Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Noviembre 2007

Jóvenes en acción

De Santos, Reyes y la Muerte

Por Abraham Morales

Ya sé, esté título parece más de cartelera de Luchadores. Pero si me das chanza, te explico qué quiero compartir contigo en esta ocasión.

Como bien sabes, este mes de noviembre lo comenzamos con una fiesta muy bonita que nos debe motivar a ser mejores personas, ¡a ser santos! En esta fiesta de todos los santos que la Iglesia celebra ponemos un poco más de atención a la vida y virtudes de aquellas personas que alcanzaron la plenitud como seres humanos y que ahora están gozando de la presencia de Dios. Seguramente tú has leído algunas historias de los santos, como las más clásicas de san Francisco de Asís, santa Teresita, san Felipe de Jesús, etc. Al escuchar o leer estas historias, y al relacionar la fiesta de todos los santos con la de los fieles difuntos, reflexionaba un poco sobre el día que ya no estemos tú y yo aquí en la tierra. Primero y lo más lógico es que ese día quisiéramos estar listos, y si vivimos una vida de acuerdo al Amor de Dios, entonces poder llegar a su presencia también nosotros. Pero, la pregunta sería, qué pasaría con nuestra memoria aquí en la tierra. Es decir, la gente que te quiere y te conoció ¿qué es lo que recordarían más de ti? Si se tuviera que escribir un libro sobre tu vida, así como de los santos, ¿cuales serían las virtudes o cualidades de las cuales podrían hablar en ese libro? ¿Se tendrían que escribir páginas y páginas o a lo mejor sólo con unas cuántas palabras sería todo? ¿Qué cosas buenas se podrían decir de ti en este momento para recordar lo que hiciste o fuiste? Estas preguntas nos recuerdan precisamente que tú y yo, y todos los bautizados, estamos llamados a ser santos. Y no es una misión imposible. Si Dios nos lo ha pedido a través de la Iglesia que esa sea nuestra meta como cristianos, porque nos ha dado todas las herramientas para lograrlo. Pero a veces pensamos que ser santos es vivir como estatuas de santos, sin mover un dedo, y rígidos en todas nuestras decisiones, así como para no equivocarnos, y de esa manera “no cometer pecados”. Pero no, la santidad a la que estamos llamados es a través de nuestra vida cotidiana, en lo sencillo de tu vida familiar, de tu trabajo, de los amigos, de tu pareja, etc. Esa santidad se trata de vivir como hijos de Dios, viviendo, en cada acción que tomemos, el mandamiento del amor. Vivir amando a Dios es vivir una vida de santidad.

Este mes de noviembre me gusta por cómo lo iniciamos y cómo lo terminamos. Comenzamos con una bella celebración de la Iglesia triunfante, nuestra Madre María y todos los santos que ya comparten la Gloria; al día siguiente oramos y honramos a nuestros difuntos, recordándonos esta fiesta la esperanza que como cristianos debemos tener sobre la muerte del cuerpo pero la vida eterna de nuestras almas. Y concluimos el mes con la fiesta de Cristo Rey, y así también lo que conocemos como el año litúrgico. Siempre se me ha hecho la mejor manera de terminar el año, o comenzar el otro mejor dicho, reconociendo que todo lo que somos y cuanto tenemos se lo debemos a Aquel que es Rey de cuanto ha sido creado, sobre todo de nosotros y nuestro corazón. Ante ese Rey recordemos que, por nuestro bautismo, nosotros también somos consagrados a ser sacerdotes, profetas y reyes; pero ser rey en el Reino de Dios significa ser servidor. Y tiene perfecto sentido ser rey = servidor con todo lo que venimos hablando, con esa historia que podrían escribir sobre nosotros cuando ya no estemos aquí físicamente, que puedan saber los que nos conocieron, y recordarnos por nuestro servicio, porque vivimos así, una vida de amor en el servicio a los demás, buscando la santidad como meta, el amor como camino y el servicio como modo de vida. ¿Qué te parece la idea?
Paz
Abraham

Si deseas escribirle a Abraham, lo puedes hacer a paz_abraham@hotmail.com


 
 

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