El Papa Benedicto XVI convocó, durante la celebración litúrgica de la solemnidad de San Pedro y San Pablo (29 de junio), un año jubilar dedicado al apóstol San Pablo, para recordar los dos mil años del nacimiento del Apóstol de los gentiles. Un año en el cual la Iglesia, en forma especial, va a honrar al súper Apóstol quien afirmara: “ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí”.
Tomo la oportunidad para aclarar a todos y en forma especial a nuestros “hermanos separados” que venerar a un santo no significa adorarlo.
Adoramos solamente a Dios. Venerar a los santos significa honrar en una forma especial a aquellos hombres y mujeres que por su heroica vida de fe y su integridad en la entrega al servicio del Señor son un muy digno ejemplo a seguir para toda la humanidad. Dios es Uno solo y sólo a Él adoramos. A los santos, los veneramos.
Pues bien, el Santo Padre quiere dedicar este año al redescubrimiento de la persona del Apóstol de las Gentes. Un creyente auténtico, que fue capaz de manifestar al hombre de su tiempo la profundidad y autenticidad del mensaje evangélico. Esta iniciativa del Papa no nace solamente de un simple querer conmemorar un aniversario más del nacimiento de San Pablo, sino es una muestra de la certeza que se tiene de que Dios en su infinita bondad, por su Espíritu, se vale de estos signos para renovar la faz de la tierra. Para la Iglesia entera debe ser un redescubrir a Pablo en su incansable apostolado, revivir los primeros tiempos de la Iglesia, profundizar en la enseñanza apostólica para todos, revitalizar la fe y el papel de cada uno como miembros vivos del Cuerpo de Cristo.
Conozcamos pues un poco al Apóstol San Pablo.
Su nombre de nacimiento era Saulo, era judío de la secta de los fariseos, originario de la ciudad de Tarso, se formó en Jerusalén en la famosa escuela rabínica de Gamaliel.
En el año 35, Saúl aparece como un recto joven fariseo, fanáticamente dispuesto contra los cristianos. Creía que la nueva secta (los cristianos) era una amenaza para el judaísmo por lo que debía ser eliminada y sus seguidores castigados. Se nos dice en los Hechos de los Apóstoles que Saúl estuvo presente aprobando cuando San Esteban, el primer mártir, fue apedreado y muerto.
Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan que mientras Saulo iba a la ciudad de Damasco para continuar su persecución contra los cristianos, Jesucristo se le apareció y tirándolo por suelo le pregunta: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Y él le responde: “Señor, ¿qué quieres que haga?” Es ahí que inicia la maravillosa historia de un nuevo Saulo quien tomará el nombre de Pablo.
Pablo acepta con grande entusiasmo la misión que Jesús le encomienda de predicar el Evangelio de Cristo a todo el mundo conocido. Es el mismo Jesucristo quien lo constituye Apóstol de una manera especial.
Es a partir de ese momento que Pablo fue un hombre verdaderamente nuevo y totalmente movido por el Espíritu Santo para anunciar el Evangelio con poder. Él por su parte nunca descansó de sus labores. Predicación, escritos y fundaciones de iglesias, sus largos y múltiples viajes por tierra y mar (al menos cuatro viajes apostólicos), tan cargados de vicisitudes.
Seguramente las cartas y evidencia que han llegado hasta nosotros no contienen todas las actividades de San Pablo. Él mismo nos dice que fue apedreado, azotado, naufragó tres veces, aguantó hambre y sed, noches sin descanso, peligros y dificultades. Fue preso y, además de estas pruebas físicas, sufrió muchos desacuerdos y casi constantes conflictos los cuales soportó con gran entusiasmo por Cristo, por las muchas y dispersas comunidades cristianas.
La misión de Pablo se deja ver desde los inicios de su conversión: "Este hombre (Pablo), dijo el Señor a Ananías, es para mí un instrumento de elección para llevar mi nombre delante de todas las naciones, de los reyes y de los hijos de Israel". Del primer perseguidor, Cristo quiere hacer un grande Apóstol de la Iglesia primitiva, el que llevará a cabo el más extenso trabajo de evangelización entre las naciones paganas.
El pasado de Saulo no será un obstáculo para esta misión; el Señor hará del que fuera un encarnizado perseguidor el más ardiente discípulo para proclamar y extender la fe en Cristo.
Jesucristo mismo declara aún: "Yo mismo le haré ver todo lo que tendrá que sufrir por mi nombre". La vocación, llamamiento para seguir a Cristo, es siempre un llamado a unirse a su sacrificio, compartir su Pasión para cooperar a la salvación del mundo. La vocación de San Pablo nos enseña que a todos los que Dios llama, los que llama especialmente para ser sus apóstoles y testigos, Jesús les muestra todo lo que tendrán que sufrir por su nombre, por amor de Él.
El Señor envía a Pablo a compartir con Él su misma misión y por consiguiente es el Señor quien le dará la luz y la fortaleza de lo alto, a Pablo se le concederá ser la plenitud del Espíritu Santo. No es Pablo quien realiza la misión, es el Señor a través de Pablo quien la cumple. Es necesaria la efusión del Espíritu Santo para ser Apóstol. Conversión es una transformación integral y no sólo del exterior. CONTINUAREMOS…. |