¿Por qué Dios permite el terremoto? Los peruanos responden
Por Alejandro Bermudez
Desde que llegué al Perú con mi familia a los cinco años experimenté lo que son los terremotos en el Perú. A los nueve años y luego a los trece pasé por dos de los más devastadores terremotos de la historia de Sudamérica. Y después de haber experimentado 15 terremotos me creía ya acostumbrado a ellos... hasta el 15 de agosto de 2007.
Ese día, estaba saliendo de mi oficina cuando comenzó a temblar la tierra. El temblor era tan intenso que me sentía como en un bote en medio de una tempestad. Pasado el primer minuto y mientras la tierra seguía temblando muchos vecinos comenzaban a rezar Ave Marías y a gritar la antigua frase heredada de San Francisco Solano: “¡Aplaca tu ira Señor!”.
Mientras el terremoto seguía comencé a pensar en la posibilidad de morir e hice mi examen de conciencia. Finalmente después de más de dos minutos el terremoto paró y mi mente se fue inmediatamente hacia mis hermanos peruanos. ¿Dónde había sido el epicentro? ¿Habrá sido en las montañas dejando miles de muertos? ¿O en la costa como en 1974? Poco después llegaron las noticias: el terremoto había sido en la costa sur del Perú, en el Departamento de Ica y había dejado más de 700 muertos, más de 3,000 heridos y destruyó más de 20,000 hogares.
En el puerto de Pisco, por lo menos 100 personas incluyendo dos religiosas vicentinas murieron instantáneamente cuando el Templo de San Clemente colapsó en menos de 60 segundos.
El Cardenal Juan Luis Cipriani, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, salió en televisión respondiendo a una pregunta que varios tal vez se hicieron “¿Por qué Dios permite un desastre en el que muere tanta gente inocente?”
“El mal es ciertamente un misterio -contestó el Cardenal- y nosotros no podemos penetrar en los motivos que Dios tiene, pero si podemos estar seguros, gracias al misterio de Jesús muerto en la cruz, de que nuestro Dios nos ama y actúa siempre por amor”.
“Tal vez, la abundancia del amor cristiano y de la solidaridad que ha surgido después del terremoto es la manera como Dios escribe derecho con líneas torcidas” agregó el Cardenal Cipriani.
Ciertamente, deben haber personas que se preguntan por qué Dios permite esto, pero mi experiencia es más parecida a la del Padre Berrade.
El párroco de Pisco decía: “en todos mis años como sacerdote aquí, nunca me he acostumbrado a la admirable fe de este pueblo. ¡Qué fuerte y profunda es!”. Esa es mi experiencia. Es difícil, incluso para un periodista como yo, contener las lágrimas al ver a los damnificados gritar “¡Milagro! ¡Milagro!” cuando el Padre Emilio fue rescatado o cuando la estatua de San Martín de Porres fue recuperada intacta de las ruinas de San Clemente.
Eran las mismas personas que habían perdido a sus seres queridos en el templo, personas que habían pasado dos o tres noches junto a los cuerpos sin vida de sus familiares porque tanto el hospital como la morgue de Pisco habían colapsado.
El Padre Gilmer Cacho, un sacerdote del Sodalitium Christianae Vitae que viajó a la zona del desastre para atender a los damnificados, me decía: “el sufrimiento es imposible de describir, he visto personas velando a sus seres queridos por las calles o esperando con angustia a ver si habían sobrevivientes entre las ruinas”.
“Sin embargo, a pesar del sufrimiento, las personas nos recibían con mucho cariño, nos pedían la bendición, venían a confesarse, nos pedían dirigir rosarios, presidir misas, entre las ruinas”, relató el Padre Gilmer.
Yo quedé impresionado con la experiencia de este sacerdote amigo: “la gente afectada por el terremoto mostraban tanto hambre de lo espiritual como de la necesidad que tenían de comida y de agua”.
El Padre Gilmer vio mucho sufrimiento pero nunca vio amargura o reclamos contra Dios. Por el contrario vio que la gente se aferraba más fuertemente a su fe, tanto que los sacerdotes visitantes se sintieron ellos mismos evangelizados por el pueblo.
El domingo después del terremoto, prendí la televisión y vi en los programas de noticias, las numerosas historias de horror que siguieron al terremoto en Ica. Sin embargo, me fui a dormir con la imagen de una anciana mujer a quien un periodista le preguntó si creía que el terremoto había sido un castigo de Dios: “¡no!” respondió esta anciana sin dudar un segundo. “Dios no castiga, solamente nos está dando la oportunidad de unirnos como hermanos, está dando la oportunidad de que los que tienen más, ayuden a los que tienen menos”. El testimonio de esta mujer de fe derramó consuelo en mi corazón adolorido por tanta destrucción y tantos muertos. |