El don de la Reconciliación
Dios en su infinita misericordia nos da la oportunidad de volver a Él confesando nuestros pecados
Por Jorge Luna
El Dios en su infinita misericordia nos da la oportunidad de volver a Él confesando nuestros pecados
Por Jorge Luna
Para entender el sacramento de la reconciliación, debemos entender cómo el sacramento se inserta en la dinámica de nuestra fe. Es decir, cómo es parte importante del Plan que Dios tiene para cada uno de nosotros desde el principio de los tiempos.
Todos sabemos que Dios ha creado el universo y lo ha hecho por amor. Él, que es amor, ha querido insertar esa dinámica de amor en su creación. Y entre todas las creaturas, la que más ama Dios es al ser humano, creado a imagen y semejanza suya, creado con inteligencia y voluntad. Pues si hemos sido creados a imagen y semejanza suya, hemos sido creados también para amar, para compartir ese amor que Dios nos da. Es así que al principio Adán y Eva eran amigos de Dios.
La primera caída
Lamentablemente, Adán y Eva, cedieron a la tentación del demonio, que celoso de la relación de los seres humanos con Dios, nos tentó y al ceder a la tentación, nuestros primeros padres permitieron la entrada del pecado y de la muerte en la creación.
Como consecuencia del pecado, la armonía original se rompió, los seres humanos dejaron de confiar en Dios, es así que después de la caída original el hombre y la mujer no sólo están avergonzados, sino que se esconden de Dios y se echan la culpa entre ellos. La relación con Dios que una vez tuvimos se ha roto; la relación que teníamos con nosotros mismos se ha roto, ya no tenemos claro hacia donde ir; la relación que teníamos con nuestros hermanos, de completa armonía, se ha roto; incluso la relación que teníamos con el resto de la creación, se vuelve una relación de hostilidad.
La experiencia humana después del pecado es de ruptura, de soledad, de desconfianza, de miedo. Y en ese sentido no es ajena a nuestra experiencia. El relato de la creación y la caída son parte de nuestra historia y como tal nos ayudan a entender nuestros orígenes.
Promesa de Salvación
Pero la historia no se acaba allí, apenas ocurrió la primera caída, Dios que es infinito amor no nos abandonó sino que nos prometió un remedio, nos prometió un Salvador. “De hoy en adelante -le dice a la serpiente- andarás arrastrándote, y comerás tierra. Haré que tú y la mujer seáis enemigas, lo mismo que tu descendencia y su descendencia. Su descendencia te aplastará la cabeza, y tú le morderás el talón” (Gen 3, 15). Este pasaje que en la tradición es llamado el proto-evangelio (el primer evangelio), es decir el primer anuncio de la Buena Nueva, nos anuncia que el Hijo de la Mujer, aplastará la cabeza de la serpiente (del demonio). Dios en su infinita bondad nos promete un Reconciliador y nos va preparando para que llegado el momento de su venida lo sepamos acoger en nuestras vidas.
Precisamente la historia del pueblo de Israel, que leemos en los libros del Antiguo Testamento, es la historia de Dios preparando a su pueblo para la Reconciliación. Y lo hace a través de distintas etapas, de distintas alianzas en las que la historia inicial se repite una y otra vez. Dios hace una alianza con su pueblo, y su pueblo termina traicionando su alianza, entonces Dios les da una nueva oportunidad. Dios perdona a su pueblo pero no es que Dios olvide nuestras faltas sino que las perdona y eso es algo que es importante entender. Nuestros pecados, tienen consecuencias con las que tenemos que lidiar. Es por eso que tenemos que hacer actos que repongan el daño hecho por nuestros pecados. En el Antiguo Testamento Dios le pidió a su pueblo que estableciera la fiesta de la Expiación, o del perdón, en la que pedían perdón por sus pecados: “El Señor se dirigió a Moisés y le dijo: “El día diez del mismo mes séptimo será el Día del perdón. Celebraréis una reunión santa, y dedicaréis el día al ayuno, y quemaréis una ofrenda en honor del Señor. No hagáis trabajo alguno ese día, porque es el Día del perdón, en el que obtendréis el perdón ante el Señor vuestro Dios”, (Lev 23, 26-32). Esta fiesta había de ser repetida cada año, para expiación de los pecados del pueblo.
Y es así que a través de los profetas, el Señor sigue preparando a su pueblo para la reconciliación definitiva, una alianza nueva y eterna, para todo el mundo, que será escrita en nuestros corazones; el Señor afirma: “Vendrá un día en que haré un nuevo pacto con Israel y con Judá. Este pacto no será como el que hice con sus antepasados, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto; porque ellos quebrantaron mi pacto, a pesar de que yo era su dueño. Yo, el Señor, lo afirmo. Este será el pacto que haré con Israel en aquel tiempo: Pondré mi ley en su corazón y la escribiré en su mente”, (Jer. 31, 31-33).
El Señor Jesús es nuestro Reconciliador
Todas estas promesas y profecías se cumplen en el Señor Jesús, nuestro Dios, Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y su sacrificio es uno y para siempre. Precisamente, cuando recibimos el sacramento de la Reconciliación participamos de su sacrificio por nosotros. Él está con nosotros frente al Padre. Cuando nos acercamos al confesionario a pedir perdón por nuestros pecados, participamos de esa historia que empezó hace miles de años. Reconocemos que al pecar, al desconfiar de Dios para confiar más en nosotros mismos y en los ídolos que nos ofrece el mundo y el demonio, rompemos nuestra relación con Dios, con nosotros mismos, con nuestros hermanos y con la creación, pero sabemos que Dios lleno de misericordia siempre nos da la oportunidad de regresar y pedirle perdón y que el Señor Jesús ya pagó por nuestros pecados. En el Sacramento de la Reconciliación participamos de la gracia que nos ha sido alcanzada por Cristo.
El Sacramento de la Confesión
También desde el Antiguo Testamento vemos la necesidad de confesar nuestros pecados. Incluso en el relato de la caída original, Dios, que todo lo sabe, le pregunta a Adán acerca de sus acciones para que confiese su culpa, pero este en vez de reconocer su culpa y pedir perdón, trata de evadir su responsabilidad.
Durante la historia del pueblo de Israel, Dios mismo le pide a su pueblo que confiese sus pecados dándoles un ritual de cómo hacerlo: “El que resulte culpable en cualquiera de estos casos, deberá confesar el pecado que cometió, y presentará al Señor una hembra de sus rebaños como sacrificio por el pecado cometido; puede ser una oveja o una cabra, y con este sacrificio el sacerdote obtendrá el perdón de los pecados de esa persona.” (Lev 5, 5-6). Así el pedir perdón por los pecados nunca fue un ejercicio mental, sino que requería de una acción concreta externa, que en muchos casos implicaba una penitencia pública.
De esta manera el Sacramento de la Reconciliación se inserta perfectamente en el Plan de Dios para nosotros, El mismo Dios es el que nos enseña cómo debemos pedirle perdón. En nuestro caso tenemos una ventaja, el cordero de expiación ya se ofreció por todas nuestras culpas: Cristo el Señor. Pero es nuestra responsabilidad el reconocer las veces en las cuales pecamos, reconocer que el pecado produce una ruptura en nuestras vidas que necesita de reconciliación, y que Dios nos ofrece esa reconciliación a través del Sacramento.
Y Dios mismo quiso que los encargados de administrar el sacramento fueran los sacerdotes, cuando les dijo a sus apóstoles: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Juan 20, 23). Tal y como fue en la Antigua Alianza, sigue en la Nueva Alianza y continúa a través de la historia de la Iglesia, ya que nuestra historia es una.
En el sacramento de la reconciliación el Señor sana nuestras heridas, nos renueva del daño del pecado, nos da su gracia para poder amar y cumplir su plan. Aprovechemos pues el inmenso regalo que nos ha dejado, en un mundo que tanto necesita de perdón y reconciliación. |