Conocer a Dios dándolo a conocer a los demás
Uno de los más grandes gozos de la vida sacerdotal del Padre Javier Nieva
Por Lara Montoya
El Padre Javier Nieva nació en Madrid- España el 9 de julio de 1974. Lleva ocho años de vida sacerdotal y hace siete meses fue designado a Denver para abrir una nueva fundación del Instituto Religioso Discípulos de los Corazones de Jesús y María del que forma parte. Desde entonces sirve en la parroquia St. Mary en Littleton como vicario parroquial. El Padre Javier colabora también con el Centro San Juan Diego siendo miembro del Consejo Asesor y viene desarrollando diferentes cursos sobre el Catecismo de la Iglesia Católica. Además durante este tiempo ha servido a la comunidad hispana celebrando misas en español en la Iglesia Santa Teresa de Frederick y con algunas otras actividades.
El Padre Javier nos comenta que el descubrimiento de su llamado no es una historia muy llamativa, tampoco de tremenda conversión, más bien es una historia de madurez y crecimiento de su amor por Dios que se fue dando poco a poco a lo largo de su adolescencia. “El descubrimiento de mi vocación fue creciendo según iba madurando como persona. Mis padres son de una familia cristiana tradicional, y por supuesto, yo crecí católico, desde muy pequeño formé parte de un grupo de jóvenes católicos (las Congregaciones Marianas de los Jesuitas), también fui parte de un grupo de montañeros- que es una especie de Boy scouts- que aunque no es lo mismo, tiene la misma idea de fondo-. Mi vida fue como el mundo suele decir, “absolutamente normal”, sin sobresaltos. Sin embargo, el primer síntoma de vocación fue cuando tenía 13 años, estaba participando de una convivencia con mi grupo y se planteó ese tema, por primera vez me hice la pregunta ¿y por qué no?. Una de las cosas que pensaba en ese momento era que Dios quiere lo mejor de nosotros, ¿por qué no darle lo mejor de mí que es mi vida? Me pregunté. Esta idea me estuvo dando vueltas por 5 años, durante este tiempo, tuve momentos en los que podía ver más claro y otros momentos de oscuridad, la idea de ser sacerdote me daba alegría, ilusión, pero a la vez miedo e incertidumbre. Sin embargo, todo este tiempo sentí el apoyo del Señor Jesús. También me ayudó mucho la dirección espiritual en el proceso de discernimiento”.
El Padre Javier, luego de cinco años de considerar la idea de ser sacerdote, descubrió que Dios lo estaba llamando por un camino concreto, ser sacerdote del Instituto Religioso Discípulos de los Corazones de Jesús y María. “Entré en esta comunidad a los 18 años, al acabar mi preparatoria ó secundaria” señala el Padre. En cuanto al descubrimiento de su llamado particular a ser parte de un instituto religioso, el Padre Nieva nos cuenta que “Mi discernimiento vocacional inició con la inquietud de ser sacerdote, eso fue lo primero que me llamó la atención, pero esta vocación la descubrí en contacto con los sacerdotes de este instituto al que hoy pertenezco, me atrajo mucho su vida, la vida en comunidad y el trabajo apostólico. Me atrajo también la amistad. Eran personas muy entrañables, muy amigables que se ocupaban de nuestro grupo de jóvenes y eran además muy accesibles”.
A pesar de que el Padre Nieva respondió al llamado de Dios a temprana edad y con fidelidad, no se pueden negar las dificultades por las que atravesó al hacerlo, “No hay duda que responder a la vocación es responder también a la invitación que Dios te hace para ser feliz, sin embargo y a pesar de que uno puede ser consciente de ello, hay muchas cosas a las que nos cuesta renunciar. En mi caso, fue difícil contarle esto a mi familia, pues soy el hijo pequeño y el único hombre – tengo dos hermanas mayores que yo- a mis padres les costó mucho aceptar mi vocación al comienzo, y aunque les dolió no se opusieron. Y era de entender, me fui al seminario con 18 años, y ellos querían ver nietos. Otra cosa que fue difícil fue el dejar a muchos amigos, renunciar a la posibilidad de formar una familia, la pobreza también cuesta ó el renunciar a la autonomía y todas esas cosas a veces hacen que responder no sea tan fácil y también el hecho de que no se ve todo cien por ciento claro, el llamado de Dios no es “evidente” como uno a veces quiere, es decir, no se te aparece un ángel ni señales en el cielo, sino que Dios va hablando poco a poco, mediante pequeñas cosas y uno tiene que tener la delicadeza de saber escucharlo. Pero acá debo aclarar algo que es muy importante entender, el responder a la vocación para la vida consagrada, no es más difícil o más duro que responder a la vocación al matrimonio, yo creo que mi vida no tiene más dificultades de una vida matrimonial, las dificultades y los gozos están en cada sitio, el tema es hacer lo que Dios quiere hacer de ti, cuando te pones en las manos de Dios ahí es donde eres feliz. Es perfectamente posible ser sacerdote y es una constante fuente de felicidad”.
No obstante las dificultades, el Padre nos cuenta que los gozos que experimenta día a día como sacerdote son incomparables, como dijo el Papa Benedicto XVI en la primera homilía de su pontificado, “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno”. “Hay diversas experiencias hermosas en mi vida cotidiana – señala el sacerdote- una de ellas es el estar en contacto tan directo con la gracia de Dios que es eficaz y es la vida de muchísimas personas a las que les están ayudando los sacramentos. Eso te llena de satisfacción, el ver que puedes ser útil para Dios y para los demás desde la propia debilidad. Por otro lado, llena de alegría el ver que al Señor no te falla nunca y te llena de consuelo y alegría. Da mucha alegría la amistad con otros sacerdotes, compartir con ellos las mismas alegrías o tal vez las mismas tristezas o sufrimientos. Da mucha alegría el acceder a muchas familias, es muy bonita esta relación y tiene muchas compensaciones. Mi vocación es sobretodo una vocación de servicio y de vivir la vida centrada en el amor, lo que más me gusta de todo esto es el conocer a Dios dándolo a conocer a los demás, estar en contacto directo con el misterio de Dios”. |