Esperando al Mesías
La esperanza cristiana y el Adviento
Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput, O.F.M. Cap
El Papa Benedicto XVI publicó su nueva Carta Encíclica “Salvados por la Esperanza” el pasado 30 de Noviembre justo dos días antes del comienzo del Adviento. Evidentemente, el sentido de oportunidad del Santo Padre ha sido perfecto porque el Adviento, más que cualquier otro tiempo del año, se enraíza en la virtud de la esperanza.
Para los católicos el verdadero año nuevo comienza no el 1 de Enero, sino el Primer Domingo de Adviento, el día en el que la Iglesia inicia su nuevo ciclo anual de Lecturas Bíblicas y culto. El tiempo del Adviento que deriva del verbo latino advenire, que significa “venida” o “llegada”, tiene un doble propósito: primero, recordarnos el nacimiento de Jesús en Belén y todo lo que esto implica para la Salvación del mundo y segundo prepararnos para la segunda venida de Cristo al final de los tiempos como Rey y Juez de la creación. Como Cuaresma, el Adviento es un tiempo de preparación. También como en Cuaresma, el Adviento es un tiempo penitencial, pero no en el mismo sentido estricto. Más bien, el Adviento encarna las palabras de la Liturgia, que nos recuerda que “esperamos en gozosa esperanza” la llegada de Nuestro Salvador Jesucristo.
La nueva encíclica del Papa Benedicto es un documento rico y complejo. No se entiende fácilmente con una sola lectura. Pero una de sus líneas más importantes se puede encontrar en una de sus frases iniciales. El Santo Padre nos recuerda a los cristianos que la virtud de la esperanza nos permite enfrentar las fatigas de la vida diaria, sin importar cuan pesadas sean. Él escribe que “el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (1). La fe en Jesucristo nos lleva a tener esperanza en la vida eterna. La vida de Cristo le da sentido a nuestra propia vida. Si realmente creemos en Jesucristo, tendremos confianza en el futuro no importa cuan negativos parezcan algunos de nuestros días o de nuestros problemas. Porque al final, Jesús ya nos ha obtenido la Salvación y la felicidad que viene con ella.
El origen de la palabra “virtud” es revelador; proviene del nombre latino virtus que significa “fuerza”. La virtud que los cristianos llamamos esperanza, no es un sentimiento cálido o un buen estado de ánimo, o el hábito del optimismo. El optimismo, como escribió el gran novelista católico francés Georges Bernanos, no tiene nada que ver con la esperanza. El optimismo frecuentemente es ingenuo y tonto, es la opción de ver el bien cuando la evidencia es innegablemente mala. En efecto, Bernanos llama al optimismo “una sutil forma de egoísmo, un método para aislarnos de la infelicidad de los demás”.
La esperanza es algo muy diferente. Es una opción; una disciplina autoimpuesta para confiar en Dios mientras nos juzgamos a nosotros mismos y al mundo con una claridad no sentimentalista. En la práctica, es una forma de autodominio inspirada y reforzada por la gracia de Dios. “La forma más alta de esperanza” decía George Bernanos “es la desesperación superada”. Jesucristo nació en un establo inmundo y murió brutalmente en una cruz no para hacer mejor a un mundo bueno; sino para salvar de sí mismo a un mundo caído y roto al precio de su propia sangre. Ese es el mundo real; nuestro mundo cotidiano; el mundo de la esperanza cristiana, el mundo del que el Papa Benedicto habla cuando escribe en su nueva encíclica que “toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto” (35) y “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre” (38).
En las palabras de Benedicto: “Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo” (39).
Mientras nos preparamos para la alegría de Navidad este año, vivamos bien el Adviento y recordemos por qué debemos estar gozosos. Al final, la Navidad no se trata de regalos o villancicos o fiestas, aunque estas cosas sean maravillosas en su propio lugar. La Navidad se trata del nacimiento de Jesucristo que trae sentido y esperanza a un mundo que necesita redención, en Él y sólo en Él está en nuestra esperanza. |