Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Agosto 2007

Noticias

La importancia de la Misa
La reverencia en la Eucaristía nos ayuda a comprender y acoger mejor la Palabra de Dios para luego recibir el Cuerpo y Sangre del Señor Jesús

Por Jorge Luna

Repetidas veces hemos escuchado cuan importante es asistir a Misa los domingos. Sin embargo, también somos testigos de lo poco apelante que resulta para mucha gente el cumplir con este precepto de la Iglesia. Incluso, muchos de los que asisten a la Misa dominical no parecen estar motivados de hacerlo por un verdadero amor a la Eucaristía, sino más bien por “cumplir” con lo que se nos pide como católicos. ¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué sucede esto?

No se trata de convertir la liturgia en algo más entretenido para los asistentes. Lo que parece que está sucediendo es que los fieles entendemos cada vez menos, qué significa la liturgia eucarística en la que participamos todos los domingos. Mientras más entendamos la hondura del misterio y milagro que ocurre frente a nosotros más nos sentiremos parte de él y consecuentemente mejor será nuestra participación.

¿Qué es la Misa?
La Misa es un momento de encuentro real con Dios: de alimentarnos y nutrirnos de su Palabra, su Cuerpo y Sangre.

Pensemos por un momento, cuánto anhelamos encontrarnos con las personas que queremos. Es siempre motivo de alegría ir a visitar a alguien que estimamos.
Ahora pensemos en Dios, quien es el que nos ha creado; el que nos da todo lo que tenemos; el que nos ama infinitamente. Es a Él a quien vamos a visitar cuando vamos a Misa. Entonces nuestra primera actitud debe ser la de anhelar irlo a visitar, por lo menos una vez a la semana.

La Misa o liturgia es el medio que Dios nos ha dado para conocerlo de una manera especial. La liturgia es donde de manera misteriosa la tierra donde vivimos comparte la vida del cielo. En ninguna otra ocasión ocurre algo similar en nuestras vidas. Si tomamos consciencia de lo que eso significa veremos como no existe experiencia similar sobre la faz de la tierra.

En la celebración de la Misa nos abrimos de manera especial a la acción de Dios en nuestras vidas. Él está presente de una manera que tenemos que aprender a reconocer. Pero sólo lo podemos hacer si es que vamos a Misa con la actitud de escuchar, de estar atentos a las distintas partes, palabras, cantos, oraciones. Dios está especialmente presente mediante su Palabra y mediante la Eucaristía.

La Misa nos fortalece: la gracia de Dios
En la Misa Dios se comunica con nosotros alimentándonos con su gracia. Mediante su Palabra nos habla y se une a nosotros de manera incomparable mediante su Cuerpo y su Sangre. Y al unirse a nosotros nos santifica. Nos da la fuerza necesaria para nuestro peregrinar. Y esto es algo que debemos repetir hasta que lo entendamos bien. Nos da la fuerza que NECESITAMOS, para nuestra vida. Si no recibimos esa fuerza que llamamos gracia, estamos dejando de recibir algo que es vital para nuestra vida. Es como dejar de comer o de beber o de dormir. Una vez que lo entendamos, entenderemos cómo el ir a Misa no es tanto un deber u obligación, sino más bien una bendición, un regalo. Algo que anhelamos con todo el corazón.

Todos estos elementos son necesarios para participar mejor en la celebración de la Santa Misa. Una vez que nuestra disposición interior y espiritual es la adecuada podremos sacar mucho mejor provecho de la Eucaristía. Porque la única explicación para aburrirse en la Misa es que no tenemos ni idea de qué es lo que está pasando frente a nosotros.

El significado de las diferentes partes en la Misa
La Misa se puede dividir en los Ritos Iniciales de la Liturgia de la Palabra, la Liturgia Eucarística, y los Ritos de Conclusión. Todas las partes son importantes y todas tienen una razón y una lógica dentro de la liturgia que tenemos que respetar.

Los ritos iniciales nos sirven para adentrarnos en el misterio. En la liturgia de la Palabra el Señor se hace presente con su palabra. En la litugia Eucarística Cristo se hace presente mediante su Cuerpo y su Sangre que son entregados por nosotros para el perdón de los pecados. Y finalmente los ritos conclusivos que cierran la celebración nos preparan para anunciar los frutos de lo que hemos vivido a todo el mundo.

Veamos con un poco de más profundidad las distintas partes de la Misa y la manera en que participamos de las mismas.

Ritos Iniciales
Como ya lo mencionamos la Misa empieza con los llamados ritos iniciales que van desde el canto de entrada hasta la oración colecta. La finalidad del canto de entrada aparte de abrir la celebración es de fomentar la unión de los que nos hemos reunido y ayudarnos a poner nuestras mentes en la celebración mientras acompañamos la entrada del sacerdote y los demás ministros. Es obvio que tenemos que estar ya en el templo antes de que comience, y precisamente cantar con fuerte voz meditando en las palabras que pronunciamos para así prepararnos adecuadamente.

Si nos fijamos bien una vez que el sacerdote y los ministros llegan al presbiterio besan el altar en signo de veneración, porque el altar representa a Cristo. Nosotros debemos acompañar al sacerdote en ese acto de veneración. Una vez terminado el canto de entrada, el sacerdote y toda la asamblea hacen la señal de la cruz, el sacerdote saluda a la asamblea manifestándonos la presencia de Dios y con nuestra respuesta queda de manifiesto el misterio de la Iglesia congregada. Ya no es sólo un grupo de gente reunida, es la Iglesia de Cristo que se congrega y donde Dios esta ya presente. Esa presencia de Dios nos debe llenar de reverencia y asombro. Dios está presente en medio de su asamblea.

Inmediatamente después reconocemos nuestros pecados, el sacerdote nos invita a hacer un acto penitencial por el cual pedimos perdón por nuestros pecados para prepararnos a celebrar el misterio con un corazón puro. Este acto penitencial se hace concreto en el canto del “Señor ten piedad”. Cuando cantamos este canto debemos hacerlo con espíritu de arrepentimiento, viviendo con el corazón lo que cantan nuestros labios. Despues viene el himno del Gloria que debe ser cantado o rezado por todos. Mediante el himno del Gloria glorificamos a Dios y le presentamos nuestras súplicas. Es interesante darnos cuenta que al igual que cualquier otro himno presente en la liturgia, el Gloria está dirigido a Dios, no a la asamblea, en ese sentido debemos participar entendiendo lo que estamos pidiendo. Si yo entiendo y realmente doy gloria a Dios y le presento mis suplicas mediante el canto, mi participación en el misterio se vuelve mucho más activa que si solamente se convierte en escuchar a un coro que canta bonito. En este sentido también es mejor y recomendable que el coro esté mirando hacia el altar y no hacia la asamblea, dejando claro que su papel es ayudar a la asamblea a presentar sus súplicas a Dios mediante el canto y no presentar cantos a la asamblea.

Despues del canto del Gloria viene la Oración colecta. La oración colecta expresa el sentido de la celebración y es cuando el sacerdote presenta nuestras súplicas a Dios Padre por Cristo en el Espíritu Santo. Normalmente pasa desapercibida, sin embargo en ese momento debemos unirnos en oración al sacerdote y presentar nuestras súplicas a Dios. Con esto terminan los ritos iniciales y se da paso la liturgia de la Palabra.

Liturgia de la Palabra
Al empezar la liturgia de la palabra nos sentamos para escuchar atentos la voz de Dios. Las lecturas tomadas de la Sagrada Escritura, con los cantos que se intercalan, constituyen la parte principal de la liturgia de la Palabra; la homilía, la profesión de fe y la oración de los fieles, la desarrollan y concluyen. El Evangelio es la parte principal y las otra lecturas estan siempre relacionadas a éste. En el momento de escuchar la procalmación del Evangelio nos ponemos de pie para expresar nuestra reverencia a la Palabra de Dios que sale a nuestro encuentro. En éste, es Dios mismo el que nos habla y es nuestro deber prestar atención a lo que el Señor nos quiere decir. La homilía debe ser siempre una ayuda para entender la palabra de Dios y en ese sentido debe ser siempre acerca de lo que hemos escuchado en las lecturas. El credo es la manera en la cual proclamamos la Fe que nos ha sido anunciada en las lecturas y también nos prepara para la celebración eucarística. La liturgia de la palabra concluye con la oración de los fieles.
Después de las preces tomamos asiento para dar paso a la liturgia eucarística.

Liturgia Eucarística
Esta empieza con la preparación de los dones. El sacerdote prepara el altar, y se traen a continuación el pan y el vino. El gesto del sacerdote de presentar el pan y el vino significa el ofrecimiento a Dios de todos nuestros dones y ofrendas, es por eso que el canto del ofertorio debe ayudarnos a presentar nuestras ofrendas a Dios en la persona del Sacerdote. La preparación de los dones concluye con el lavabo de las manos expresando el deseo de purificación interior y con la oración del sacerdote sobre las ofrendas.
Inmediatamente después viene la Oración Eucarística, una oración bellísima que marca el punto central de la celebración, y que es una oración de acción de gracias y de santificación. El sentido de esta oración es que toda la asamblea se una a Cristo en el reconocimiento de las grandezas de Dios y en la oblación del sacrificio. Durante la oración eucarística es nuestro rol unirnos al sacerdote en cada una de las palabras que pronuncia dirigiéndose a Dios Padre en nuestro nombre. Forman parte de esta oración una acción de gracias inicial, luego el Santo, la Epíclesis que es cuando mediante distintas invocaciones el pan y el vino ofrecidos se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo, la Narración de la institución de la Eucaristía y la consagración, la Anámnesis (en la que la Iglesia hace memoria de la pasión, resurrección y del retorno glorioso de Cristo Jesús), la Oblación, las Intercesiones, concluyendo la plegaria Eucarística dando gloria a Dios cuando con el sacerdote nos unimos en oración oyendo en silencio el “con Cristo, con él y en él...”. Durante toda la oración debemos escuchar con reverencia, haciendo nuestras cada una de las palabras pronunciadas y respondiendo cuando es apropiado. Normalmente como signo de reverencia ante el misterio del cual estamos participando nos arrodillamos desde la Epíclesis (después del Santo) hasta fianlizada la Doxología final.

Rito de Comunión
Al ponernos de pie empieza el rito de comunión del cual forman parte el Padrenuestro, el rito de la paz, (es necesario recordar que durante el rito de la paz Cristo está presente en el altar y que debemos guardar una adecuada sobriedad en el saludo), el acto de fracción del pan mientras se reza el Cordero de Dios. A continuación el sacerdote muestra a los fieles el pan eucarístico y los invita a recibirlo. Es aquí cuando recibimos el Sacramento. El rito de comunión concluye una vez que se ha terminado de repartir la comunión y el sacerdote reza la oración después de la comunión que normalmente empieza con la invocación Oremos.

Finalmente la celebración termina con el saludo y la bendición del sacerdote y con la despedida que nos envía a alabar y bendecir a Dios en nuestra vida diaria.
Como vemos la celebración de la Misa es inmensamente rica y demanda nuestra participación mediante una disposición interior adecuada, silente, reverente, pero también mediante un adecuado conocimiento de las respuestas, de los cantos y del sentido de las distintas posturas que asumimos en la celebración. Si vivimos adecuadamente la liturgia la celebración se convierte en una experiencia inolvidable y extremadamente fructífera para nuestra vida espiritual.


 
 

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