Nuestra fe, nuestra fortaleza
La piedad y fe de nuestros pueblos es no sólo un tesoro, sino un don de Dios
Por Rossana Goñi
Hace unas semanas tuve la inmensa bendición de viajar por algunos días a mi querido país, el Perú. Esta vez -a diferencia de otros viajes- pude visitar el norte peruano, donde nunca había estado antes. Lo más hermoso de estos pueblos norteños, Piura y Tumbes, fue experimentar su profunda fe, su amor al Señor Jesús y Santa María, su sencillez y su piedad.
El norte del Perú es muy bello. Su costa desértica, colmada de playas azules y delicada arena, donde contemplar el horizonte te eleva y te acerca más y más a la inmensidad de Dios me ayudó a ver y experimentar con más reverencia la fe de mi pueblo. Estuve ahí, gracias a la amistad fraternal que tengo con el nuevo Arzobispo de esa zona quien en esos días tomaba posesión de la Arquidiócesis de Piura, primer lugar donde llegaron los españoles y nos trajeron la fe. ¡Qué bendición vivir en esas tierras históricas!
La manera de rezar, de cantar, de acoger, de expresar nuestra adhesión y cariño al Pastor de nuestras diócesis es única. Es un tesoro y un don de Dios que no podemos perder nunca y que nos toca compartir. A veces resulta difícil explicarlo, porque no son sólo actos o sentimientos. Son experiencias de vida. Es devoción.
Es amor al Señor Jesús y su Santísima Madre a través de la piedad que nacen de corazones sencillos. Corazones que se alegran con lo mínimo indispensable para vivir, pero llevan en sus corazones la mayor riqueza del ser humano: Jesús y María.
¡Cómo expresar en palabras aquella experiencia de fe! ¡Cómo expresar el tono reverente de sus voces al cantarle a nuestra Madre! ¡Cómo expresar la fe de mi pueblo!
Creo que para muchos de nosotros que venimos de pueblos tan creyentes y de profundas raíces de fe católica es difícil compartir lo que ello significa en nuestras vidas, pero tenemos la responsabilidad de transmitirlo.
Quizá a veces estamos muy preocupados en lo que tenemos que hacer y no en lo que tenemos que ser. Esa profunda piedad y fe que reviví hace unas semanas en el norte peruano habla de nuestro ser más profundo, habla de quienes somos, habla de lo más hondo de un latino.
Debemos mostrar ese tesoro de la fe con un espíritu humilde, como el de aquella señora que canta con tanta fuerza en la Iglesia, o de la niña que corre a tomarle la mano al pastor, o el anciano que en medio de susurros le reza una y mil veces a una imagen de su devoción. Esa es la sencillez y al mismo tiempo el orgullo que debemos llevar en lo alto no sólo de nuestras frentes, sino sobre todo de nuestros corazones.
Pero al mismo tiempo que lo hacemos con espíritu humilde, debemos expresarlo con espíritu abierto, generoso, evidente a los ojos de los demás. Sólo así nuestra fe y devoción, será un testimonio para que otros puedan acercarse a Dios.
No olvidemos que el mejor modelo para saber cómo poder ser y vivir en y para el amor, es el mismo Señor Jesús. Es Él quien nos enseña a ser griego con los griegos y romano con los romanos. Humildad y paciencia deben ser los pilares que nos lleven a transmitir y contagiar la fe que traemos. Pero no aquella fe de “costumbre” sino aquella fe que es vida. Una fe que mueva montañas y qué montañas las que estamos llamados a mover: las grandes Montañas Rocosas de Colorado.
¡Traslada esa fe y piedad que vivimos en nuestros países a este país que tiene tanto hambre de comunión, de felicidad, de libertad, de Dios!
Recuerda que los tesoros y dones son para compartirlos, no para guardarlos bajo tu almohada o esconderlos en un cajón. Si Dios nos los dio, es bueno. ¿No es ya hora de perder los miedos y dejar de pensar en los obstáculos? Quien mucho se queda en las dificultades, se olvida de lo esencial. Esforcémonos por ser aquellos apóstoles de la Nueva Evangelización al que nos invitó el Papa Juan Pablo II, nueva en su ardor, métodos y expresiones. Pero no perdamos nunca las raíces de nuestros pueblos, lo que nos marca y nos identifica: nuestra fe, esa es nuestra fortaleza. |