Descubrir tu vocación para ser feliz
Decirle sí a Cristo, es decirle sí a tus anhelos más profundos
Por Amada Briones Alencastro*
Descubrir el llamado particular a la santidad que Dios nos hace es indispensable para ser felices y poder generar un cambio en el mundo y la cultura que nos rodea. Y Dios en su providencial cuidado por todos sus hijos pone las ocasiones para que con sinceridad y apertura de corazón podamos descubrir nuestro llamado personal y concreto a la santidad.
Nací en Guayaquil, Ecuador. Fui criada en una familia católica y educada en una escuela católica de religiosas mercedarias, sin embargo, las enseñanzas sobre mi fe las he recibido de mis padres, especialmente de mi madre.
Toda mi infancia y adolescencia estuvo siempre marcada por una profunda devoción y reverencia en todos los temas relacionados a Iglesia y la liturgia, quizás sin mucho conocimiento al respecto, pero siempre con la conciencia de cuáles eran las cosas que realmente valían la pena en la vida. Sin embargo, no fue sino hasta 1999, cuando cursaba el segundo año de Economía en la universidad, que empecé a vivir mi fe de una manera diferente. Comencé a formar parte del Movimiento de Vida Cristiana (MVC), un movimiento eclesial que me permitió participar activamente en la Iglesia y que marcó mi vida de modo particular. A partir de esta experiencia entendí que el haber tenido una enseñanza tan fuerte de mi fe desde pequeña, exigía de mí una respuesta y compromiso con Dios. Durante cinco años trabajé en la pastoral universitaria dentro de mi campus universitario y en otras universidades locales. Paralelamente trabajaba en el área de Mercadeo en una empresa de consumo masivo, tenía 25 años y estaba muy contenta con mi trabajo, justo había tenido un ascenso laboral, y seguía participando de manera muy activa en el MVC, sin embargo aún había una interrogante que no podía responder: quería ser feliz, pero no sabía cómo.
Mi cuestionamiento era cada vez más fuerte y difícil de callar, sobre todo porque en mi vida todo marchaba bien, no tenía ningún tipo de problema, al contrario todo parecía perfecto y quizás tenía todo lo que hubiera querido y soñado y sin embargo tenía una nostalgia muy fuerte en mi interior, ¿pero nostalgia de qué?.
Por esta época conocí a las “Fraternas”, (laicas consagradas de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación), una de ellas empezó a liderar mi agrupación mariana (pequeñas comunidades de fe dentro del MVC), y nos hicimos muy amigas. Ella empezó a acompañarme en mi vida espiritual y poco a poco me ayudó a comprender la experiencia interior que hasta ese entonces yo no había podido hacerlo. “Si yo tenía todo lo que quería ¿porqué no estaba lleno mi corazón?, ¿Estaba llevando mi vida como Dios quería, según sus Planes?”. Por primera vez se abrió para mí el tema vocacional. Siempre había tenido certezas de que en algún momento me iba a casar, pero con sinceridad de corazón, y también por gracia de Dios, descubrí que la nostalgia que experimentaba era una honda y profunda nostalgia de Dios.
Esa nostalgia de escuchar en el silencio, el llamado de Dios a remar mar adentro y abandonar las orillas de las propias seguridades y lanzarme a conquistas grandes, exigentes pero en las que mi corazón se iba a desplegar, justamente porque iba a poder ser aquello para lo que ha sido hecho: amar sin medida.
Por fin entendí, no sin miedo, que Dios me llamaba a consagrarle mi vida entera como Fraterna. Recuerdo una frase que marcó totalmente mi experiencia de responder a la vocación a la que Dios me ha llamado desde toda la eternidad: Decirle sí a Cristo, es decirle sí a tus anhelos más profundos.
Creo que esto marcó tanto mi vida que me sirvió para tener la radicalidad y la fortaleza para asumir que el elegir el camino al que Dios me llamaba, exigía de mí muchas renuncias, pero gracias a Dios durante este proceso difícil, pero que estuvo acompañado de muchas bendiciones para mí y para mi familia, sólo mantenía en mi mente y en mi corazón las palabras que el Señor Jesús dirigió a Mateo “ven y sígueme”. Así de claro, así de sencillo y así de radical.
Tengo tres años de vida comunitaria y hace menos de dos meses llegué a Denver. Vivo la experiencia de haber encontrado mi lugar, y saber que cada día, con la entrega fiel que el Señor espera de mí, estoy respondiendo a mis anhelos más profundos y respondiendo a la nostalgia de Dios y de eternidad que tanto inquietaban mi corazón.
* Amada Briones es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación y fue asignada a servir en la Arquidiócesis de Denver el pasado 5 de febrero. |