Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Agosto 2007

Espiritualidad

Liderazgo al estilo de Jesús
Se planteó conquistar el mundo para Dios y actuó en fidelidad al Plan de Dios para conseguirlo (Primera Parte)

Por Luis Soto

El líder debe tener visión, debe tener el objetivo, el lugar al que se quiere llegar bien claro en su mente y corazón. Si no hay visión, no hay liderazgo. Pero una visión sin un plan, tampoco llega a ningún lado. Se convierte sólo en un visionario, un soñador. No se trata de hacer cosas, aun cuando sean grandes cosas, se trata de hacerlas de acuerdo a nuestro objetivo, o mejor aún, al objetivo del Plan de Dios.

No necesariamente porque estamos ocupados, porque tenemos muchos talentos y dones, no necesariamente por eso estamos cumpliendo con nuestra misión. Debemos preguntarnos si vale la pena hacer lo que estamos haciendo en razón de nuestro objetivo final. Debemos preguntarnos, ¿está lo que estamos haciendo realmente cumpliendo con el objetivo final de Jesucristo, lo que Jesucristo nos ha llamado a hacer? ¿Vemos que tenemos un ministerio que crece y que nadie lo detendrá por razón de lo que estamos haciendo? Así como para construir un edificio enorme hace falta un plan e ir desarrollándolo paso a paso, así para la evangelización. Todo lo que hacemos debe tener un propósito en el camino que nos hemos planteado para llegar a nuestra meta. Si no, sólo estaremos apagando fuegos. Jesucristo tenía un objetivo bien claro: La salvación de la humanidad a través de la venida del Reino de Dios, su Iglesia era el instrumento y el Amor el mandamiento. Esto se puede expresar de diversas maneras. Él no se movió ni un momento de su objetivo y todo lo que hizo fue siguiendo la meta planteada. Por eso debemos observar la manera como él se movió para conseguir su objetivo. Al fin y al cabo es el Maestro. Se planteó conquistar el mundo para Dios y actuó para conseguirlo. Jesús planteó su estrategia para ganar y ganó.

Las personas fueron su método. Todo lo comenzó llamando a unos cuantos para seguirlo. Jesús escogió a unos cuantos, incluso antes de predicar cualquier sermón a multitudes. Necesitaba personas a las que otros seguirían. Su primer paso fue juntar a un grupo de hombres lo suficientemente fuertes como para llevar su mensaje a todo el mundo, incluso después que él volviera con el Padre. No se nos dice qué criterio siguió Jesús para escogerlos, sólo los escogió, se determinó a hacerlo y lo hizo. Tenemos varias narraciones: Jn 1,35-40; Jn 1, 41-42; Jn 1, 43-51; Mc 1,19; Mt 4,21; Mc 2,13-14; Mt 9,9; Lc 5,27-28

¿Qué clase de hombres eran? Hombres dispuestos a aprender. No nos impresionan al principio por sus habilidades o sus puestos de influencia. De ninguno se menciona su relevancia en la sinagoga o su ascendencia levítica. Eran hombres rudos, quizá sin entrenamiento profesional en nada. No sabemos si eran pobres o ricos, pero eso no es considerable. La mayoría eran galileos, un área pobre del país. El único que al parecer venía de Judea era Judas Iscariote. ¿Quién se iba a imaginar que estos hombres ganarían el mundo para Dios?

Pero Jesús vio en ellos el potencial de liderazgo que necesitaba. Eran ignorantes según el mundo, dice el libro de los Hechos 4, 13, pero estaban dispuestos a aprender. Quizá no sabían mucho, pero eran honestos, reconocían sus fallas y su corazón era enorme. Tenían el ansia de la llegada del Mesías, querían la salvación. Jesús puede usar a quien sea que quiera ser usado. De entre varios discípulos Jesús escogió a doce. Eso no significa que los demás no podían seguirlo. Tenía varios grupos, los 72 (Lc 10,1) y uno todavía más pequeño, Pedro, Santiago y Juan. Estos tres fueron llevados a momentos especiales de la vida de Jesús: Resurrección de la hija de Jairo (Mc 5, 37; Lc 8, 51); la transfiguración (Mc 9, 2; Mt 17,1; Lc 9,28), entre otros.

Jesús concentró su enseñanza en un grupo pequeño. No era nuevo, Dios había hecho lo mismo en el Antiguo Testamento. Todo el plan de Jesús dependía de esos pocos. Ellos debían entender el verdadero significado del Reino de Dios (Jn 6,66); tenían que conocer la verdad y ser santificados por ella (Jn17,17); no oró por el mundo, sino por esos pocos (Jn 17,6-9); todo dependía de ellos, porque el mundo creería a través de su palabra (Jn 17, 20). No quiere decir que descuidaba las masas. Las multitudes lo amaban, lo quisieron hacer su rey, los curaba, los alimentaba, etc. Pudo haber convertido a grandes masas y cambiar el mundo, impresionarlos a todos con sus obras, de hecho esa fue una de las tentaciones de Satán en el desierto. (Lc 4, 9-13).

Al contrario, trataba de que no se mostrara su poder e importancia, les decía que no dijeran nada a nadie (Mc 9,9), cuando las masas lo alababan se escapaba (Jn 2,23-25; 6,30-60; Lc 14,25-35). ¿Por qué? ¿Por qué concentrarse en unos pocos? ¿Qué no había venido a salvar el mundo? ¿Por qué no juntarlos a todos y hacerse rey? Lo que él quería era el anuncio de su reino y servidores. Quería hombres que guiaran a multitudes. ¿De qué hubiese servido despertar a muchos a la conversión si no tenían quien los guiara después, los supervisara, los mantuviera?

Las multitudes se emocionaban con Jesús, pero al momento cambiaban. Jesús fue realista. Sabía que no iba a salvar las multitudes, sino que las multitudes serían salvadas si unos cuantos se empapaban de la vida y el Espíritu que Jesús transmitía. Esto fue el genio de su estrategia. ¿No deberíamos hacer lo mismo?

La Segunda Parte de esta columna de opinión será publicada en el próximo número de “El Pueblo Católico”.



 
 

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