Momento de actuar en la inmigración
Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput, O.F.M. Cap
El Aunque el debate sobre la inmigración en este país se ha prolongado durante años, el Congreso ha sido incapaz de aprobar una reforma legislativa adecuada. Nuestra política de acción nacional incluye actualmente redadas forzadas tal como la que sucedió en Diciembre en Greeley, que fracasó en enfrentar las complejas fuerzas económicas y sociales que impulsan la inmigración.
Desafortunadamente, estas acciones pueden producir frecuentemente la separación de niños, que son ciudadanos norteamericanos, de sus padres y la alineación de las comunidades inmigrantes. Estos son síntomas de una enfermedad mayor: un sistema de inmigración seriamente incompetente que necesita una dramática reparación.
En este país, nosotros empleamos una permanente sub-clase de seres humanos que construyen nuestras carreteras, cosechan nuestra fruta, limpian nuestras recámaras de hotel y arreglan nuestros céspedes. La mayoría de estos hombres y mujeres, al igual que millones de inmigrantes antes de ellos, desean una vida mejor para sus hijos. Ellos pagan miles de millones a nuestros sistemas fiscales y de seguridad social. Pero a pesar de que nos beneficiamos de su trabajo, muy frecuentemente no les ofrecemos la protección básica de la ley. Cuando nos conviene, los culpamos de nuestras enfermedades sociales y, sí, realizamos redadas forzadas que los intimidan a ellos y a sus familias.
Nuestras políticas inmigratorias sustentan esta problemática situación de las cosas. A pesar de que se gastan miles de millones en la aplicación de la fuerza cada año, cerca del 90% de los inmigrantes no autorizados encuentran trabajo una vez que llegan, o en el caso de quienes sobre extienden sus visas permanecen en los Estados Unidos. A pesar que cerca de 500,000 de estos trabajadores son absorbidos por nuestra economía cada año, sólo 5,000 visas inmigrantes son puestas a disposición de ellos para entrar legalmente.
El Congreso puede terminar con esta política actual y sus fallas humanitarias adoptando un paquete de reformas inmigratorias integral. Cualquier reforma seria debería proporcionar un camino para la residencia permanente de los indocumentados que ya están acá y crear vías para que futuros trabajadores y sus familias puedan entrar al país legalmente. Estas reformas podrían terminar con la supuesta necesidad de redadas al sacar a los indocumentados fuera de las sombras para que puedan unirse a sus comunidades locales.
Mantener la supremacía de la ley es un aspecto vital de la reforma. Pero deberíamos recordar que aunque somos una nación de leyes, también somos una nación fundada en el principio de la justicia. Lograr la reforma migratoria restauraría la justicia a nuestro sistema inmigratorio y fortalecería en vez de debilitar, la primacía de la ley.
Al proporcionar a la población indocumentada una oportunidad para trabajar hacia una residencia permanente mediante una legalización ganada, los animaríamos a identificarse con el gobierno. Al crear caminos para que los trabajadores inmigrantes y sus familias puedan cruzar la frontera de manera segura, permitiríamos que el gobierno monitoreara mejor quien entra al país y con qué propósito. Los representantes de la ley estarían entonces en la capacidad de concentrarse en capturar a los verdaderos criminales: traficantes de drogas, traficantes humanos y potenciales terroristas.
No se requiere valentía política para autorizar redadas de inmigrantes. Pero sí se requiere coraje político para buscar lograr un cambio real en las políticas de inmigración basadas en la debilidad de aquellos que no tienen ni derecho, ni voz.
Es mi esperanza y la de muchas otras personas de fe, que nuestros funcionarios federales elegidos encuentren el coraje en los próximos meses para aprobar una reforma en la inmigración y para repensar las tácticas de fuerza que separan a las familias. Al final, la pregunta de fondo para el congreso -y para todos los Americanos- es si queremos vivir en una sociedad que acepta los beneficios de los inmigrantes con una mano y luego los trata como criminales con la otra. Por nuestro bien, quiero creer que la respuesta es “no”.
Esta columna fue publicada el miércoles 18 de abril en el periódico “The Denver Post”.
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