Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Enero 2008

Testimonios

Mi reencuentro con Dios

A pesar de grandes caídas el ser humano está llamado a vivir en comunión con Dios

El Pueblo Católico comparte con ustedes la historia de un alcohólico que pudo salir de este vicio. Es un testimonio anónimo. Agradecemos la generosidad de esta persona en compartir este cambio en su vida que puede ayudar a muchos.

Nunca imaginé que comenzaría a beber licor a la edad de 11 años y menos que me convertiría en un alcohólico a los 13. Los problemas a causa de la bebida se comenzaron a presentar en mi vida a temprana edad, manifestándose en cosas como el quedarme a dormir en una banqueta, ó en el basurero, en carros viejos y hasta en casas de algunos de mis amigos de parranda. A causa de la bebida perdí mis estudios y mis padres me despidieron de la casa.

En medio de mi desesperación traté de buscar a Dios por primera vez  prometiéndole que si me ayudaba a terminar mi preparatoria y a dejar de beber, me entregaría a Él para ser uno más de sus siervos. Así fue como entré al seminario de Guadalupe Zacateca, en México. Sin embargo, no fui capaz de soportar ni una semana sin beber, un día me escapé para tomar una copa y no tardaron en descubrirme. El sacerdote encargado del seminario me dijo que este camino no era para mí. En ese entonces no comprendía bien lo que me pasaba y me resentí con la religión y con Dios.

A los 16 años nuevamente sentí el deseo y la necesidad de acercarme a Dios y en un intento de reconciliarme con Él me presente en la Iglesia en Temastian Jalisco, para prometerle una vez más que regresaría al seminario si me ayudaba a dejar de beber, pero el milagro no sucedió. Tuve que tocar fondo una vez más, traté de buscar ayuda por aquí y por allá, pedía consejos a sacerdotes y médicos pero nada lograba sacarme de la situación en la que me encontraba. Un día después de perder el conocimiento y llegar a un hospital me di cuenta que el dejar de beber ya no estaba en mis manos, no tenía control sobre mi vida. La verdadera ayuda no llegó sino después de una de mis tantas  borracheras, en las que llegué a la tercera fase del “Delirium Tremes”[1] .  Perdí el conocimiento y  me tuvieron que llevar de emergencia a un centro de salud mental.

Después de algunos electrochoques, terapia y medicamentos, me enviaron por primera vez a una sala de Alcohólicos Anónimos aunque no duré mucho ahí. En ese entonces tenía 19 años, mi estado mental no respondía muy bien, y quisieron llevarme a una granja para alcoholismo y drogadicción, sin embargo, no quise aceptar la ayuda, me escapé llegando hasta California donde se empeoró mi alcoholismo y drogadicción. Mi hermana mayor junto con dos primos me regresaron a mi pueblo donde traté de recuperarme. Otra vez regresé a los grupos y conocí a una mujer con la que me casé, pensando que tal vez esa era la solución al problema de mi soledad y enfermedad. Luego de tantas luchas perdidas me di cuenta por fin que sólo no podía salir de esto, en mi mente albergaba la idea de que en Alcohólicos Anónimos podía encontrar la ayuda que necesitaba, así que busqué un centro cercano y me hice parte de uno de los grupos, desde el día en que entré a ser parte de Alcohólicos Anónimos no he vuelto a beber.

Al pasar algunos años me he dado cuenta que finalmente Dios en su infinita bondad me cumplió el milagro de dejar de beber y yo también estoy cumpliendo mi promesa. Ahora soy un siervo de Dios, mi fe ha regresado y te ofrezco mi testimonio para que pueda guiarte.

Alcohólicos Anónimos me ayudó a que la ausencia de Dios se llenara con su poder y su amor, y ahora le sirvo llevando este mensaje a todos los alcohólicos que en este momento se encuentran como alguna vez estuve yo, desesperados y que han perdido la fe en Dios y los que aman. No dudes de que el programa de Alcohólicos Anónimos te puede ayudar a recobra tu fe, si yo pude tu también puedes.

[1] Se denomina delirium tremens —locución latina que significa "delirio tembloroso"— al síndrome de abstinencia del alcohol. Propiamente sería la tercera fase, la más aguda de este síndrome. Cursa con confusión, ilusiones extrañas, alucinaciones muy perturbadoras, agitación, midriasis, diaforesis, taquipnea, hipertermia y taquicardia.

Puede ser mortal (a diferencia de la mayoría del resto de síndromes de abstinencia, si no todos).


 
 

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Arquidiócesis de Denver

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