Una historia de Cuaresma entre “americanos” y “homeless”
Por Abraham Morales
Hace poco fui invitado por un grupo de voluntarios de una parroquia a acompañarlos a servir comida a personas sin hogar, los que conocemos como “homeless”. El grupo con el que fui estaba compuesto en su gran mayoría de personas mayores de 50 años y hasta arriba de los 70 años de edad. Gente mayor, como decimos por ahí. Eran doce personas, de las cuales sólo uno de ellos era hispano, nacido acá en Estados Unidos, el resto eran blancos, anglosajones. Nos fuimos en dos autos, así que el camino desde Aurora al centro de Denver sirvió para irlos conociendo un poco más. Lo que a primera vista me llamó la atención fue su excelente estado de ánimo, y en segunda, y no porque yo sea fijado ni mucho menos, ¿OK?, fue la sencillez como todos vestían. Yo iba en jeans, de los que considero “viejitos”, pero ellos llevaban ropa de verdad vieja, desgarrada. Ahí comencé a pensar en los estereotipos que a veces tenemos sobre el “americano” que vive ya a gusto de su retiro o pensión. De hecho, en la plática me di cuenta que varios de ellos, siendo mayores de 60 ó 65 tienen que seguir trabajando para poder sostenerse. Uno de ellos contó lo alegre que se sentía porque recién le había subido el salario a ¡$7.50 la hora! Vi pues, como ellos iban a compartir no lo que les sobraba, sino a pesar de sus propias necesidades.
Al llegar al lugar nos esperaban ya con ansias, amabilidad y sonrisa esos “homeless” que acudieron aquella tarde a recibir algo caliente que comer. Cada quien tomó sus posiciones, serviríamos caldo o sopa de pollo con vegetales, ensalada, pan, otro platillo que no recuerdo y postres, muchos postres.
Para mí era algo nuevo en Estados Unidos porque sinceramente uno no se imagina que acá pueda existir tal necesidad de techo y comida, pero es real. Por diversos motivos ajenos a ti y a mí, ves no sólo individuos sino familias enteras, o mujeres solas, en verdadera necesidad. Se empezaron a hacer las filas y con gran amabilidad y un sincero “gracias” aquellos “homeless” pasaron a que les sirviéramos comida. Un señor con los que iba me cedió su puesto de servir la sopa, así que tuve la oportunidad de estar también cerca de ellos, de que me miraran directo a los ojos y me dijeran por mi nombre (traíamos puestos gafetes) “gracias”. Pero las gracias que pudieron dar, no eran para mí. Yo lo sabía muy bien, yo sólo era un invitado y me sentía honrado por ello. Las gracias eran primero a Dios, que a pesar de sus necesidades o de que no les podamos resolver su situación del todo, esa noche se fueron a dormir, donde quiera que puedan hacerlo, con el estómago lleno; pero lo más importante, con el corazón alegre de saber que esos miembros de una parroquia, dejaron todo para irles a dedicar dos horas de su tiempo. Y esto era bien interesante ver como varios de estas personas sin hogar, pedían poco de comer para luego regresar, volver a sacarnos plática, conversar, y luego regresar por el postre, etc. Para muchos, creo yo, ese contacto era lo que les alimentaba más.
Pero todavía no te platico algo de lo más bello de esta historia: al principio te decía que de esos doce voluntarios sólo uno no era anglosajón, ¿recuerdas? Pues bien, la inmensa mayoría de las personas sin hogar que ese día fueron a cenar no eran blancos; sino afro americanos e hispanos. Así como lo lees. De hecho, la mayoría de los hispanos hablan español. Ese gesto de un católico blanco o anglosajón sirviendo comida y regalando sonrisas a negros, asiáticos e hispanos, es único. Y nos enseña mucho, entre tantas cosas que el amor de Dios realmente está en todos y es para todos, sin importarnos el color de la piel; y que el ser católico es ser universal, otra vez, más allá de nuestro propia raza, cultura o idioma.
Mientras al final limpiábamos el lugar, entre los olores que te has de imaginar poco agradables al estar con personas que tienes días o semanas de no bañarse, al ver a estos viejecitos americanos sirviendo comida, donando su tiempo, dejando sus propias enfermedades y dolores a un lado (una de ellas se tomó el doble de analgésicos aquella tarde para soportar el dolor de su pierna) para atender a hermanos de otras razas, visualicé en ellos ese hermoso gesto de Jesús al lavarle los pies a sus discípulos en la última cena y después indicando que eso mismo debíamos hacer los unos por otros. Y ahí estaban estas personas, agachados lavándole los pies a los que hoy en día menos tienen, sin importar el color de la piel, el olor, el malestar propio o si te lo agradecerían, sabiendo que quien todo lo ve sonreía al ver como de corazón sincero personas humildes podían ayudar a otros menos afortunados.
Te puedo contar muchos mas detalles únicos de esta experiencia, pero mejor te invito a que estos últimos días de Cuaresma e inicio de Semana Santa vivas tú mismo una experiencia del amor de Dios al compartir un poco de ti con los que menos tienen. ¿Te animas?
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