Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Febrero 2008

Especial

Tiempo de Cuaresma, tiempo de esperanza
Si el sufrimiento adquiere sentido y reconcilia se convierte en una bendición para el cristiano

Por Mariana De Lama

¿Qué es la Cuaresma? Dejemos a Benedicto XVI darnos la definición: “Es un tiempo propicio en el que la Iglesia invita a los cristianos a tomar una conciencia más viva de la obra redentora de Cristo y a vivir con más profundidad el propio Bautismo. De hecho, en este período litúrgico, el Pueblo de Dios desde los primeros tiempos se alimenta con abundancia de la Palabra de Dios para reforzarse en la fe, recorriendo toda la historia de la creación y de la redención. (…)  Éste es el programa auténtico y central del tiempo de Cuaresma: escuchar la Palabra de verdad, vivir, hablar y hacer la verdad, rechazar la mentira que envenena a la humanidad y que es la puerta de todos los males. Es urgente, por tanto, volver a escuchar, en estos cuarenta días, el Evangelio, la Palabra del Señor, Palabra de verdad, para que en todo cristiano, en cada uno de nosotros, se refuerce la conciencia de la verdad que le ha dado, que nos ha dado, para vivirla y ser sus testigos. La Cuaresma nos estimula a dejar que la Palabra de Dios penetre en nuestra vida y a conocer de este modo la verdad fundamental: quiénes somos, de dónde venimos, adónde tenemos que ir, cuál es el camino que hay que tomar en la vida. De este modo, el período de Cuaresma nos ofrece un camino ascético y litúrgico que, ayudándonos a abrir los ojos ante nuestra debilidad, nos hace abrir el corazón al amor misericordioso de Cristo”.

Cuaresma: conversión y reconciliación
La palabra Cuaresma proviene del latín cuadragésima que significa cuarenta. El cuarenta es un número sagrado que lo encontramos varias veces en la Biblia y serán cuarenta días los que dura este tiempo litúrgico.

Estamos pues ante un tiempo de oración, penitencia, ayuno y buenas obras, en una palabra, un tiempo de conversión y cambio.

Ahora bien sabemos que cambiar no siempre es fácil, sobre todo si en el camino nos damos cuenta de las diversas rupturas en las que incurrimos, rupturas que abarcan las dimensiones fundamentales de nuestra vida: Ruptura con Dios, con uno mismo, con los demás y con lo creado, rupturas en las que además, haciendo humildemente un pequeño examen de conciencia, encontramos el origen de nuestros sufrimientos y dolores.
El estar alejados de Dios, vernos a nosotros mismos bajo un manto de desconocimiento, y ver en el otro “la fuente de todos mis males” nos sitúa ante la necesidad vital de alguien que nos reconcilie, alguien que sea capaz de limpiarnos y purificarnos para que a modo de nueva oportunidad poder comenzar una nueva vida.

Esta persona existe, estamos hablando de Cristo Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, y es precisamente el tiempo de cuaresma que culminará con su Pasión en la Cruz el que nos muestra que ningún dolor y sufrimiento humano le es ajeno o indiferente.
Y es que el no saber darle un recto sentido al dolor del hombre es ignorar la presencia real del Señor Jesús en nuestras vidas:
“ (…) el Verbo eterno que se hizo uno de nosotros no sólo vivió compadeciéndose con el dolor del hombre, sino que decidió recorrer el camino del sufrimiento para colmarlo de valor redentor. No pocas veces esta experiencia se repite en quien decide seguir coherentemente su fe. En los momentos de dolor resulta difícil percibir la presencia de Dios. Sin embargo, el Señor Jesús no está lejos del ser humano cuando sufre.

Cristo comparte el sufrimiento con el hombre
El Evangelio nos enseña que el Señor Jesús tuvo dos experiencias de gran sufrimiento: cuando estuvo rezando en  Getsemaní antes de ser capturado y su Pasión en la Cruz.
San Marcos nos contará que el Señor: «comenzó a sentir miedo y angustia y les dijo: mi alma está triste hasta el punto de morir. Y avanzando un poco más se postró en tierra y suplicaba que, a ser posible, pasara de él aquella hora. Y decía: ¡Abba Padre! Todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero sino lo que quieras tú» (Mc 14,32).

San Lucas añadirá que «sumido en agonía insistía más en su oración y su sudor se hizo gotas espesas de sangre que caían en tierra» (Lc 22,44).

“Adentrándonos en el misterio de Getsemaní es conveniente preguntarse qué es lo que experimenta el Señor Jesús en este momento: « ¿Su tristeza es causada por la angustia de la muerte? ¿Se debió su sufrimiento al carácter mesiánico de la prueba de Jesús? ¿En Getsemaní experimenta el abandono por parte de Dios?».

La primera reflexión que evoca este momento de tristeza y angustia es que sin lugar a dudas Getsemaní refleja de modo particular la dimensión humana del sufrimiento de Cristo. Hay una particularidad en la tristeza que experimenta. En los años de anuncio de la Buena Nueva, Jesucristo pasó su vida compadeciéndose y sufriendo con los que sufren. En Getsemaní, en cambio, «él mismo parece merecer ahora la más grande misericordia y apelarse a la misericordia».

En esta ocasión se revela claramente que Cristo sufre como hombre. Su angustia se explica por el destino de muerte que le esperaba, sumado a todas las manifestaciones de pecado y sufrimiento que se dieron lugar en ese momento: la traición, la soledad, el abandono, las calumnias, la injusticia, el dolor físico, la maldad de quienes planearon su fin, entre muchas más. Su humanidad gime ante la muerte violenta y despiadada que le espera. En Getsemaní el Señor Jesús enfrenta una intensa y radical prueba preparándose a través del encuentro con el Padre a vivir la pasión y muerte en Cruz.”

El sufrimiento del Señor Jesús tiene una particularidad: es la mayor manifestación del Amor de Dios por el Hombre, Cristo sufrió hasta el extremo por que nos amó hasta el extremo, esta verdad la entendió de manera cristalina la Beata Madre Teresa de Calcuta quien pronunciaría la frase: “Tenemos que amar hasta que duela” en clara alusión al sufrimiento del Dios Amor a quien amó profundamente.

La penitencia le da sentido al dolor
Nuestra Madre la Iglesia nos propone en este tiempo vivir la penitencia, la renuncia, que contradictoriamente el mundo nos las presenta como vivencias innecesarias para los tiempos de hoy en día, pero no es así, estas  practicas que acompañan al cristiano desde los inicios de la Iglesia le permiten acompañar a nuestro Reconciliador en su dolor y preparan el propio corazón para darle el sentido redentor que porta el sufrimiento en nuestras vidas, sentido que viene acompañado de paz y serenidad que permiten ver la bondad de la propia vida, el sufrimiento cambia (no desaparece eso seria magia no acción divina), porque cambiamos nosotros.

Cuaresma, tiempo de esperanza
Y es que la Cuaresma no es sólo un tiempo de conversión y reconciliación es también un tiempo de esperanza, recordemos la historia de Santa Josefina Bakhita que describe Benedicto XVI: “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible. El ejemplo de una santa de nuestro tiempo puede en cierta medida ayudarnos a entender lo que significa encontrar por primera vez y realmente a este Dios. Me refiero a la africana Josefina Bakhita, canonizada por el Papa Juan Pablo II.”

El porque del sufrimiento, el porque del dolor es un misterio, nuestra limitada mente humana no lo puede llegar a entender y precisamente porque es un misterio hay que ponerlos en manos de quien ya lo padeció pero que a su vez también lo venció:
“Cristo por su obediencia y entrega generosa, por su amor sin límites que no se detuvo ante el sufrimiento, conquistó la vida siendo resucitado por el Padre. Esta audacia también se le pide al cristiano. Ésta es la vocación humana: llamados a la felicidad y a la vida eterna, con la conciencia y la esperanza de que mientras se peregrina en este mundo los sufrimientos podrán ser una ocasión de conformación con Jesucristo viviendo al compás de los acontecimientos la dinámica de la alegría-dolor, para recibir finalmente la corona de la vida eterna.

El peregrinar en este mundo con un destino eterno ha de ser vivido con profunda alegría, pues el cristiano está llamado a participar desde ya en la gloria que será definitiva en la vida eterna. El cristiano vive el realismo de la esperanza, consciente de que en este mundo los sufrimientos no desaparecerán. Todos sufrimos —sin necesidad de crear o buscar falsos sufrimientos—, pero hay una diferencia en quien vive el sufrimiento a la luz de la fe. Cuando no evada, el cristiano será capaz de comprender el lenguaje del Señor Jesús, el lenguaje del silencio elocuente. Sólo quien se introduce en el misterio de la Cruz puede experimentar el misterio de la Resurrección y experimentar existencialmente el fruto redentor del dolor.”

Vivamos pues este tiempo con corazón valiente y agradecido, y pidamos fervientemente a Nuestra Señora  de la Reconciliación, Madre de quien es Nuestra Esperanza, que nos porte de su mano al tiempo Feliz de la Pascua de su Hijo, el Señor Jesús.


 
 

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