Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Mayo 2007

Nuestra Iglesia

La hermosa fiesta del Espíritu Santo
Junto a nuestra Madre Santa María pidamos que el Espíritu Santo derrame sus dones sobre nosotros y nuestras familias

Por Alejandro Bermúdez

El tiempo de Pascua que venimos celebrando se cierra con una de las fiestas más bellas e importantes del calendario de la Iglesia: la Solemnidad de Pentecostés.
“Pentecostés” es una antigua palabra griega, la lengua que hablaban la mayoría de los primeros cristianos, que significa “número cincuenta”, y se llama así porque era una fiesta que los judíos celebraban cincuenta días después de la Pascua.

Fue durante esta fiesta judía que el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles reunidos en torno a Santa María; y desde entonces, este nombre ha pasado a formar parte del calendario litúrgico de la Iglesia.

Muchos historiadores relatan que esta fiesta ya era celebrada por los primeros cristianos en Jerusalén y en otras poblaciones; y que era considerada una fiesta tan importante, que las celebraciones litúrgicas duraban toda una semana.
Con el tiempo, esta fiesta, que en la Iglesia tiene la categoría de Solemnidad, pasó a celebrarse el Domingo más cercano a los 50 días desde la Pascua.
Si prestamos atención a la Misa del Domingo de Pentecostés, veremos que el sacerdote viste de rojo. Este color se utiliza para representar la fiesta de los mártires, para expresar así la intensidad del fuego que descendió sobre los Apóstoles y que los transformó para siempre.

En Pentecostés, en efecto, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, se manifestó plenamente a toda la humanidad, produciendo en los apóstoles una transformación sin precedentes: pasaron del temor a la valentía, de la ignorancia al conocimiento, de la torpeza a la prudencia, de la flojedad de espíritu al fervor apostólico; cumpliendo así la gran promesa hecha por Jesús de enviar al Espíritu para transformar a todos los hombres.
Aunque nosotros no vemos las lenguas de fuego como las vieron los Apóstoles, ni recibimos habitualmente el don de lenguas, que les permitió hacerse entender en diferentes idiomas, el efecto del Espíritu Santo que hemos recibido en el Bautismo y que lo recibimos más plenamente en el sacramento de la Confirmación, es el mismo en nosotros: nos llena de valor, de amor a Jesús, de deseos de vivir y de anunciar el Evangelio a los demás.

Santa María y Pentecostés
El bello episodio de Pentecostés, relatado por la Sagrada Escritura en los Hechos de los Apóstoles, tiene a una protagonista: la Virgen María. María fue la primera persona en la historia de la humanidad en conocer al Espíritu Santo: como le anunció el Ángel Gabriel en la Anunciación, el Espíritu Santo vino sobre Ella para concebir a Jesús y abrir así las puertas de la humanidad.
Por eso, en Pentecostés, el Espíritu Santo vino atraído por la pureza, la fidelidad y la belleza de la Santísima Virgen, la misma doncella de Nazaret que 33 años antes, había conocido el día de la Anunciación.

María pues cumplió la función de ser como el “imán” que atrajo al Espíritu Santo sobre los Apóstoles… y es Ella quien sigue cumpliendo esa misma función, esa misma misión entre nosotros: la de atraer al Espíritu Santo para que contemos siempre con la asistencia consoladora y fortalecedora de la tercera persona de la Santísima Trinidad.

Nuestra Madre Santísima, en efecto, al ser la primera cristiana en recibir la plenitud de los dones del Espíritu, vive de manera perfecta aquello que nos describe San Pablo en su Carta a los Gálatas: “el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí”. (Ga 5, 22-23).

A lo largo de su vida junto a Jesús, y luego a lo largo de la historia, la Virgen María ha mostrado cómo Ella ha sabido vivir a plenitud estos frutos del Espíritu: vivió el amor hasta expresarlo al pie de la Cruz entregando a su propio Hijo, vivió la alegría cristiana en medio de las dificultades, en los momentos más difíciles y angustiantes de su vida se mantuvo llena de paz, mostró y sigue mostrando una infinita paciencia con nosotros los pecadores, se muestra siempre -y especialmente en la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe- afable, dulce y bondadosa.

¡Y que decir de su fidelidad! María es la “siempre fiel”, como la llamó el recordado Papa Juan Pablo II; y vivió esa fidelidad con gran dominio de sí, sin dejarse llevar por las emociones, por las dificultades, por las presiones o las circunstancias.
Por eso, la solemnidad de Pentecostés no sólo debe ser una ocasión de alegría, en la que la Iglesia celebra el inicio de su ministerio público entre los hombres. Debe ser también un tiempo para pedir con todo el corazón, por la intercesión de nuestra amorosa Madre, los siete dones del Espíritu Santo que fueron prometidos desde el Antiguo Testamento, y que nos han llegado finalmente por obra de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

Junto a nuestra Madre María, esperando con Ella como esperaron los apóstoles, pidamos que el Espíritu Santificador nos conceda esos siete dones: Sabiduría para adquirir el gusto por las cosas de Dios y del Cielo; Ciencia para saber darle a las cosas de este mundo su verdadero valor y vivir un sano desprendimiento; Consejo para que sepamos resolver con criterios cristianos los conflictos de la vida; Piedad para que sepamos relacionarnos con Dios como nuestro Padre y con los seres humanos como nuestros verdaderos hermanos; Temor de Dios para que sepamos apartarnos con prontitud y radicalidad de cualquier cosa que pueda ofender a Dios; Entendimiento para que tengamos un conocimiento más claro y profundo de las verdades de la fe; Fortaleza para que despierte en nosotros la valentía que nos impulsa al apostolado y nos ayuda a superar el miedo de defender los derechos de Dios y de los demás.

En esta gran Solemnidad del Espíritu Santo, recemos como reza la Iglesia desde tiempos inmemoriales: “¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!”


 
 

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