Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Abril 2008

Jóvenes en acción

En busca del silencio perdido
En el mundo de hoy, el silencio se convierte en una verdadera pedagogía de la vida auténtica

Por Gonzalo Banda Lazarte*

Acabo de participar de un retiro espiritual en Semana Santa. Qué difícil me fue por meses encontrar un espacio de silencio y meditación. No soy un monje cartujo. Aunque confieso que en un mundo tan ruidoso y aturdido, a veces me asaltan deseos de serlo. Soy un joven que estudio y trabajo, prefiero pasar los fines de semana con mis amigos, hacer bicicleta de montaña, jugar tenis, o quizá fútbol. Dirijo una institución cultural, y escribo con cierta frecuencia.

Usualmente no tengo espacio para el silencio prolongado. A veces deseo detener el mundo, su tráfago ensordecedor, pero no puedo. Hago un esfuerzo cotidiano por vivir el silencio, pero no es suficiente. Los estudios, el trabajo, las fiestas, los amigos, las chicas; me he dado cuenta que son pocas las instancias que tengo para detener el mundo y hurgar dentro de mis fueros más íntimos, en los vericuetos más profundos de mi corazón. No existe excusa que pueda elaborar. Ni el miedo, ni la rutina, ni las responsabilidades, ni los viajes, ni la familia, son óbice para olvidarme del silencio que necesito. En busca de ese silencio fui de retiro. No fui defraudado. Me he repatriado.

Recientemente, con sorpresa, descubrí que los monasterios de Europa, se han visto congestionados por solicitudes de turistas de todo el mundo, que ofrecen pagar fuertes sumas de dinero, con el fin de reposar calmadamente unos días o meses, entre las abadías silentes de los monjes benedictinos o cistercienses. Este turismo vivencial, te permite compartir el silencio y varios momentos de la vida sencilla y ardua de los monjes, en especial las hermosas oraciones comunitarias, los preciosos cantos gregorianos y la solemne Santa Misa. Pagan por una celda humilde donde no existe Internet, comida sobria y sobre todo, silencio, silencio que es paz profunda del hombre que busca encontrarse porque se siente extraviado. Si gustas, un monje puede conversar contigo una vez por día, respondiendo a tus inquietudes generadas ante esta experiencia inusual. Lo asombroso es que muchos hombres no eligen Paris, ni Venecia, eligen una abadía silente en medio del campo, huyendo del ruido y la desesperanza que los aturden.
Es también una sorpresa para nosotros, que el documental “El gran silencio” del cineasta Philip Gröning, sobre la vida de los monjes cartujos de Grenoble, en Francia; haya batido ostentosamente en taquilla, durante las semanas de su estreno en Francia y Alemania, a Harry Potter que se exhibía en paralelo. Es una grata sorpresa que un documental, que narra la vida sencilla de la orden monástica más austera y exigente de la Iglesia, haya tenido tal éxito. El documental, no tiene una banda sonora, sólo le acompañan los melodiosos cantos gregorianos de los monjes, no tiene diálogos, sólo las oraciones silenciosas y armónicas de los cartujos, son tres horas logradas de casi ciento sesenta filmadas por Gröning, que durante meses vivió como novicio cartujo, consiguiendo el permiso para filmar casi veinte años después de su solicitud inicial, con una pequeña cámara, sin asistentes, ni iluminación artificial. Cómo explicar este éxito tan portentoso sin entender las ansias de paz que busca el hombre moderno.

Recientemente los monjes cistercienses de la Abadía de la Cruz Sagrada, ubicada a 15 kilómetros de Viena, firmaron un contrato sin precedente alguno con la productora inglesa Universal Music, para grabar un álbum de Cantos Gregorianos. Su vida austera se hizo conocida a través de vídeos colgados en el voraz “Youtube”, que enlazaban el canto con imágenes de su vida cotidiana. Su álbum será distribuido mundialmente a fines de año. Quienes hayamos tenido el privilegio de escuchar el canto gregoriano, sabemos de su poderoso influjo al silencio y la meditación, sabemos que sus melodías nos conducen con facilidad a la oración. Entendemos este suceso, como otro de los numerosos ejemplos de búsqueda de paz y silencio que el hombre experimenta.

“Habla cuando quieras, pero quiere cuando debas”. Cuántas veces hemos descubierto que nuestras palabras son fútiles, nuestras risas disforzadas, nuestra conversación frívola, nuestras bromas estúpidas. El silencio es una verdadera pedagogía de la vida auténtica. Es quizá por eso que los hombres lo buscamos cada vez con mayor afán en medio de televisión, revistas, propagandas y pop stars. Desde el silencio brotan las más profundas ansias de felicidad y encuentro. He descubierto que mi vida entera debe ser reflejo de la paz que habita en mi corazón. Sin el silencio de palabra y de acción nuestro caminar puede ser rutinario, nuestra voz muda, nuestras palabras huecas, nuestros gritos inentendibles, nuestro amor infecundo, nuestra vida, infeliz.

Gonzalo Banda es Director del Centro de Estudios Católicos (CEC) en Arequipa Perú y escribe en el blog “Desde el Horizonte”, http://desdeelhorizonte.blogspot.com/


 
 

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