Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Enero 2007

Al iniciar el año nuevo, recordemos que nos convertimos en lo que hacemos

Nuestra crisis nacional de inmigración es una prueba para nuestra humanidad

Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput, O.F.M. Cap

Parte de ser un buen padre o esposo es la buena voluntad de escuchar con el corazón abierto a la gente que amas -sus espe-ranzas, miedos, frustraciones, alegrías y algunas veces su ira. Lo mismo se aplica a buenos pastores.

En una semana típica, los sacerdotes deben escuchar frases como la Misa fue muy larga; la Misa fue muy corta; la música es buena; la música es mala; las homilías son muy profundas; las homilías son muy chatas; la Iglesia está obsesa con el aborto; la Iglesia no está haciendo lo suficiente para frenar el aborto; la Iglesia debe estar fuera de la política; la Iglesia no está haciendo lo suficiente en reprochar a este ó aquel partido, candidato o líder político.

Este tipo de diálogos son algo normal en cualquier familia. Es la naturaleza humana. Pero de vez en cuando la conversación se vuelve amarga al punto que necesitamos examinarla más cercanamente y aprender de ella.

El mes pasado, poco después del arresto de cientos de trabajadores inmigrantes desautorizados de la planta empaquetadora de carne Swift en el país, recibí el siguiente e-mail:
“Disculpe Obispo: (Yo) no tengo compasión por los criminales extranjeros ilegales arrestados por la ICE (Immigration and Customs Enforcement). Es más, espero que su prole se muera de hambre. Yo no rezo por extranjeros ilegales. Rezo por sus víctimas. No tengo ningún problema con Dios, y Él no tiene ningún problema conmigo. Espero que sus familias se mueran de hambre. Porquería como ésta, es la que hace que los católicos salgan de la Iglesia”.

El e-mail es real. Como es real la persona que lo escribió. Como es de duro el corazón que lo inspiró. Hay algo que está profundamente mal en el corazón y la cabeza de cualquier persona que piense así. A medida que empezamos un nuevo año, vale la pena preguntarnos, ¿en qué tipo de Dios creemos - en aquél que “no tiene problema” con una persona que rechaza rezar por otros y espera que familias y niños de trabajadores arrestados “se mueran de hambre”? ¿Cómo una persona se puede seguir considerando cristiana con este tipo de brutalidad vengativa en sus labios?

La manera como tratamos a los débiles, enfermizos, ancianos, bebés no nacidos y a los extranjeros, se refleja en nuestra propia humanidad. Nos convertimos en lo que hacemos, para bien o para mal. La Iglesia Católica respeta la ley, incluyendo la ley inmigratoria. Respetamos a aquellos hombres y mujeres que tienen la difícil labor de hacer que la ley se cumpla. Nosotros no exhortamos o ayudamos a nadie que quiera infringir la ley. Creemos que los americanos tienen el derecho de solventar las instituciones públicas, asegurar sus fronteras y regular ordenadamente la inmigración.

Pero no podemos ignorar que hay gente en necesidad, y no permaneceremos callados ante leyes que no funcionan - o que, en su “funcionamiento”, crean contradicciones y sufrimientos imposibles.
A pesar de la acalorada discusión pública el último año, los americanos todavía se ven estancados con un sistema inmigratorio que no sirve adecuadamente a nadie.

Necesitamos urgentemente un tipo de reforma inmigratoria que se refiera a nuestras necesidades de seguridad y nuestras necesidades económicas, pero que también regularice el estado de muchos inmigrantes indocumentados honrados que ayudan al crecimiento de nuestra sociedad. Un nuevo Congreso se instituirá en Washington. Sus miembros tienen una gran oportunidad de actuar rápido y justamente en solucionar este problema. Si no lo hacen, la responsabilidad en equivocarse estará en ellos y todos nosotros que los elegimos.

El año es joven, el 2007 está sólo iniciándose. La agenda es nueva. Nos convertimos en lo que hacemos, para bien o para mal. Si actuamos y hablamos como intole-rantes, en eso nos convertimos. Si actuamos con justicia, inteligencia, sentido común y misericordia, entonces ahí, nos convertimos en algo un poco diferente. Nos convertimos en el pueblo y la nación que Dios quiere que seamos. La crisis de inmigración de nuestro país es una prueba para nuestra humanidad. Depende enteramente de nosotros si la pasamos o no.


 
 

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