Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Noviembre 2007

Nuestra Iglesia

La Medalla milagrosa, una muestra del amor de nuestra Madre
La Virgen Santa María se le apareció a Santa Catalina de Labouré para ofrecer sus favores a toda la humanidad, mediante la devoción a la Medalla Milagrosa

Por Jorge Luna

Muchas personas llevan consigo la medalla milagrosa. Este acto de devoción que viene del siglo XIX, debe ser para todos los devotos una manera excelente para crecer en el amor filial a Santa María, nuestra Madre. Ya que Ella es la que escucha nuestros ruegos y oraciones e intercede por nosotros ante Dios. Es claro pues que la medalla es milagrosa no por sí misma sino porque por medio de ella nos acordamos que la Virgen Santa María esta presta a ayudarnos en todas nuestras necesidades, pidiendo por nosotros a su Hijo.

Compartiendo los inicios

La historia de la medalla esta íntimamente vinculada a una religiosa francesa, Santa Catalina Labouré. Catalina nació en 1806.  Al quedar huérfana de madre a los 8 años le pidió a la Santísima Virgen que le sirviera de madre, y la Madre de Dios aceptó su pedido. Nosotros también debemos acordarnos que María es verdaderamente nuestra Madre y debemos dejar que nos cuide.

Cuando tenía 14 años, Catalina le pidió a su papá que le permitiera  ser religiosa, pero él, que la necesitaba para atender los oficios de la casa, no se lo permitió. Ella mientras tanto le pedía a Nuestro Señor que le concediera lo que tanto deseaba: ser religiosa.
Una noche vio en sueños a un anciano sacerdote que le decía: "Un día me ayudarás a cuidar a los enfermos". La imagen de ese sacerdote se le quedó grabada para siempre en la memoria.

Recién a los 24 años supo quien era el anciano sacerdote que había visto en sus sueños, fue cuando su padre la dejó ir a visitar a su hermana religiosa, vio su retrato en la sala del convento donde vivía su hermana. El retrato era de San Vicente de Paul. Desde ese día supo que debía ser hermana vicentina.

Primeras apariciones

Ya estando en el convento Catalina tuvo unas apariciones. En la primera, una noche estando en el dormitorio sintió que un niño la invitaba a ir a la capilla. Lo siguió hasta allá y él la llevó ante la imagen de la Virgen Santísima. Nuestra Señora le comunicó esa noche varias cosas futuras que iban a suceder en la Iglesia Católica y le recomendó que el mes de Mayo fuera celebrado con mayor fervor en honor de la Madre de Dios.

La aparición más famosa fue la del 27 de noviembre de 1830, ese es el motivo por el cual celebramos la fiesta de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa en ese día. Estando Catalina en la capilla durante la noche, de pronto vio que la Santísima Virgen se le aparecía totalmente resplandeciente, derramando de sus manos hermosos rayos de luz hacia la tierra. Y le encomendó que hiciera una imagen de Nuestra Señora así como se le había aparecido y que mandara hacer una medalla que tuviera por un lado las iniciales de la Virgen MA, y una cruz, con esta frase "Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti". Y le prometió ayudas muy especiales para quienes lleven esta medalla y recen esa oración.

Catalina le contó a su confesor esta aparición, pero él no le creyó. Sin embargo el sacerdote empezó a darse cuenta de que esta religiosa era sumamente santa, y se fue donde el  Arzobispo a consultarle el caso. El Arzobispo le dio permiso para que hicieran las medallas, y entonces empezaron los milagros.

Pedir a la Virgen con devoción

La gente empezó a darse cuenta de que los que llevaban la medalla con devoción y rezaban la oración "Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti", conseguían favores formidables, y todo el mundo comenzó a pedir la medalla y a llevarla.

Catalina le preguntó a la Virgen María por qué de los rayos luminosos que salen de sus manos, algunos quedaban como cortados y no caían en la tierra. Ella le respondió: "Esos rayos que no caen a la tierra representan los muchos favores y gracias que yo quisiera conceder a las personas, pero se quedan sin ser concedidos porque la gente no los pide". Y añadió: "Muchas gracias y ayudas celestiales no se obtienen porque no se piden".
Después de las apariciones Catalina vivió el resto de sus años en el convento al que pertenecía, desconocida de todos y fielmente a su vocación. El Padre Aladel, confesor de la santa, publicó un librito narrando lo que la Virgen Santísima había venido a decir y prometer, pero sin revelar el nombre de la monjita que había recibido estos mensajes, porque ella le había hecho prometer que no diría a quién se le había aparecido. Y así mientras esta devoción se propagaba por todas partes, Catalina seguía en el convento barriendo, lavando, cuidando las gallinas y haciendo de enfermera, como todas sus hermanas de religión.

Así, desde 1830, fecha de las apariciones, hasta 1876, fecha de su muerte, Catalina estuvo en el convento sin que nadie se le ocurriera que ella era a la que se le había aparecido la Virgen María para recomendarle la Medalla Milagrosa. En los últimos años obtuvo que se pusiera una imagen de la Virgen Milagrosa en el sitio donde se le había aparecido. Y al verla, aunque es una imagen hermosa, ella exclamó: "Oh, la Virgencita es muchísimo más hermosa que esta imagen".

Al fin, ocho meses antes de su muerte, fallecido ya su antiguo confesor, Catalina le contó a su nueva superiora todas las apariciones con todo detalle y se supo quién era la afortunada que había visto y oído a la Virgen. Por eso cuando ella murió, todo el pueblo se volcó a sus funerales.

Poco tiempo después de la muerte de Catalina, fue llevado a su tumba un niño de 11 años, inválido de nacimiento, y al acercarlo al sepulcro de la santa, quedó instantáneamente curado. En 1947 el Papa Pío XII declaró santa a Catalina Labouré.
Celebrar esta fiesta nos debe recordar cuanto amor tiene la Madre de Dios por nosotros y cuanto anhela ayudarnos en todas nuestras obras. También debemos aprender de Santa Catalina a estar abiertos a las inmensas y abundantes gracias de Dios y a recibirlas con agradecimiento y humildad, como ella lo hizo.

Oración del Santo Padre Juan Pablo II a nuestra Señora de la Medalla Milagrosa

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte Amén.

Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Vos. Ésta es la oración que tú inspiraste, oh María, a santa Catalina Labouré, y esta invocación, grabada en la medalla la llevan y pronuncian ahora muchos fieles por el mundo entero. ¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bienaventurada tú que has creído! ¡El Poderoso ha hecho maravillas en ti! ¡La maravilla de tu maternidad divina! Y con vistas a ésta, ¡la maravilla de tu Inmaculada Concepción! ¡La maravilla de tu Fiat! ¡Has sido asociada tan íntimamente a toda la obra de nuestra redención, has sido asociada a la cruz de nuestro Salvador!

 

 


 
 

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