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Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Agosto 2007

Opinión

El fracaso de la ley de Reforma de Inmigración es una pérdida para todos

Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput, O.F.M. Cap

He escuchado a muchas personas de distintas posturas sobre casi cualquier tema posible. En los últimos 18 meses, inmigración ha sido de lejos el tema dominante de mi correspondencia con personas dentro y fuera de la Arquidiócesis de Denver. Las cartas, correos electrónicos y llamadas telefónicas algunas veces han expresado furia y prejuicio. Sin embargo, en algunas ocasiones expresan preocupaciones razonables sobre serios problemas con el sistema de inmigración de nuestro país; preocupación por la seguridad y por el justo respeto a la ley, por un lado; y la preocupación por el bienestar de millones de inmigrantes indocumentados y sus familias, por el otro.

Nuestro país tiene, sin duda, un problema serio. El pasado Diciembre, las redadas de inmigración en Greeley y otros lugares impulsaron una intensa ola de temor, resentimiento y desesperación en medio de un debate nacional ya de por sí polarizado. Pese al incremento de la temperatura en el tema y de una chispa de esperanza de cambio en esta sesión legislativa, nuestros más altos niveles de gobierno no han tomado acción para reformar nuestro sistema roto.

Tristemente todos han perdido de distintas formas cuando nuestros senadores fracasaron en pasar el acta integral de reforma de inmigración del 2007 (S. 1348) por 46 votos a favor y 53 en contra.

Nuestro país perdió la oportunidad de mejorar nuestra seguridad nacional y restaurar el respeto a la ley en nuestras fronteras, lugares de trabajo y comunidades. Nadie puede ser condescendiente con romper la ley, pero es importante reconocer cuando nuestras leyes son injustas, anticuadas e insuficientes para responder a la actual situación.

La economía norteamericana perdió porque estos trabajadores son necesarios en muchos trabajos diferentes. La mayoría de los inmigrantes indocumentados son individuos muy trabajadores que contribuyen de gran manera a nuestra economía y a nuestro nivel de vida. Las empresas norteamericanas perdieron porque no tienen un camino legal para contratar un número suficiente de trabajadores temporales.

Los hijos de los inmigrantes indocumentados perdieron, porque pese a que son norteamericanos por cultura y lenguaje se les niega una oportunidad de ir a la universidad y lograr el sueño americanos educativo.

Las familias inmigrantes perdieron, porque seguirán separadas y viviendo en las sombras. Muchos inmigrantes cruzaron la frontera o permanecieron luego de la expiración de sus visas por razones sociales, políticas o económicas significativas, se trata de buenas personas que frecuentemente viven con temor y enfrentan hostilidad de parte de aquellos que no se toman el tiempo para ver su humanidad y comprender su angustia.

Nuestros líderes políticos perdieron, porque no actuaron de acuerdo a su responsabilidad y se mostraron incapaces de resolver un problema nacional angustiante.

La sociedad norteamericana perdió una gran oportunidad para recordar al mundo nuestros valores centrales y nuestra identidad como una nación de inmigrantes que se une en torno al bien común.

El proyecto de ley del Senado 1348 no era perfecto. Era sólo un punto de partida para el cambio que desesperadamente se necesita. Líderes de ambos partidos lucharon duramente para ofrecer este proyecto como un acuerdo. Ellos deberían ser elogiados por sus esfuerzos. También deberían serlo los ciudadanos que contactaron a sus legisladores para expresar sus convicciones razonadas.

Lamentablemente, la crisis de inmigración no va a desaparecer sin una acción legislativa. No va a desaparecer con el incremento de la retórica agresiva. Como lo he dicho muchas veces, la verdadera reforma de inmigración sólo vendrá con un diálogo paciente e inteligente y con un acuerdo, centrado en la dignidad de la persona humana y en el bien común. Para muchos esto requerirá un cambio de corazón.

Pese a que será difícil que veamos una significativa acción legislativa durante el año electoral del 2008, los líderes de la Arquidiócesis de Denver, junto con muchos otros grupos incluyendo la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos no dejaremos de reclamar una reforma de inmigración amplia y justa.

Hacemos esto no sólo a la luz del Evangelio y de nuestra tradición de fe, que nos llaman a preocuparnos por los pobres y los vulnerables; lo hacemos porque la justicia así lo demanda. La dignidad humana y la familia están en juego. Pido a todas las personas de buena voluntad que consideren nuestras pérdidas si no reformamos el actual sistema de inmigración y nos unimos en un esfuerzo por el cambio.

En momentos como éste, de tristeza y perdida en muchos niveles y sentidos, lo que no podemos perder es la fe y la esperanza. Fe profunda que hemos ya demostrado de muchas maneras y está arraigada en nuestra tradición. Y una esperanza que insiste que, aun cuando parece que no hay salida, siempre habrá un mañana mejor. Sigamos contribuyendo, sigamos teniendo fe y esperanza. Demostremos que los inmigrantes queremos trabajar y contribuir, unirnos e integrarnos. Sepan que mis oraciones y apoyo está con ustedes en este momento de gran pérdida. Sigamos rezando para pedir claridad y valor para que nuestros líderes políticos actúen con justicia por una reforma inmigratoria.


 
 

Publicación en español de la
Arquidiócesis de Denver

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Directora General:
Jeanette DeMelo