¡Adiós y gracias!
Un Adviento de gozo recordando a un querido sacerdote
Por Rossana Goñi
Conocí al Padre Jaime Prohens en el frío invierno del ´99, acogida por la calidez de su austera oficina ubicada al lado de San Cayetano, la parroquia hispana más antigua de la Arquidiócesis de Denver y una de las más activas de Colorado.
Sólo tenía unos meses de estar en estas tierras y alentada por el Arzobispo Carlos, fui a conocer al “Padre Jaime” que tenía muchos años de experiencia apostólica con los hispanos, que podía darme una segura orientación y ayuda.
Después de unas primeras preguntas generales sobre mi país, mis padres, los motivos de mi establecimiento en Denver y otras generalidades, el P. Jaime -con esa picardía que lo caracterizaba- me hizo una pregunta directa y algo irónica sobre mi vocación a la vida consagrada. Mi respuesta fue directa y pronta: “Sí soy laica consagrada. Me entregué a Dios para toda la vida, aquí no hay marcha atrás; sólo a seguir adelante. Él me ha elegido desde antes que yo misma lo hubiese imaginado, y me esfuerzo por vivir con fidelidad cada día de mi vida”.
Aún recuerdo su mirada y el brillo de sus ojos al escucharme. Entonces levantó la cabeza, estiró su mano y me dijo: “desde hoy seremos buenos amigos”. Y así fue desde entonces. He tenido la bendición de disfrutar nueve de los 96 años de vida de quien ha sido un fiel sacerdote. Sí, muy fiel. El amor a su vocación, desde los 9 años, aumentaba con el correr de los años. Las dificultades, dolores, alegrías, gozos y desafíos que el P. Jaime experimentó en diversos lugares del mundo son innumerables, imposibles de contar en un espacio tan corto como éste.
Pero no puedo dejar de compartir algunos trazos de su vida. Cuando asistía a las Misas de semana de las 8:00 de la mañana que celebraba en la capillita de San Cayetano, no me cansaba de contemplar en él el don de ser fiel hasta el final, hasta que Dios nos llame a su Gloria. Al verlo salir las últimas veces casi arrastrando los pies al final de Misa, siempre venía a mi recuerdo las palabras de San Pablo “Por mi parte, muy gustosamente me gastaré y me desgastaré totalmente por vuestras almas. Amándoos más ¿seré yo menos amado?” (2 Cor 12, 15).
¿Habría más amor que el de dar a los demás –a sus fieles– los últimos esfuerzos no sólo físicos, sino emocionales y espirituales de su vida? Así es como el P. Prohens me ayudaba a contemplar el misterio del amor, del amor que todo lo da, que no espera nada a cambio. Del amor que “todo lo puede y todo lo soporta”.
Recuerdo que un día salimos a tomar desayuno después de Misa y al subir al carro, ese mínimo esfuerzo -que muchos de nosotros lo hacemos casi sin pensar- lo agotó muchísimo. Me tomó la mano y comenzó a respirar más lento, yo le dije: “¿Estás bien Padre? ¿Quieres que nos quedemos aquí?”. Sólo me miró –no podía hablar- y con sus ojos nos calmaba, hasta que empezó en voz tenue: “Dios te Salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo...”. Terminamos de rezarle a nuestra Madre juntos y otra vez todo estuvo bien. Me dijo: “Vamos. No te asustes, vamos nomás a tomar desayuno, quiero conversar contigo”.
Muchas cosas me enseñó mi querido amigo el Padre Jaime, pero quizá la que más ha quedado grabada en el corazón y en mi vida y que puedo experimentar mientras escribo estas líneas es su fidelidad, esa fidelidad que supo construir día a día, hasta lograr la meta que tanto deseaba.
“¡Cuándo me llevará Dios! Escúchame, a ti te lo digo, sólo estoy esperando que ya Dios me lleve. Quiero ver su rostro, ahí nuestra amistad será más hermosa todavía” me dijo un día. ¡Cómo olvidar sus palabras, sus sabios consejos, sus jalones de orejas, sus sonrisas y sus dolores! ¡Cómo olvidar su hermosa vida de entrega!
Querido Padre Prohens, yo no soy una poeta, como tú lo fuiste, pero quiero regalarte estas líneas que te escribo a ti al saber de tu partida a la Patria Celestial:
Gracias por la inmensa alegría de haberme mostrado quien eras. Gracias por el don de tu sacerdocio que siempre fue un aliciente para nuestra entrega fiel, para nuestra vocación. Gracias por tus correcciones y tus consejos. Gracias por tu sabiduría, tu sinceridad, tu transparencia. Gracias por tu amor a la Iglesia. Gracias por ser amigo, por ser padre, por ser quien Dios quiso que fueses.
Que en este tiempo de Adviento, en el que Dios y la Iglesia nos invitan a estar preparados para la llegada del Señor, nos preparemos y estemos con nuestras lámparas encendidas como lo estuvo el Padre Prohens, esperando el día que Dios ya ha pensado para nosotros junto a Él por toda la eternidad. |