Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Mayo 2007

Opinión

¿Qué hemos hecho con Dios?
Una de las mentiras más grandes del hombre hoy en día, es pensar que el Demonio no existe

Por Rossana Goñi

Queridos amigos, el mes de abril fue un mes lleno de fuertes y tristes experiencias para todos. Por un lado lo acontecido en la Universidad Virginia Tech donde un asesino acabó con 33 vidas jóvenes, incluyendo la suya; y por otro la legalización del asesinato de vidas inocentes en Ciudad de México mediante una ley que despenaliza el aborto.

A raíz de estos acontecimientos, vino a mi mente un texto de “La Gaya Ciencia” del filósofo ateo Federico Nietzsche. El texto se titula “El loco”.

Dice así: “¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: «¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!». Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en Dios, sus gritos provocaron enormes risotadas. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. ¿Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado?... ¿Habrá emigrado? -El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. « ¿Que a dónde se ha ido Dios? -exclamó- os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos, cuando desencadenamos la tierra de su sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia adelante, hacia atrás, hacia los lados, hacia todas partes? ¿Acaso hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No viene siempre noche y más noche? ¿No tenemos que encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No nos llega todavía ningún olor de la putrefacción divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!”.

La primera vez que entré en contacto con este fuerte escrito fue durante una obra de teatro en un congreso católico, donde se nos trataba de explicar la fuerza del pecado en el mundo y se nos exhortaba a responder a la misión que Dios nos había dado. Tú, yo, cada uno de nosotros tiene una misión concreta en este mundo. Y quizá muchas veces perdemos de vista el gran horizonte de santidad al que estamos llamados por la fuerza del mal en nuestros corazones.
El Príncipe de las Tinieblas - el Demonio- es tan astuto que nos ha hecho pensar que él no existe, y que es sólo una invención del ser humano. Así nos decía el Papa Juan Pablo II en una audiencia general en agosto de 1999, “el drama de la situación contemporánea, que da la impresión de abandonar algunos valores morales fundamentales, depende en gran parte de la perdida del sentido del pecado”.

Y efectivamente así sucede. Ayer fue Virginia Tech y la despenalización del aborto en Ciudad de México y mañana serán otras tragedias. Y mientras pasan los días, ya no recordaremos con la misma intensidad la gravedad del mundo, debido a la crisis en el corazón del hombre. ¿Por qué? ¿Por qué perdemos de vista el daño que ocasiona el mal en nuestros corazones? ¿Es que acaso después de las tragedias seguiremos teniendo la misma actitud frente a nuestra misión en el mundo?

Para ser respuesta, miremos hoy de cara a Dios y con humildad cuestionémonos ¿qué debo cambiar? ¿Qué es lo que aún me ata que no soy un hijo o hija fiel tuyo? ¿A qué debo renunciar para poder ser libre, libre de mi pecado, de mis vicios?

Mucha gente espera que las soluciones se den en cambios externos y superficiales. Pero no nos equivocamos nosotros los creyentes: el cambio debe darse en lo más profundo del corazón del hombre. Ahora -como se hizo después del penoso asesinato en la Escuela de Columbine- se tomarán mayores “medidas de seguridad” en las universidades, y se aplicarán otras soluciones externas que no solucionarán el problema de fondo.

Gracias a Dios, tenemos la esperanza y el gozo de la Resurrección del Señor Jesús. Gracias a Dios, podemos vivir agradecidos que hay un Dios Todopoderoso que ha triunfado y sigue triunfando sobre el Príncipe de las Tinieblas. Gracias a Dios aún mucha gente fiel lucha por construir un mundo más reconciliado. Trabajemos intensamente por nuestra propia reconciliación y la reconciliación de los demás. La tarea es mucho más compleja que poner “mayor seguridad en lugares públicos” y tomará más tiempo. Pero tenemos la certeza de que es la única manera de lograr la reconciliación y verdadera felicidad en el corazón del ser humano para lograr un cambio en la sociedad. ¡Sigamos celebrando con un corazón gozoso la Pascua de Resurrección y salgamos a evangelizar al mundo entero!


 
 

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