 17 y 18.

En el siglo 19, varios jóvenes piadosos, monaguillos, sacristanes, catequistas y religiosas, fueron asesinados en el sur del Brasil por los seguidores de la terrible ola anti-católica desatada por los iluministas.

Y en el siglo 20, México se honra de tener el más alto número de mártires de toda América, asesinados todos al valiente grito de "¡Viva Cristo Rey y viva la Virgen de Guadalupe!", por el solo hecho de defender los derechos de la Iglesia frente a los abusos anti-católicos del gobierno masónico de Plutarco Elías Calles y otros "revolucionarios" que odiaban a la Iglesia.

Precisamente el Papa Juan Pablo II ha pasado a la historia como el Papa que más mártires a beatificado y canonizado, especialmente de México y de España, donde en la persecución más bárbara que recuerda la historia reciente, entre 1936 y 1939, casi 5,000 sacerdotes -¡cinco mil!- fueron asesinados por los milicianos comunistas y anarquistas.
La lista de los mártires es sorprendente: ella incluye no sólo obispos y sacerdotes.

También se encuentran laicos y laicas de diversas edades, desde valientes ancianos hasta jovencísimos defensores de la fe.

Y en todos lados, se ha cumplido siempre aquel antiguo adagio de la Iglesia primitiva: donde hay mártires, allí crecen los cristianos.

Cómo se "hace" un mártir
Un mártir es alguien muy amado y admirado por la Iglesia. Tanto así, que cuando las autoridades del Vaticano proclaman beato a un mártir, a diferencia de cualquier otra causa de beatificación, no se requiere de un milagro que demuestre la beatitud de la persona: basta con comprobar que, efectivamente, murió mártir.

Esta política de la Iglesia de no requerir de un milagro cuando alguien es propuesto para ser declarado beato por martirio, se basa en un simple y claro principio establecido por el mismo Señor Jesucristo durante el discurso de la Última Cena que nos narra el Evangelio de Juan: "Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos"... "Sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando".

Por tanto, si se comprueba que alguien ha dado la vida por Cristo, no necesita más para ser proclamado beato: el amor a Cristo hasta la entrega de la propia vida es suficiente para establecer que su muerte es un ejemplo a seguir para todo cristiano.

El camino del reconocimiento de un mártir, sin embargo, no es tan sencillo como parece a primera vista.

Para que alguien sea reconocido como mártir por la Iglesia católica y pueda ser venerado, se requieren de algunas características fundamentales.

En primer lugar, es necesario establecer que la persona murió por odio a la fe. Es decir, que no fue asesinada por sus convicciones políticas, por odio personal, por un acto criminal –como puede ser el robo o la venganza- o por cualquier otro motivo.

Existen, en efecto, muchos sacerdotes, religiosos y laicos que pierden la vida cada año en tierras de misión o mientras sirven a Cristo. A todos ellos la Iglesia los reconoce como "testigos de la fe"; pero no los proclama mártires sino hasta cuando se establece que el motivo de su muerte fue única y exclusivamente porque eran seguidores de Cristo, y porque los que los mataron lo hicieron por el odio a las enseñanzas de Jesús y el odio a la fidelidad de quienes siguen esas enseñanzas.

Una segunda condición es que los mártires deben morir entregando su vida de manera libre y deliberada. El mártir no es asesinado por sorpresa, por ejemplo mientras dormía, ni aquél que murió peleando, incluso si lo hacía por defender a otros. Esa batalla puede ser heroica y admirable. Pero el martirio requiere de la total mansedumbre: se trata de ir a la muerte como Jesús, como el "cordero de Dios", "manso y humilde de corazón".

Los mártires mexicanos, como el inolvidable Padre Miguel Pro, no sólo iban a la muerte llenos de mansedumbre, algunos incluso iban contentos, con un fino y cristiano sentido del humor.

La tercera condición, es que el mártir entregue su vida perdonando de todo corazón a sus asesinos. El que muere por odio a la fe y sereno, pero sin perdón en el corazón, no ha entregado su vida como Cristo, que desde la Cruz pidió el perdón al Padre por quienes le daban muerte.

También al respecto tenemos maravillosos ejemplos en los mártires españoles. Es el caso de aquel joven valenciano de la guerra civil española que, en una carta final a su novia, antes de ser fusilado, le escribía "quiero que se venguen de mis verdugos con la única manera de pagar del cristiano: perdón, perdón y perdón". No hay duda de por qué este valeroso joven fue reconocido como mártir por el Papa Benedicto XVI y beatificado.

 


 
 

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