Una Reflexión Cuaresmal
Un tiempo privilegiado para nuestra conversión
Por el Padre Jorge de los Santos
La Cuaresma es un tiempo especial y una oportunidad más que Dios nos da para dar sentido y dirección a nuestra vida interior, es así también el tiempo privilegiado para mostrar externamente, en una vida concreta, ese cambio interior que se va realizando en aquellos que su fe los lleva a vivir más allá de lo ordinario. La Cuaresma es el itinerario espiritual que recorremos en compañía de Jesús caminando con él, más allá de todo horizonte. Cuaresma es vivir el amor, es el dejarse envolver en la maravillosa aventura del amar y ser amados, es el recibirlo todo en una entrega y donación de aquel que derrama su sangre por sus amigos, es entregarlo todo recibiendo el don de la vida verdadera que nos exige ir muriendo a sí mismo, es el compartir la experiencia del vivir el torbellino del amor elevado, gratuito e incomprendido, es el tiempo de levantar la mirada y elevar el alma hasta las alturas celestiales en esa experiencia de oración que nos pone en comunión espiritual con aquel que poco a poco nos puede transformar es sí mismo, es la ruta que nos pone en marcha para reconstruir en nosotros mismos la “imagen y semejanza” que hemos estado perdiendo; es el “valle oscuro” en el que el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, allí es donde Dios nos guarda y nos sostiene; es una peregrinación en la que el Señor mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino hacia la alegría inmensa de la Pascua.
Hoy más que nunca, en este tiempo especial, debe resonar por todas partes el mensaje de la misericordia divina, Jesús se compadece de las multitudes. La mirada conmovida de Cristo se detiene sobre los hombres y los pueblos para llamarlos y ofrecerles su salvación, con su mirada él abraza a todos y a cada uno y los entrega al Padre, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio de expiación.
Este tiempo litúrgico que propone la Iglesia nos invita a vivir una Cuaresma en una dimensión personal como camino interior de cuarenta días tomando el sentido simbólico del número cuarenta en las Sagradas Escrituras: se habla de los cuarenta días del diluvio como purificación de la humanidad, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto camino a la tierra prometida y consolidación como pueblo de Dios, de los cuarenta días de Moisés y de los cuarenta días de Elías en la Montaña como experiencia de la revelación de la gloria de Dios, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de iniciar su vida pública donde vence al enemigo y sus tentaciones, cuarenta días en esa dimensión personal de vida acosada por pruebas y dificultades pero al mismo tiempo de fortalecimiento espiritual, de transformación interior, de toma de conciencia y de reorientación de vida por medio de la oración, el ayuno, las obras de caridad y la frecuencia de los sacramentos.
Teniendo en cuenta la victoria de Cristo sobre todo mal que oprime al hombre, la Cuaresma nos quiere guiar precisamente a la salvación integral. En este sendero que nos dirige al divino Maestro, por obra del Espíritu Santo nos convertimos a Él, y al experimentar su misericordia gracias al sacramento de la Reconciliación, descubrimos una mirada que nos escruta en lo más hondo pero al mismo tiempo nos comprende y nos reanima. Devuelve la confianza en aquellos que han perdido toda esperanza abriendo ante todos la perspectiva de la salvación eterna.
En esta Cuaresma pedimos a María, fuente viva de esperanza, que nos lleve a su amado Hijo, y a ella nos encomendamos como hijos suyos probados por las duras tempestades de este mundo para que nos brinde su ayuda, apoyo y comprensión.
Que el Señor nos bendiga en este tiempo santo de conversión hacia Dios y guíe nuestro caminar hacia la Casa del Padre.
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