¿Cuántos hijos tiene Dios?
Aprovecha esta Cuaresma para pensar quién eres y quién eres en relación a Cristo
Por Luis Soto
Estamos por celebrar la fiesta más importante del calendario Cristiano: La muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Como cada año, este tiempo de cuaresma es uno especialmente importante para recordarnos quiénes somos, de dónde venimos y cuál es nuestro destino final.
Desde el libro del Génesis, la Sagrada Escritura nos presenta nuestra realidad. Somos, hombre y mujer, creados a “imagen y semejanza de Dios” (Gen 1, 27), realidad que a veces interpretamos como que somos parecidos o similares a Dios. La realidad es mucho más profunda. Si leemos el mismo libro del Génesis, nos daremos cuenta que la expresión imagen y semejanza de Dios, se refiere a algo mucho más grande. En el mismo libro del Génesis 5,3, dice que Adán tuvo a un hijo a su imagen y semejanza. Por lo tanto, la expresión no tiene nada que ver con el parecido físico, ni siquiera espiritual, sino más bien, es una manera de decir que SOMOS SUS HIJOS.
Pero cuando leemos el Evangelio de San Juan y al constatar el Catecismo de la Iglesia Católica, nos damos cuenta que Dios, de alguna manera, solamente tiene un hijo, no muchos. El Catecismo de la Iglesia Católica, números 441-445, nos tratará de explicar esta realidad: “Jesucristo es el Hijo Único de Dios”. Nuestro credo lo afirma al decir “Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo Único de Dios…”. Todo esto tomado de los mismos Evangelios, en donde, por ejemplo, San Juan afirma “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo Único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Otros textos en el mismo Evangelio lo confirman: “A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo Único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1,18). O bien, “Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; pero el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo Único de Dios”. (Jn 3, 17-18) ¿Si Dios tiene un Hijo Único, como pues decimos que todos nosotros somos hijos de Dios?
La respuesta la encontramos en los mismos textos sagrados, especialmente en el mismo evangelio de San Juan. En su prólogo, San Juan afirmará: “Vino a su casa, y los suyos no la recibieron (refiriéndose a la Palabra hecha carne, Jesucristo). Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1, 11-12). En otras palabras, la perfecta armonía y relación con nuestro Padre, rota por el pecado, es reconectada a través de nuestra fe en el Hijo Único de Dios. Somos hijos de Dios en cuanto que somos uno, nos identificamos, nos unimos al Hijo Único de Dios.
Jesús dijo esto de muchas maneras: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12); “…si me conocieran a mí, conocieran también a mi Padre” (Jn 8,19); “Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará salvo…”(Jn 10, 9); “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6); “Yo soy la vid; ustedes los sarmientos” (Jn 15, 5). En pocas palabras, es sólo mediante el Hijo Único de Dios que recibimos salvación y nos convertimos en hijos de Dios. No por meritos propios, sino por los meritos de su Hijo Único. Si estamos unidos al Hijo, seremos suyos. San Pablo lo dirá de otra manera: “Ustedes son el cuerpo de Cristo…” (1 Cor 12, 27), o bien “…nosotros, siendo muchos, no formamos mas que un solo cuerpo en Cristo…” (Rom 12,4). En otro lado resumirá diciendo “Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia” (Col 1,18).
Sólo siendo parte de su cuerpo, solo aceptándolo y reconociéndolo y creyendo en él, restituimos nuestra realidad que es así desde el principio de los tiempos, de ser hijos de Dios.
En esta Cuaresma y Pascua, deseo que aproveches el tiempo para reconsiderar quién eres, y quién eres en relación a Cristo. Es un momento oportuno e importante para renovarle tu amor, entrega y deseo de ser parte de él. Que estos días los aproveches para hacer que Cristo se forme en ti (Ga 4, 19), que seamos capaces de decir con San Pablo “…vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). En otras palabras, que nuestro Padre al vernos, vea en nosotros a su Hijo Único y por lo tanto seamos también sus hijos. Dios sólo tiene un Hijo, y nosotros lo somos, en cuanto que somos uno mismo con su Hijo. ¡Felices Pascuas de Resurrección! Desde hoy podrías re-estrenar Papá. |