Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Abril 2008

Nuestra Iglesia

¡Feliz Pascua!
Palabras del Papa Benedicto XVI en la Pascua de Resurrección

Por el Equipo de Redacción

“En su discurso de despedida, Jesús anunció a los discípulos su inminente muerte y resurrección con una frase misteriosa: «Me voy y vuelvo a vuestro lado» (Jn 14, 28). Morir es partir. Aunque el cuerpo del difunto aún permanece, él personalmente se marchó hacia lo desconocido y nosotros no podemos seguirlo (cf. Jn 13, 36). Pero en el caso de Jesús existe una novedad única que cambia el mundo. En nuestra muerte el partir es algo definitivo; no hay retorno. Jesús, en cambio, dice de su muerte: «Me voy y vuelvo a vuestro lado». Precisamente al irse, regresa. Su marcha inaugura un modo totalmente nuevo y más grande de su presencia. Con su muerte entra en el amor del Padre. Su muerte es un acto de amor. Ahora bien, el amor es inmortal. Por este motivo su partida se transforma en un retorno, en una forma de presencia que llega hasta lo más profundo y no acaba nunca.

En su vida terrena Jesús, como todos nosotros, estaba sujeto a las condiciones externas de la existencia corpórea: a un lugar determinado y a un tiempo determinado. La corporeidad pone límites a nuestra existencia. No podemos estar simultáneamente en dos lugares diferentes. Nuestro tiempo está destinado a acabarse. Entre el yo y el tú está el muro de la alteridad. Ciertamente, por el amor podemos entrar, de algún modo, en la existencia del otro. Sin embargo, queda la barrera infranqueable de que somos diversos.
En cambio, Jesús, que por el acto de amor ha sido transformado totalmente, está libre de esas barreras y límites. No sólo es capaz de atravesar las puertas exteriores cerradas, como nos narran los Evangelios (cf. Jn 20, 19). También puede atravesar la puerta interior entre el yo y el tú, la puerta cerrada entre el ayer y el hoy, entre el pasado y el porvenir. Su partida se convierte en un venir en el modo universal de la presencia del Resucitado ayer, hoy y siempre. Él viene también hoy y abraza todos los tiempos y todos los lugares. Ahora puede superar también el muro de la alteridad que separa el yo del tú…

En las promesas bautismales, por decirlo así, encendemos nuevamente año tras año esta luz: sí, creo que el mundo y mi vida no provienen del azar, sino de la Razón eterna y del Amor eterno; han sido creados por Dios omnipotente. Sí, creo que en Jesucristo, en su encarnación, en su cruz y resurrección, se ha manifestado el Rostro de Dios; que en él Dios está presente entre nosotros, nos une y nos conduce hacia nuestra meta, hacia el Amor eterno. Sí, creo que el Espíritu Santo nos da la Palabra de verdad e ilumina nuestro corazón. Creo que en la comunión de la Iglesia nos convertimos todos en un solo Cuerpo con el Señor y así caminamos hacia la resurrección y la vida eterna. El Señor nos ha dado la luz de la verdad. Al mismo tiempo esta luz es también fuego, fuerza de Dios, una fuerza que no destruye, sino que quiere transformar nuestro corazón, para que seamos realmente hombres de Dios y para que su paz actúe en este mundo”.
Extractos de la homilía en la Vigilia Pascual, 2008.

 


 
 

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