Cuaresma, una peregrinación hacia nuestro interior
De la mano de Santa María busquemos en esta Cuaresma convertirnos cada vez más al Señor Jesús
Por Lara Montoya
La Cuaresma es un tiempo privilegiado de conversión, tiempo en el que preparamos nuestros corazones para atravesar junto con el Señor Jesús, por los misterios centrales de nuestra fe: su pasión, muerte y resurrección. Por esta razón, la Iglesia invita a los fieles a vivir con intensidad este tiempo litúrgico con tres medios concretos: el ayuno y la abstinencia (los viernes especialmente), la oración intensa y la vivencia de la caridad fraterna. En esta edición, “El Pueblo Católico” presenta diferentes recursos para hacer vida estos medios que nuestra Madre Iglesia nos propone.
La oración
La vida de oración es condición indispensable para el encuentro con Dios. El Santo Padre, durante el rezo del Ángelus Dominical del pasado 4 de marzo, señaló que la oración no es un accesorio, algo opcional sino que es una cuestión de vida o muerte. Sólo quien reza, es decir, quien se confía a Dios con amor de hijo, puede entrar en la vida eterna que es Dios mismo. En la oración, si el creyente ingresa en el diálogo íntimo con el Señor, deja que la gracia divina penetre su corazón y, a semejanza de Santa María, se abre al Espíritu y cooperando con ella ofrece una respuesta libre y generosa (ver Lc 1,38).
La Iglesia también recomienda intensificar la escucha y la meditación atenta a la Palabra de Dios, pues por medio de ella, Dios va convirtiendo nuestros corazones y amoldándolo al corazón de su Hijo, el Señor Jesús.
Ayuno y abstinencia
El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día. La abstinencia consiste en no comer carne. Son días de abstinencia y ayuno el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Y la Iglesia recomienda hacer abstinencia durante todos los viernes de Cuaresma.
La abstinencia es obligatoria a partir de los catorce años y el ayuno de los dieciocho hasta los cincuenta y nueve años de edad.
Con estos sacrificios, se trata de que todo nuestro ser (espíritu, alma y cuerpo) participe en un acto donde reconozca la necesidad de hacer obras con las que reparemos el daño ocasionado con nuestros pecados y para el bien de la Iglesia.
El ayuno y la abstinencia se pueden cambiar por otro sacrificio, dependiendo de lo que dicten las Conferencias Episcopales de cada país, pues ellas son las que tienen autoridad para determinar las diversas formas de penitencia cristiana.
La limosna como vivencia de la caridad
En las Sagradas Escrituras y según las categorías evangélicas, “limosna” significa, ante todo, don interior. Significa la actitud de apertura “hacia el otro”. Precisamente tal actitud es un factor indispensable de la “metanoia”, esto es, de la conversión de la mente, así como son también indispensables la oración y el ayuno. En efecto, se expresa bien San Agustín: “¡Cuán prontamente son acogidas las oraciones de quien obra el bien! Y esta es la justicia del hombre en la vida presente: el ayuno, la limosna, la oración” (Enarrat. in Ps. XLII 8): la oración, como apertura a Dios; el ayuno, como expresión del dominio de sí, incluso en el privarse de algo, en el decir “no” a sí mismos; y, finalmente, la limosna como apertura “a los otros”. El Evangelio traza claramente este cuadro cuando nos habla de la penitencia, de la metanoia. Sólo con una actitud total –en relación con Dios, consigo mismo y con el prójimo - e1 hombre alcanza la conversión y permanece en estado de conversión.
La conversión parte del reconocimiento de mis pecados
Quien no reconoce su propio pecado no puede convertirse verdaderamente, la cuaresma es ante todo una peregrinación interior. En este tiempo especial iniciemos ese recorrido a nuestro ser más profundo, nuestra mismidad de la mano de nuestra Madre Santa María, para dejar entrar la luz de Cristo a los rincones más escondidos de nuestro corazón.
Una vez que hayamos reconocido nuestros pecados, es un buen momento del año para llevar a cabo una confesión preparada y de corazón. Revisa los mandamientos de Dios y de la Iglesia para poder hacer una buena confesión.
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