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Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Febrero 2008

Opinión

Cuaresma: un tiempo para recuperar nuestra amistad con Dios

Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput, O.F.M. Cap

Para millones de cristianos alrededor del mundo, el 6 de febrero de este año marca el inicio de la Cuaresma, el tiempo anual de limosna, revisión personal y arrepentimiento. La Cuaresma nos prepara para la gran fiesta de la Pascua. El ayuno y los actos de negación de sí mismo, que la mayoría de nosotros realiza durante la Cuaresma en aspectos como la comida, la bebida o la diversión refleja una verdad clave sobre nuestra fe. El cristianismo es encarnatorio. La Palabra de Dios se hizo carne en la persona de Jesucristo. Su muerte en la cruz y su resurrección de la tumba nos recuerda que cada ser humano alma y cuerpo, fue hecho por Dios, redimido por Cristo y destinado a la vida eterna.

Para los católicos, la Cuaresma es un tiempo en el que Dios nos invita a entrar en una relación más profunda con Él. Cuaresma es nuestra peregrinación al Calvario, y más allá, a la Pascua y la vida abundante. Jesús vino para salvarnos, para mostrarnos que nuestras vidas tienen sentido, que Dios nos ama, que a pesar de nuestros pecados, sin importar cuan oscuros sean, Él nos ama como sus hijos e hijas; el sufrimiento tiene sentido; que toda persona sin importar cuán enferma o discapacitada tiene dignidad; que la muerte nunca es el final de quienes somos.

Todos vivimos la mayor parte de nuestra vida diaria con una lucha interior. Por un lado, cada uno ha nacido con la urgencia de “algo más”. Todos tenemos un anhelo natural por la felicidad, pero no podemos ser felices solos. Fuimos creados para la plenitud, para la amistad entre unos y otros y para la comunión con nuestro Creador. Esto es lo que San Agustín quiere decir en las palabras de sus Confesiones: “nuestros corazones permanecerán inquietos hasta que descansen en Ti (Dios)”. Como San Agustín, nuestros corazones están inquietos por el gozo que sólo la amistad con Dios a través de Jesucristo puede darnos.

Por otro lado, todos somos egoístas. Cada uno de nosotros es pecador. Una y otra vez, a pesar de nuestras mejores intenciones tomamos decisiones equivocadas, hacemos cosas malas y herimos a aquellos que amamos. Y ante la perspectiva de nuestros defectos personales, siempre viene la tentación de desesperarnos, frente a la responsabilidad de cambiar realmente. Sentimos la tentación de descartar la santidad como una “buena idea” que simplemente no funciona. Por su puesto, los católicos deberíamos saberlo mejor porque tenemos el ejemplo de los santos. Mientras más conocemos la historia de los santos, mejor comprendemos que la mayoría de ellos fueron muy parecidos a nosotros. Fueron personas comunes que gradualmente adquirieron el hábito de tomar las decisiones correctas y hacer buenas acciones. Día a día, tejieron vidas extraordinarias con material ordinario.

Con la ayuda de Dios, nosotros podemos hacer lo mismo. La Cuaresma no es un tiempo para denigrarnos. Después de todo, lo que Dios ama, nosotros no tenemos el derecho de odiar. Pero el ayuno, la oración y las mortificaciones de este tiempo sí tienen un importante propósito: nos ayudan a limpiar nuestras almas de la suciedad. Ellas, eliminan el egoísmo que obstruye nuestra visión de Dios y bloquea su luz de nosotros. Como dice la Escritura, al negarnos a nosotros mismos nos encontramos –porque nosotros somos incompletos e insatisfechos, no somos plenamente nosotros mismos sin Dios.

La Cuaresma es una invitación para desplazar las distracciones que mantienen nuestros corazones inquietos y vacíos. Si hacemos espacio para el verdadero Rey, Él hará mucho más que llenar el espacio. Él hará lo que desea de nosotros: ser santos. Así que vivamos esta Cuaresma no como una carga, sino como una liberación, una alegría, un camino para reenfocarnos en lo único que realmente importa para la eternidad – la amistad con Dios.
Para cada uno de nosotros, no hay mejor lugar que comenzar o renovar esa amistad en el confesionario. El amor de Dios por su pueblo es el único amor que no falla, ni puede fallar.


 
 

Publicación en español de la
Arquidiócesis de Denver

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Jeanette DeMelo