Hace unas semanas en una de nuestras reuniones de editorial, decidimos invitar a Alejandro Padilla, uno de nuestros voluntarios “estrella”, para que comparta su testimonio con nuestros lectores. Al comunicarnos con él y pedirle su testimonio, su respuesta fue “¿Por qué si yo no tengo nada interesante que contar?”. Un joven que quiere servir y aprender de su futura profesión como periodista siendo voluntario, tiene mucho que contar y transmitir a los demás. “El Pueblo Católico” comparte en esta edición el testimonio de Alejandro.
Tengo 20 años y hago servicio voluntario en este periódico desde hace casi un año. Mi vida, como se lo repetí varias veces a Lara- periodista de este medio-, no es tan interesante o ejemplar como aquellas que hayan leído en esta sección, o muchas otras que he conocido durante mi servicio en “El Pueblo Católico”. Soy un joven mexicano como cualquier otro joven, con esperanzas, sueños, virtudes y defectos.
A pesar de haber sido criado en una familia católica, jamás fui muy devoto o activo en la Iglesia. Pues aunque he participado en varios coros, apoyando en algunos eventos y disfruto ayudando a otros, ni siquiera es que sea activo en las Eucaristías dominicales.
Mi historia en este país empezó en agosto del 2006, fecha en la que llegué a Denver.
Vine con la intención de vivir un año con mi padre y después regresar a México para seguir con mi única meta a mediano plazo: ir a la Universidad. Sin embargo, Dios tenía contemplado un plan diferente para mí. Un accidente casero, que me provocó dos fracturas, dos esguinces y una dislocación me mantuvo en cama un par de meses y en muletas un año entero. Este accidente cambió por completo mis planes, primero comencé a trabajar en el negocio de la familia vendiendo botas al mejor precio (Visítanos en el 74S. de la Federal, Botas Grand Canyon. ¡Gracias a El Pueblo Católico por dejarme escribir esta línea!). Luego decidí quedarme en este país por más tiempo, pues no pude ahorrar lo suficiente para poder empezar mis estudios en México, las cosas que pasaron enseguida me llevaron a contemplar la posibilidad de entrar a una Universidad de Denver.
Una de estas cosas y subrayo como una de las más importantes fue el encuentro juvenil arqudiocesano “¿No ardían acaso nuestros corazones?”, al que un amigo me invitó el año pasado. Durante ese evento, pude disfrutar de magnificas conferencias que me ayudaron a abrir los ojos a muchas nuevas realidades, entre ellas la de una laica consagrada y periodista peruana, quien nos recordó la importancia de sobreponernos a la maldad inherente en este mundo y a poner nuestra fe en la Santísima Virgen María para poder vencer las adversidades que el mundo nos presenta.
No se si fue la motivación de ver tantos muchachos como yo, reunidos ahí para encontrarse con el Señor, o alguna de las charlas que escuché o qué, pero, al considerarme a mí mismo un amante del arte literario, sentí que quizá podía ayudar a mi comunidad y, al mismo tiempo, darle algún uso a este pasatiempo, además de desarrollarlo. Es así que me presenté con esta periodista, Lara Montoya, a quien me referí anteriormente, y me puse a sus servicios. Hoy la llamo, con cariño y respeto “Jefa”.
Me tomó un par de meses ganarme la confianza de Lara y conseguir que me permitiera cubrir algún evento, de hecho, podría asegurar que si me dejó fue por que ya le había colmado la paciencia con llamadas para ponerme a sus ordenes, hasta que un buen día, me devolvió la llamada, me invitó a un taller para que aprendiera a redactar noticias y acto seguido, me pidió que cubriera el aniversario del grupo Cristo y Yo, mi primera misión.
Mi estancia en “El Pueblo Católico” ha sido de lo más linda y sumamente enriquecedora. He tenido la oportunidad de conocer personas que hacen todo lo posible por su comunidad, gente que ha tomado admirablemente a nuestro Señor Jesucristo como el eje de sus vidas y he sido testigo de cómo la fe cambia vidas.
Estoy admirado y agradecido con el grupo de oradores nocturnos, quienes hacen Vigilia toda la madrugada los viernes, para hacer oración por los que no oramos (o, más bien, andamos de fiesta). También me he asombrado al conocer los grupos juveniles, donde me topé con muchachos como yo que se juntan para adorar a nuestro Señor con toda la alegría que llevan en sus corazones, de hecho, hace poco entrevisté a una de las coordinadoras del grupo juvenil en mi parroquia Reina de la Paz y como fruto de ello, ahora soy uno de los miembros del mismo.
Escribir en “El Pueblo Católico” ha sido más que una oportunidad de poner en practica uno de mis talentos para un bien social, ha sido una oportunidad de llegar a más vidas y corazones de los que alguna vez pude imaginar, y la esperanza de tocar a alguien en el fondo y ayudarle a mejorar en algún aspecto de su vida. Pues a fin de cuentas, uno escribe artículos y como diría Fernando Delgadillo en su canción Las ciudades perdidas, “unos son semillas y otros no serán, ojala algún día sirvieran y cuestionen, con que cada quien confronte una verdad, podría decir que funciona intentar”.
Hoy por hoy, estoy apunto de seguir adelante con mis sueños y en un par de semanas iniciar mis estudios en el Community College of Denver, ya sea en la carrera de Publicidad o Ciencias de la Comunicación, pero como sea, estoy seguro que será para dar un paso hacia delante y poder descifrar el camino en que me ha puesto el Señor, y estoy convencido de que este es el mejor en que pudiera estar o “¿quien podría elegir un mejor lugar para mi?”
Espero sigan leyendo mi nombre en este periódico por un largo tiempo.¡Ah! Y tomaré una clase de fotografía para ver si me vuelvo un poco más competente en esto del periodismo. Un abrazo a todos aquellos que he entrevistado, pues a través de su testimonio dejan un pedacito de sí mismos en mí. Y saludo de manera especial a la Fraternidad Mariana de la Reconciliación por todo el apoyo moral y lo buenas que han sido conmigo. ¡Hasta pronto! |