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Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Noviembre 2007

Opinión

Cercanos al Adviento
Recordamos que este mundo no es nuestro destino final

Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput, O.F.M. Cap

Dante Alighieri escribió la “Divina Comedia” a principios del siglo XIV. Casi 700 años después, este poema épico sigue siendo una de las grandes obras maestras de la literatura humana. Como arte, el uso del lenguaje de Dante es sumamente hermoso. Pero como una obra profundamente católica, también nos ofrece un inolvidable relato de la vida después de la muerte, siguiendo al autor mientras viaja a través del infierno, el purgatorio y finalmente el paraíso.

Aún hoy, leer los nueve círculos del infierno puede ser espantoso. Ellos son desagradablemente reales. El poder del poema proviene no sólo del genio de Dante, sino de la fe que inspiró sus habilidades. Dante creó figuras imaginarias propias de su infierno, purgatorio y paraíso, pero no hay duda de que él creyó vívidamente la realidad del más allá. Para Dante, una buena o mala vida tenía destinos muy diferentes.

Por supuesto, el mapa de Dante de la eternidad es sólo la reproducción imaginaria de un poeta sobre lo que la Iglesia realmente enseña respecto del más allá. Desde la época de los apóstoles, los cristianos siempre han creído que la vida, después de la muerte física, es real; que también lo son el cielo y el infierno; y que también lo es el Maligno. El demonio, en el pensamiento cristiano, tal vez no tenga cuernos medioevales y una cola, pero "él" (a falta de un mejor pronombre) es sin embargo personal, inteligente, el enemigo de Dios y de la humanidad, y muy real. El hecho de que la imagen que Dante tenía de Satanás parezca imposible a la mente moderna, no significa que Satanás no exista. De hecho, si quieres un retrato razonablemente alarmante del infierno, simplemente lee “El Gran Divorcio” o “Cartas del Demonio a su Sobrino” de C.S. Lewis.
Pensar en el demonio y en la condenación debería tener un lugar secundario en la vida de cualquier cristiano. Nuestra atención debería estar en la luz de Dios, no en las sombras fuera de Él. Pero es muy bueno que recordemos que aunque nuestro tiempo en este mundo es breve, nuestra vida ciertamente tiene consecuencias eternas. Nuestras opciones y acciones aquí tienen importancia. Nos convierten en el tipo de personas capaces de ser felices con Dios para siempre o incapaces de tolerar su presencia. En el pensamiento católico el cielo y el infierno no son necesariamente “lugares” como tampoco la eternidad es una cantidad de “tiempo” sin fin. Estos conceptos nos ayudan a imaginar lo que está más allá de nuestra experiencia, son palabras humanas con sentido humano. Todo lo que realmente sabemos del cielo y del infierno –y es más que suficiente– es que el cielo será nuestra unión con Dios, consciente, infinita y gozosa con los otros que lo aman; que el infierno será el terrible dolor de haber rechazado a Dios para siempre porque no podemos soportar su amor.

Y una de las más bellas o terroríficas cualidades de nuestra eternidad será el conocimiento de que libremente cooperamos en obtenerla para nosotros mismos.
Ahora que la Iglesia concluye el año litúrgico miramos hacia un nuevo comienzo en el Adviento, los católicos tradicionalmente reservamos noviembre para rezar por los muertos y para reflexionar en la dirección de nuestras propias vidas. Todos nosotros enfrentaremos “las Cuatro Últimas Cosas” –muerte, juicio, infierno o paraíso–, porque todos nosotros moriremos, al igual que cada persona que amamos. La mayoría de nosotros lo enfrentaremos antes de lo que nos gustaría. Pensar sobre nuestra muerte no es “enfermizo”, es profundamente realista y cristiano. Porque nuestro destino final no está en este mundo.

La ironía de “La Divina Comedia” de Dante está en que frecuentemente la recordamos más vívidamente por su descripción en la condenación eterna, cuando en realidad es el tributo ganado por una de las más grandes mentes creativas de la humanidad a la gloria, belleza, justicia, misericordia y sobretodo amor de Dios. El amor paterno, el amor de Dios, es eterno para cada uno de nosotros. Reflexionar en nuestra muerte y juicio este noviembre, y permitir que Dios nos conduzca al arrepentimiento y al sacramento de la Reconciliación es el único camino a la eternidad que importa y el que más seguramente nos conduce a nuestro hogar en el cielo.


 
 

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Arquidiócesis de Denver

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