Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Setiembre 2007

Testimonios

‘Doña Mati’, una mujer de Dios (parte I)
Dios la puso en medio de una familia de fe para que ella difundiera a los demás esa “escuelita del amor”

Matilde Jiménez, o ‘Doña Mati’ como todos la conocen, ha sido reconocida con el premio Arzobispo Gómez por su liderazgo pastoral. El Pueblo Católico, tuvo la oportunidad de conversar con ella, quién nos compartió su infancia, su matrimonio, momentos de dolor, así como su servicio incansable en la Iglesia y las alegrías que le trae en su vida el estar comprometida con Dios. Nació un 17 de mayo de 1948, en Cordero- Durango, un pueblito- como ella lo describe- perdido entre los cerros.

‘Doña Mati’ se sonroja al mencionarle el premio que la Arquidiócesis de Denver le otorgará este mes, no le gusta hablar del tema, tal vez porque como ella dice, “no le gustan los papelitos, lo que a ella le interesa es que su nombre quede grabado en el cielo”. Insiste por lo tanto que si es posible premien a otra persona. Una mujer muy sencilla, con la sabiduría de una mujer de oración, una mujer de Dios.

Recuerdos felices

EPC: ¿Cómo fue su infancia?
MJ: Tengo recuerdos muy hermosos sobre mi infancia, crecí en medio de una familia llena de fe. Teníamos una fuerte devoción a María, rezábamos el rosario en familia, ofreciendo flores en el mes de María. Mi mamá me vestía de blanco y todavía recuerdo los cantos que mis hermanas entonaban. Otro recuerdo hermoso que llevo en mi corazón es el de mi primera comunión; mi mamá inscribió a mis hermanas mayores en el curso de preparación, yo era muy pequeñita todavía- teñía 6 años- por eso no me inscribió. Sin embargo me colaba a todas las clases, me sentía parte del grupo y no me daba cuenta que no lo era. Estaba segurísima que también me estaba preparando y emocionada le contaba a mi mamá que iba hacer la Primera Comunión. Cuando llegó el día en que los niños iban a hacer su primera confesión, yo también estaba en la fila, pero cuando llegó mi turno, el Padre me dijo que yo estaba muy chiquita y no podía hacer mi primera comunión todavía, entonces salí corriendo de la Iglesia, llorando desconsoladamente, diciendo que tenía urgencia de recibir a Dios. Mi hermana salió a buscarme y me dijo que el Padre había accedido a tomarme un examen para saber si estaba preparada. Contesté todas las preguntas, sabía todas las oraciones de memoria, también el Catecismo. El Padre se quedó sorprendido y me dejó recibir al Señor Jesús. Ese ha sido el encuentro con Jesús que he tenido siempre, desde chiquita.

EPC: ¿Cuándo empieza tu etapa de servicio en la Iglesia?
MJ: Pienso que toda mi vida ha sido de servicio. Desde los 14 años era voluntaria, aprendía lo que se podía ahí en el pueblo, trabajo social, enfermería, primeros auxilios, todo lo que fuera necesario para ayudar a los demás y en la Iglesia también, estaba muy metida en la acción católica, ayudaba además al Padre en lo que fuera necesario. En Cuidad Juárez ayudé por diez años en la catequesis y fui miembro de una comunidad, después fui coordinadora de esa comunidad y pertenecí al grupo base de renovación. Hice el curso de agente de pastoral también, sin embargo no tuve la oportunidad de terminar la escuela, pues en ese entonces en mi pueblito sólo se podía estudiar educación primaria.

EPC: ¿A que edad te casaste?
MJ: Me casé a los 19 años con Teodoro Chavarría, un ranchero. Mi vida con él fue muy rica, no en cosas materiales sino en amor. Fui inmensamente feliz, lo dejé todo y me fui a mi ranchito con mi esposo, vivíamos en un paraíso- así era como lo veíamos Teodoro y yo-, nunca nos faltaba nada, lo que cosechábamos era lo que comíamos. Teníamos maíz, trigo, hortalizas, leche, queso. Recuerdo que en las tardes después de trabajar en el campo nos sentábamos a rezar. Mi esposo les decía a mis hijos que teníamos que agradecer a Dios y hacíamos un novenario, nos íbamos cantando por los cerros o sacábamos a nuestros hijos a contemplar la noche bonita o la lluvia. También nos íbamos de paseo, nos quedábamos sentados mientras veíamos a nuestros hijos jugar con el agua y él me solía decir “Tilde - así me llamaba él- este es el paraíso”.

Alegría - dolor

Doña Matilde afirma que ella es feliz y siempre lo ha sido, sin embargo no niega los momentos de sufrimiento por los que ha atravesado. “El camino de Dios no es fácil- señala ‘Doña Mati’- yo he sufrido mucho y creo que todavía me faltan muchos golpecitos para perfeccionarme. Mi vida no ha sido fácil pero a Jesús también le costó mucho, el también sufrió, también se cayó, pero siempre se levantó, una y otra vez”.

EPC: ¿A que te refieres al decir que tu vida no ha sido fácil?
MJ:
Tanto me dio mi Padre Dios, pero me quitó mucho también, era demasiado para mí, un día, en 1991, sin aviso previo mi esposo falleció, y me vi solita con mis nueve hijos. Pensé que todo había acabado para mí, pero me di cuenta que la lucha apenas empezaba. No me podía dejar vencer por el dolor, pues 5 de mis niños eran todavía pequeñitos, me tocó ser padre y madre y educarlos no sólo con amor, también tuve que ser dura con ellos, sobre todo en la época de la adolescencia. Cuando no llegaban me la pasaba desvelada en oración y luego cuando venían los reprendía, a los mayores les decía que ahora estábamos solos y que teníamos que luchar juntos para sacar adelante a los más chiquitos. Los formé en la fe y ahora estoy tan orgullosa de ellos. Ellos ahora están comprometidos con la Iglesia, todos son personas de fe y tienen bonitas familias.
Por eso le agradezco tanto a Dios, porque Él me dio la fuerza para educarlos y para trabajar a la vez. Ahora ya no es necesario, estoy con las manos abiertas porque ya no les falta nada, ellos me dan todo. Por eso puedo servir a Dios anunciándolo, sirviendo en Misa, dedicándome a mi Padre a tiempo completo.

EPC: ¿Nunca pensaste en volverte a casar?
MJ:
No, para mí el único hombre que ha existido en mi vida es Teodoro, él ha sido mi esposo y mi compañero y con el permiso y respeto de mi Padre Dios, aún lo sigo amando como aquel primer día y es que él es un ángel para mí, el siempre está conmigo y me ayuda con mis hijos. Estuve casada con él 24 años, que fueron como un retiro espiritual, pero cuando partió a la Casa del Padre, se me terminó mi compromiso con él, ahora tengo un compromiso con Dios. Mi familia ya está criada en la fe, muchos de mis hijos ya están casados y son grandes, y ya me puedo dedicar de lleno a la catequesis. Y es que anunciando a Dios me transformo.

El testimonio de doña Matilde continuará en nuestra próxima edición.


 
 

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