Resolución anual: usar bien el tiempo
Bendigamos a Dios con el buen uso de nuestro tiempo
Por Mariana De Lama
El ser humano al estar herido por el pecado incurre en cuatro rupturas fundamentales: con Dios, consigo mismo, con los demás hermanos y con lo creado. Esta última ruptura la podemos constatar en nuestra propia vida no sólo cuando hacemos mal uso de los bienes naturales que forman parte de la realidad en la que vivimos sino también podemos verlo de manera particular con el mal uso que le damos al tiempo; ¿por qué? Porque el tiempo también forma parte de la creación.
Ya lo decía San Agustín en Las Confesiones: “No hubo, pues, tiempo alguno en que tú no hicieses nada, puesto que el mismo tiempo es obra tuya. … ¿Qué es, pues, el tiempo? ¿Quién podrá explicar esto fácil y brevemente? ¿Quién podrá comprenderlo con el pensamiento, para hablar luego de él? Y, sin embargo, ¿qué cosa más familiar y conocida mentamos en nuestras conversaciones que el tiempo? Y cuando hablamos de él, sabemos sin duda qué es, como sabemos o entendemos lo que es cuando lo oímos pronunciar a otro. ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente”.
El tiempo es pues creación divina y como tal ha sido pensado para contribuir a la santidad de cada uno. Sin embargo muchas veces nos quejamos y lamentamos de la falta de tiempo en nuestras vidas, actitud que muchas veces encierra un deseo frustrado al ver la propia imposibilidad de no poder controlarlo ya que se rige según principios y propiedades que no pueden ser alterados por el hombre.
El desenfreno y la falta de paz y serenidad que esto genera y que caracteriza la anticultura en la que vivimos y que pretende hacernos creer que sí es posible manejar el tiempo según nuestros deseos, es fuente de desorden, de ansia, de frustración pero sobre todo de ruptura, ruptura que abarca los aspectos fundamentales y esenciales de nuestra vida. Al no “tener tiempo” es muy fácil cerrarse a la posibilidad de salir al encuentro de los demás para amarlos y servirlos, es muy sencillo cerrarle las puertas del propio corazón al Señor cuando llama a nuestra puerta (Ap 3,20) ya que nos apremian otras cosas “más urgentes que hacer” ¿y qué decir de uno mismo? La reflexión, la meditación, la oración no me están permitidas, se llega a pensar que son imposibles.
Nada más falso. El ser humano ha sido pensado para vivir en el tiempo no para adecuarlo a sus propios planes, es pues fundamental saber utilizarlo a la luz del Plan de Dios.
Ante esta situación vemos la necesidad de una presencia real en nuestras vidas que nos enseñe como actuar y vivir según el Plan de Dios.
Necesitamos de Dios mismo, necesitamos de Cristo, Señor del tiempo y de la historia, sus palabras “todavía no ha llegado mi hora” expresan su obediencia filial a los tiempos del Padre. Obediencia que hecha en nosotros vida nos reconcilia y nos introduce en la dinámica del Plan de Dios.
“Quien ama no pierde el tiempo”, amemos pues a Dios, bendigámoslo en éste nuevo año que empieza con el corazón gozoso por saberlo entre nosotros y esforcémonos por iniciar este nuevo tiempo, nuevo año con resoluciones que nos ayuden a aceptar y abrazar el Plan de Dios en nuestras vidas en todo, incluso en el correcto uso del tiempo que Él nos regala. |