Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
October 2006

¡Vale la pena dejarlo todo para seguir al Señor!
Mi vida: generar vida en corazones sedientos de un encuentro personal con Dios

Por la Hermana Rocío Maldonado*

Cuando pienso en mi vida, me encanta hacer mías esas palabras citadas en el libro de Jeremías: “Antes de haberte formado en el seno materno, te conocía, y antes de que nacieses te tenía consagrado” Jer 1,5.

Mi llegada a la vida coincidió con que mi madre hacía apenas unos meses había perdido un bebé que no alcanzó a ver la luz. Así que esa experiencia dolorosa favoreció el que yo fuera acogida con ternura. Mi mamá anhelaba que yo pudiera vivir y no dudó en ponerme en las manos de la Virgen de Guadalupe para que por su intercesión, Dios me regalara la vida, aunque yo nunca estuviera con ella.

Soy la sexta de una familia de 12. Una familia comprometida como muchas otras de tradición católica. Siempre he pensado que ese sabroso ambiente religioso en el que crecí fue forjando mi opción de vida de servicio a la Iglesia. ¿Desde que edad comencé a pensar en la vida religiosa? Puedo afirmar que alrededor de los 9 años. Aún tengo muy vivo el recuerdo de lo que le comenté a una religiosa tía mía con decisión: “Cuando yo sea grande voy a ser como tú”. Seguramente mi insistencia en este tema motivó a que mi mamá me llevara a tocar las puertas de un convento de clausura... La hermana que nos atendió me preguntó: ¿Cuántos años tienes? Yo estaba en mis 9, así que su respuesta fue: “Estás muy pequeñita, regresa cuando tengas 12”. ¡Por supuesto que no regresé!... Estaba empezando la etapa de la adolescencia y descubría un mundo nuevo.

La adolescencia fue una etapa bella en la que aprendí a socializar con otros grupos distintos a mi familia, fui “girl scout”, empecé a disfrutar la música disco, a actualizarme en las películas y la ropa de moda, a dar mis primeros pasos en el baile, y por supuesto a ser catequista, integrante del coro y del Movimiento de Jornadas de Vida Cristiana. Me encantaba ser parte del equipo de natación y ajedrez, y de los Cursillos de Cristiandad. Fue en medio de esta actividad social y religiosa, aunada a mi gusto por el estudio, cuando volví a experimentar el deseo de dejarlo todo y ser misionera. Era un viernes cuando le dije a papá que en 6 meses escogería una congregación y él estuvo de acuerdo, sólo me pidió que terminara mi preparatoria. Para mamá fue más difícil estar de acuerdo, negoció todo lo que pudo para que yo desistiera, y al fin se animó a preguntarle a papá: ¿Cuánto tiempo la vas a dejar ir? ¿Un mes?, y papá contestó, “No, yo creo que ella puede vivir allí más de un mes”.

¡Ya cumplí 23 años de intentar cada día vivir este estilo de vida con ojos nuevos! Ha sido una experiencia de esfuerzo, de providencia y misericordia divina, de crecimiento en mi opción por Cristo y por la Iglesia en esta Congregación de Misioneras de la Caridad de María Inmaculada. Ha sido una hermosa oportunidad de compartir la vida y la fe con diferentes culturas en tres países distintos. Hoy, con un entusiasmo renovado me atrevo a decir que vale la pena gastar la vida por ideales y proyectos grandes que mejoran nuestra sociedad y nuestro mundo, que vale la pena integrarse a las parroquias como servidores para facilitar a otros el crecer en la experiencia personal de Aquél que nos amó y eligió primero, que vale la pena dejarlo todo para generar vida en corazones sedientos de un encuentro personal con Dios.

* La Hna. Rocío Maldonado M.C.M.I. es Superiora de la Congregación de Misioneras de la Caridad de María Inmaculada en Denver y Directora de Formación del Instituto Pastoral Centro San Juan Diego.

 

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