Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Abril 2008

Espiritualidad

Resurrección: Caminar en la Esperanza
¡El sepulcro estaba vacío! ¡El Señor Jesús estaba vivo!

Por El Padre Jorge De Los Santos

¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu! Fueron las últimas palabras pronunciadas por Aquél que estaba siendo glorificado, fue el grito de un vencedor, de alguien quien entregaba su vida para después retomarla con gran poder, de alguien quien entregaba su espíritu confiadamente sabiendo que había cumplido con la voluntad de Aquél quien lo había enviado. Algunos lloraban su muerte, aquellos que habían visto morir la Vida.

Lo bajaron de la Cruz, su cuerpo estaba frío sin vida pero su rostro mostraba una expresión de majestuosa serenidad. Tenían que apresurarse para sepultarlo, María se despidió de su hijo y fue entonces que una enorme piedra selló la sepultura. Es en ese momento donde se inicia el camino hacia la Resurrección, es entonces que las oscuridades se irían disipando, iniciaba el cumplimiento de la promesa “…y al tercer día resucitaré”. Sólo el silencio de la noche de aquel sábado fue testigo de ese secreto misterio, de cómo el Cristo venció el lastre de la muerte y la primera luz de la aurora se convertiría en el dichoso anuncio de la nueva vida y en la creación entera se comunicaba la alegre noticia de la Resurrección. Pero ese mensaje aún no lo recibían aquellos corazones que permanecían en la oscuridad de la noche, aquellos que se habían dejado devorar por las tinieblas de la incredulidad. Otros, a causa del recuerdo doloroso de los eventos que habían ocurrido, no alcanzaban a percibir el amanecer de ese Nuevo Día. De pronto una luz radiante e intensa iluminó los corazones de aquellos a quien Él había elegido y el amor le abrió paso a la fe en la vida y se escuchó una voz que decía: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?

¡El sepulcro estaba vacío! ¡El Señor Jesús estaba vivo!
La paz esté con ustedes les dijo Jesús, en ese momento la Luz iluminaba las tinieblas y llenaba a todos de asombro, temor y sorpresa.
No tengan miedo, soy Yo, dijo Jesús y les saludó de nuevo: ¡la paz esté con ustedes! Así como el Padre me envió, así los envío yo a ustedes. Los discípulos comprendieron la magnitud de ese momento…

¡Cristo ha resucitado, esto es lo que creyeron y confesaron los Apóstoles, y esto mismo es lo que creemos y confesamos nosotros! Pero no podemos contentarnos con repetir una y otra vez “Cristo ha resucitado” sino que debemos encontrar el significado que esto tiene para la vida de cada uno y para la vida de la Iglesia.

Los discípulos del Señor tomaron conciencia de que ellos serían los continuadores de la misión de Jesucristo, con su testimonio y especialmente con su vida, anunciarían al mundo entero que Dios en su Hijo resucitado nos da la vida nueva. Así es como la misión, la vida y el Espíritu de Jesús estarían presentes y actuarían en los discípulos.

Nosotros somos los discípulos, es para nosotros la Resurrección. Somos nosotros los nuevos enviados, los que viviendo esa vida nueva caminamos en el camino de la esperanza como testigos de la Luz que vino a iluminarnos y de la Verdad que vino a salvarnos. Somos nosotros los que en Pedro, Andrés, Santiago y Juan se nos dice: “vengan y los haré pescadores de hombres”, somos aquellos que llenan las tinajas de piedra con agua para que sea convertida en el mejor vino, somos como aquella samaritana que sedienta finalmente bebió del agua viva que le ofrecía el Señor, somos los nuevos ciegos, sordos o paralíticos a quien Jesús les devuelve la salud, el Hijo de Dios viene a nuestra casa, como con Zaqueo, para traernos la salvación, somos nosotros esas ovejas perdidas, que cargadas en sus hombros, nos reconduce al rebaño, el Señor es a nosotros a quien nos ha hecho libres… somos los amigos del Señor en una especial relación de absoluta confianza en el Padre, en una renovación de la mente y el corazón, sobre todo el dinamismo de la caridad, del amor radical y eficaz que lo supera todo.
Hermanos, como Iglesia descubramos cómo la Resurrección es una forma de vivir, es un caminar en la esperanza.


 
 

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